El discreto encanto de la locura
En ella encontramos a Voltaire y a las comedias de Georges Feydeau; pero sobre todo al surrealismo, desde sus precursores como Lautréamont (con su encuentro fortuito del paraguas y la máquina de coser y su hijo comedor de asnos), hasta sus epígonos como Buñuel («El discreto encanto de la burguesía»). La locura diaria se encuentra mayormente en artistas de habla inglesa como Jonathan Swift, Lewis Carroll, Frank Capra («Arsénico y encaje antiguo», 1944) o más adelante Monty Python. En nuestra época y en nuestros países «La escala humana» de Daulte, Antanián y Spregelburd y «La estupidez» del mismo Rafael Spregelburd (cuya relación con la literatura inglesa es muy clara), hicieron honor al género.
Como consecuencia, nada de lo que sucede en «Las vacaciones de Betty» será lógico, coherente o responsable. Los personajes, quizás distendidos por sus inminentes vacaciones, se revelan neuróticos; posiblemente haya en ellos un punto demente; y Betty (Paola Bianco), a cuyo cargo está el punto de vista racional, el vínculo del espectador con lo que sucede en la escena, pasa de la sorpresa a la inquietud y de la estupefacción, al fin, a la conformidad. La alienación está al alcance de la mano, e integra la rutina diaria.
EL autor (Christopher Durang) es muy hábil en varios aspectos: hace aceptar, insidiosamente, tanto a los personajes como a los espectadores una trama que incluye una cabeza cortada y un pene en la heladera, antecedentes de violaciones, una de ellas incestuosa y, sobre todo, unas voces alertas e incisivas que nos sabe a quiénes pertenecen y que comentan y hasta interfieren la acción, voces que si sorprenden al principio más tarde se cuenta con ellas. La otra virtud que se destaca en el autor es la rapidez y precisión con que pone de pie a sus caracteres: Vero (Victoria Rodríguez Garbiero) se define por la incoercible locuacidad, su madre (Filomena Gentile) por su rotunda frivolidad, Kevin (Gustavo Antúnez) por un comportamiento opaco y ambiguo que el sugiere a Vero un asesino serial; Sam (Nicolás Albornoz) es un sexómano, siempre con la lanza en ristre y en el fondo ingenuo, Vanislaw (Fernando Gallego) es un gris exhibicionista que no llega siquiera a incomodar.
No obstante todo este virtuosismo y este despliegue de imaginación, la obra no llega claramente al público. El cohete a la Luna pierde de vista rápidamente a la Tierra; la cometa se ha remontado muy alto, llega un momento en que no hay más contacto. La suspensión de la incredulidad, puesta a prueba, no dura más de diez minutos. El espectador, al fin, acepta que suceda cualquier cosa; pero el precio es que no se conmoverá por ninguna. Ha podido reflexionar, quizás sobre la vanidad y sobre todo sobre el ridículo de muchas de nuestras empresas; sabe sobre la necedad de nuestras pasiones algo más que al entrar al teatro; pero el descontrol general, al comienzo gracioso, lo ha saturado de irrealidad.
La pieza está bien presentada por Agustín Maggi, a cuyo cargo estuvo la buena traducción. La puesta en escena tiene la requerida velocidad; pero no sucede así con el ritmo, que no se logró el día del estreno, la sincronización de mecanismo de relojería que «Las vacaciones de Betty», que apunta vernos como máquinas, nos parece requerir. En cuanto a la actuación, los efectos cómicos exigían comediantes que tuvieran, no sólo buenas aptitudes, sino un estilo homogéneo y acorde con el espíritu de la obra, lo que tampoco parece ocurrir. Así Filomena Gentile es cuidadosa, exacta y adecuada, y a su interpretación se deben los momentos más divertidos de la obra, y le sigue en méritos Victoria Rodríguez Garbero. Por más que se trate de actores competentes, ni la impavidez de Antúnez ni el aire de Don Juan de esquina de Albornoz, ni la máscara sin expresión de Gallego encajan en el plan general de Durang. *
LAS VACACIONES DE BETTY, de Christopher Durang, en traducción de Agustín Maggi. Con Victoria Rodríguez Garbero, Paola Bianco, Gustavo Antúnez, Filomena Gentile, Nicolás Albornoz, Fernando Gallego, Federico Pereira, Analía Nieto y Pablo Sintes. Escenografía de Marcelo Carrizo, vestuario de Mercedes Willat y Marisol Gómez, iluminación de AMMC, ambientación sonora de Alfredo Leirós, producción y dirección general de Agustín Maggi. Estreno del 14 de mayo En teatro Alianza, sala China Zorrilla.
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