Los olvidados (3): Pintor Cyp Cristiali

No fue un pintor popular ni muy conocido, pero tuvo una imaginación poderosa y una técnica única que lo destacó en el panorama del arte uruguayo del siglo XX.

Al contrario de Lucho Maurente, el pescador-pintor de La Paloma, no disfrutó de la estimación de artistas e intelectuales argentinos que visitaban el balneario ni la difusión mediática e internacional de Magalí Herrera, porque la vida recoleta de Cyp Cristiali (seudónimo artístico de Carnot Pose, de profesión enfermero) estuvo ajena al mundanal ruido. Hizo pocas exposiciones (Galería Palacio Salvo, Alianza Francesa, Club Banco República, Lirolay de Buenos Aires, entre 1973 y 1978) y reveló un talento innato para la composición, la selección de colores suntuosos, la invención técnica, la interminable búsqueda formal. Pasó del soporte de papel dibujando a lápiz y de acuerdo a estructuras rígidamente geométricas al soporte de madera, el dry pen, el óleo y lo que es más curioso y revelador, el empleo de una jeringa para distribuir los pequeños puntitos que crean un encrespado relieve y que, vistos de costado proyectan largas sombras en la superficie.

Autodidacta, como suelen ser los pintores naïves, primitivos, ingenuos o los singulares del arte (son varias las denominaciones que reciben, pero no todas son intercambiables), Cyp Cristiali hizo su aparición en la escena artística uruguaya en la década del setenta auspiciado por Enrique Gómez, descubridor de talentos desde la Galería U y Palacio Salvo. En plena dictadura militar, los medios de comunicación cerrados y sin crítica a la vista, su obra pasó inadvertida. Pero la fresca alegría de su creación, el esplendor del color y el magnético atractivo de su procedimiento, se mantuvieron extrañamente unidos, al margen de súbitos cambios estéticos, como si la vida fuera para él una corriente poderosa pero imperturbable que no intenta modificar las apariencias y apunta a dejar el testimonio de una fuerza interior que deja signos en la obra, de una subjetividad que al liberarse de los problemas cotidianos encuentra la sublimación en la concreción artística.

Sucede con los artistas representados en el Museo de L’Art Brut, Lausana, Suiza, buscados, adquiridos y sistematizados por Jean Dubuffet, un acogedor y simpático lugar (la uruguaya Magalí Herrera es una de las estrellas más queridas por los directivos): en su mayoría son creadores no profesionales que comenzaron a pintar a una edad avanzada acuciados por una urgente, impostergable necesidad expresiva, por circunstancias ajenas al arte mismo, ya sea como evasión a los problemas personales, como entretenimiento en la adultez o como terapia. Son oficiantes marginados de los centros culturales y provienen de diferentes áreas ocupacionales: mineros (Lesage), peluqueros (Sainigardes), carpinteros (Gie), ebanistas y militares (Hen), bancarios (Emmanuel), psicóticos (Jacqueline) y una infinidad de etcéteras.

El enfermero Carnot Pose comenzó a dibujar en 1970 acosado por problemas familiares. En sus largas noches de guardia en un hospital y para evadirse de la conflictiva realidad cotidiana, empezó a pergeñar sobre cartulina composiciones al lápiz, recurriendo a la escuadra y el compás. Nació el pintor Cyp Cristiali. Estructuras geométricas muy similares a las bandas decorativas escolares, descomposiciones y recomposiciones infinitas de formas dentro de la forma.

El incipiente creador no les prestó mucha atención. Habitualmente las tiraba o regalaba a sus compañeros de trabajo y, si llegó a conservarlas, rara vez tuvo el secreto placer de la contemplación.

De la la estrictez de la composición y la limitada paleta, pasó a composiciones libres, abiertas, complejas. Primero utilizó el dry pen, luego se animó con el óleo. La superficie de cartulina o madera admitía pequeños puntitos, diminutos montículos de óleo que al secarse y al tacto crean relieves agresivos, de colores vivos, casi complementarios, exaltándose mutuamente, distribuidos pacientemente con una precisión casi matemática como si todo estuviera presidido por una infalible precisión pictórica que ordenaba cromáticamente (como un digno heredero de los puntillistas franceses) para distribuirlos en espirales, círculos, triángulos, estrellas, cruces, corazones, personas, animales, pájaros, fachadas de extraños castillos, paisajes bucólicos. La figuración y la abstracción alternaban en una imaginería de encantamiento. Como es habitual entre los primitivos, Cyp Cristiali cubría la totalidad del cuadro y cuando dejaba remansos de color base es porque no sabía continuar. Su punto de arranque, el inicio de la obra, era cualquier zona del cuadro, a la que cada noche agregaba (siempre en el lugar de trabajo, jamás en su domicilio) nuevos fragmentos hasta lograr una férrea unidad, como si ofreciera una lectura subterránea que ordena el caos e ilumina la vida. De la misma manera, va dibujando su firma, a veces difícil de detectar, incorporada como forma en las formas.

En las composiones abstractas, de tamaño mayor (40 x 60 cm), evoca resonancias orientales, una suerte de extrañas mandalas, de una riqueza cromática seductora que, de repente, emerge la silueta de una figura humana atrapada en la red de múltiples puntos como una metáfora de su propia existencia del artista. Había nacido en Lascano, Rocha, en 1922 y murió alrededor de la segunda mitad de la década del ochenta. N.D.M. *

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