99% asesinado
La clave de este fenómeno es obviamente el ejercicio abusivo e ilegítimo de la autoridad, que está habitualmente asociado a cuadros de odio racial, delirios mesiánicos y algunas patologías diseminadas desde los grandes centros del poder global.
Aunque parece redundante recordar que las dictaduras que asolaron al continente latinoamericano fueron regímenes títeres digitados por el imperialismo hemisférico, es claro que el debate no debe detenerse en el agotamiento de tales experiencias históricas.
Las renovadas tensiones contemporáneas corroboran en forma absolutamente incontrastable que los proyectos de expansión están lejos de ser un problema del pasado.
Hoy no parece ser verosímil la idea de que un contingente de marines desembarque en nuestras costas, para proteger los intereses de las grandes corporaciones que gobiernan el planeta.
En lo que atañe a nuestro continente, la estrategia de la agresión militar ha sido reemplazada por la expansión económica, mediante gravámenes bancarios expropiatorios, programas de ajuste rigurosamente digitados y privatizaciones escandalosas o encubiertas.
Sin embargo, en otras regiones como el recurrentemente flagelado Oriente Medio, el lenguaje de las armas sigue prevaleciendo como en el pasado, con invasiones, salvajes genocidios y torturas como las que hemos observado en el ocupado Irak.
La historia de las «guerras preventivas» no es nueva. Los regímenes autoritarios instalados en nuestro América hoy reemplazados por frágiles democracias jaqueadas por la dependencia y la crisis social fueron mascarones de proa de los experimentos expansionistas.
La denominada Doctrina de la Seguridad Nacional fue realmente un mero pretexto inscripto en un proyecto geopolítico, que actuó como barrera de contención contra el eventual avance del bloque comunista durante la hoy extinta confrontación bipolar.
El efecto residual de ese tiempo histórico es la situación de Cuba, condenada, desde hace más de cuatro décadas, a un destino de perpetuo bloqueo comercial.
Cuando la mayoría de los países latinoamericanos retomó la rutina del sufragio para la elección de sus gobiernos durante la década del ochenta del siglo pasado, algunos engranajes de las maquinarias represivas sobrevivieron.
Mientras se sustanciaban tímidos procesos revisionistas que en muchos casos concluyeron con la sanción de leyes de amnistía, obediencias debidas o caducidades compulsivas, siniestros personajes siguieron actuando impunemente en una situación de semiclandestinidad.
Algunos episodios corroboran que, tras once oscuros años en los que los uruguayos fuimos rigurosamente vigilados, aún no existen garantías de que los servicios secretos no estén operando en nuestro territorio y en la región.
En «99% muerto», el escritor y periodista uruguayo Pablo Vierci construye un relato que mixtura la ficción novelesca con la historia reciente, en una obra de fuerte acento testimonial.
En abril de 1995, a diez años de la reapertura democrática, fue hallado, en el balneario El Pinar, el cadáver de un ciudadano chileno. El cuerpo presentaba dos balazos en la cabeza.
El asesinado era Eugenio Berríos, un químico trasandino que integró la Dirección de Inteligencia del Ejército de su país, durante la salvaje dictadura encabezada por Augusto Pinochet que derrocó al gobierno constitucional del socialista Salvador Allende en 1973.
El científico, que desarrolló una segunda versión del letal gas sarín destinado a aniquilar a opositores políticos a la tiranía, fue sacado clandestinamente de Chile en 1991, por integrantes de la inteligencia militar de su país y trasladado a Montevideo.
En nuestro país, donde presuntamente debía refugiarse para eludir las requisitorias de la justicia trasandina, intentó escapar a sus guardaespaldas captores en el balneario Parque del Plata.
En una operación conjunta de inteligencia que corroboró que las fuerzas represivas del denominado Plan Cóndor estaban intactas en la región, fue secuestrado y desaparecido.
En junio de 1993, se conocieron algunos detalles de la operación, en la cual estarían seriamente implicados militares uruguayos, cuya extradición fue precisamente reclamada la semana pasada por un magistrado chileno.
