Eduardo D’Angelo y su público
Eduardo D’Angelo comparte con Graciela Rodríguez el honor de haber creado su público. Sus espectadores no van al teatro: van a verlos. Sus obras pueden variar, la platea es la misma; inquieta, cálida, acrítica, unida por un fuerte sentimiento de adhesión al intérprete. Pocas veces hemos visto en sus espectáculos a «gente de teatro»; pero teatro es. Aún diremos que en esta nueva pieza D’Angelo se moderniza en una dirección que transita mayormente el teatro de Buenos Aires, como picardías sexuales moderadas y alusiones a la homosexualidad; pero el actor hace ver que se moderniza pero que no endosa a lo moderno y nos guiña el ojo.
Así al comienzo, Adhemar Rubbo hace a Roberta Sarubbo algunos avances propios de Tristán; pero de inmediato la reflexión humorística redime a la grosería y sitúa el todo en la parodia. Al fin Francisco (Eduardo D’Angelo) aparece como presidente de un Club gay, dinero por medio: el público sabe que eso no es así y no lo cree ni del personaje ni de D’Angelo. Juego de espejos y de complicidades con los espectadores, que se reconocen en el actor, que a su vez se reconoce en el público. La unión es perfecta y, probablemente, indisoluble.
Como de costumbre la obra, que está ambientada en un salón con el clásico sofá de tres cuerpos y las inevitables dos butacas laterales, es el pretexto de una larga serie de chistes, y los hay nuevos y eficaces. La interpretación, que cuenta con actores de la capacidad y el peso de Adhemar Rubbo y Roberta Sarubbo, es de buen nivel.
LECHERVIDA, de Eduardo D’Angelo, con Roberta Sarubbo, Adhemar Rubbo, Eduardo D’Angelo, María Noel Ugolini, José María Novo, Ricardo Gracián, Andrea Alberti y Carlos Morán. Escenografía e iluminación de Freddy Núñez Batlle y Francisco Bentos, dirección de Eduardo D’Angelo. En teatro El Tinglado. *
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