El químico fue asesinado mediante disparos de arma de fuego entre enero y marzo de ese mismo año, fecha que coincide con la visita de Augusto Pinochet a Montevideo, durante la presidencia del nacionalista Luis Alberto Lacalle.
Nutriéndose de la materia prima de la realidad, el relato es sin embargo una novela de ficción política de trazo inquietante y por momentos hasta estremecedor.
Para ejercer plenamente su libertad de crear sin cortapisas, Pablo Vierci modifica nombres, situaciones y locaciones y soslaya deliberadamente algunas fechas. Sin embargo, es claro que, en este caso, las semejanzas con la realidad no son meras coincidencias.
Trabajando simultáneamente en varios escenarios y tiempos narrativos, el autor evoca los santiagueños conciliábulos de los «halcones» de la dictadura pinochetista, de los cuales participaban agentes de la CIA, miembros de la inteligencia militar trasandina y el químico Iván Weiler, nombre ficticio de Eugenio Berríos.
Mediante diversas técnicas de relato que incluyen soliloquios y coloquios, el escritor transforma a un ayudante de la fiscalía en protagonista. Tras padecer un accidente en Montevideo, el funcionario yace en la camilla de una ambulancia, gravemente herido y recibiendo asistencia de emergencia.
Entre el delirio y la agonía, el personaje comienza a reconstruir el complejo rompecabezas de una experiencia estremecedora, que reveló a un amigo periodista, aportando profuso material documental.
Pablo Vierci convoca al lector a compartir una aventura tortuosa y plena de laberintos, que traslada la acción casi sin pausas a varios escenarios geográficos: Santiago de Chile, Montevideo, el balneario Shangrilá y una oculta estancia turística del interior uruguayo.
El narrador juega también con las coordenadas del tiempo, cuando recrea la historia del químico, desde una infancia traumática que ya revelaba algunos síntomas de patologías subyacentes, hasta su enigmático presente de desaparecido.
El novelista construye la arquitectura literaria de su obra mediante numerosos personajes, que retratan diversos rostros de la condición humana: la rigurosa fiscal que investiga el crimen, su padre militar sobreviviente de los servicios secretos de la dictadura uruguaya, el comisario corrupto que oculta las evidencias, el presionado agente policial que accede a declarar en secreto y el vagabundo, que es el único testigo calificado en la causa.
Transitando en la frontera de la novela policial, la intriga política y el testimonio, Pablo Vierci transforma al relato en un intenso periplo a través de un claustrofóbico desfiladero literario.
Mientras desnuda con crudeza la tragedia del relator que viaja a bordo de una ambulancia con sirena abierta quizás para ya no retornar, el narrador demuestra todo su oficio para dar vida propia a todos sus personajes.
Salvo el químico asesino que es ultimado por las células dormidas del Plan Cóndor, a quien presenta como un demente sin límites, escrúpulos ni sentimientos, todas las criaturas literarias de Pablo Vierci buscan, de algún modo, su propia redención.
Dos ejemplos concretos son la fiscal, que carga sobre sus espaldas el pesado fardo de la culpa por las actividades de su padre durante la dictadura y el propio militar, que se expone al escarnio de sus ex camaradas de armas al admitir públicamente que se cometieron excesos durante el período autoritario.
La corrupción enquistada en el tejido del sistema está representada por el comisario que oculta las pruebas a cambio de un lujoso automóvil y la figura del propio Fiscal de Corte, que demuele sistemáticamente todas las evidencias que se le presentan, como si también fuera parte de la conspiración.
En el curso de su extenso relato de más de quinientas páginas, el periodista incorpora algunas jugosas viñetas, como el estricto interrogatorio de la fiscal al elusivo comisario, en un inicialmente distendido domingo de mate y fútbol. Hay algunos apuntes realmente jocosos, que aportan un trazo costumbrista a la obra.
Transfigurando un episodio clave de nuestra historia reciente cuyas secuelas perduran en el presente, Pablo Vierci construye una ficción novelesca de acento testimonial, que convoca a reflexionar sobre un tema inquietante y nunca realmente dirimido: la eventual actividad encubierta de los servicios secretos en plena democracia.
(Editorial Alfaguara)
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