Un descenso a los infiernos
El filme Elephant nos muestra el mundo como una gran matriz de caminos entrecruzados predeterminados por los que deambulan los seres humanos del mundo, en particular los jóvenes adolescentes del Instituto Columbine, Estados Unidos.
Gus Van Sant ha decidido, con Elephant, emprender un viaje oscuro y escabroso hasta los confines de la realidad.
Ser espectador de Elephant, una de las experiencias más radicalmente traumáticas que se puedan imaginar, significa plantarse ante la realidad para descubrir todo aquello que resulta invisible ante nuestros complacientes y acomodados ojos.
Elephant es contundente en todos y cada uno de sus planos. Nos muestra el mundo como un gran tablero en el que los seres humanos somos piezas que circulamos por líneas predeterminadas. La cámara de Van Sant persigue a los adolescentes protagonistas de la película repasando las líneas dibujadas en el suelo, como si sobre éstas pasasen unos rieles por los que circular en un travelling infinito, la utopía imposible del filme.
Los alumnos del instituto en el que se desarrolla Elephant viven sumidos en un sistema que los convierte en máquinas programadas para interpretar un rol perfectamente definido. Todos quieren ser el guapo y el listo, y nadie quiere ser el tonto, el feo o el marginado, en los tres casos el fracasado.
Los jóvenes de la película repiten una y otra vez los comportamientos que ven a su alrededor e intentan mimetizarse con la imagen de éxito omnipresente en todos los cuerpos y actitudes. La sonrisa obligada, la imagen de fortaleza, nunca de debilidad, todo confluyendo en las apariencias y las acciones ritualizadas. Incluso los gestos que representan la debilidad terminan siendo incorporados como parte del ritual. La mirada desconcertada y perdida dirigida al cielo, que no ofrece respuestas al vacío inexplicable en el que se ha convertido la vida, se produce y reproduce varias veces.
Los personajes fluyen como el centro de atención y de la contemplación forzada de su contexto observamos la base de la reflexión sobre la que se articula el planteamiento estructural del filme. Compuesta como un puzzle de piezas superpuestas, Elephant se libera de la continuidad narrativa para convertir en visible aquello que pasa desapercibido en nuestra visión global de la realidad. Así, mediante el artificio de hacernos visitar una misma situación desde diferentes puntos de vista, vamos observando poco a poco todo aquello que nos había pasado desapercibido en nuestro anterior rastreo de ese mismo espacio temporal. Aquella materia que pasó desenfocada ante nuestros ojos se convierte en un elemento fundamental para la comprensión de una realidad que transparenta su enfermedad a través de la fragmentación de su cuerpo, empeñada en llamar la atención sobre aquello que ejemplifica el éxito del modelo de sociedad.
Van Sant ofrece una visión global y fría en su búsqueda de respuestas a las incógnitas que le plantea la realidad. Elephant es una película sobre el viaje hacia (nunca sobre) la generación de tesis y argumentos que jamás se exponen como conclusiones definitivas, sino más como nuevas incógnitas. Sin la posibilidad de crear, a partir de la película, razonamientos que nos conduzcan a encontrar a los culpables directos del desconcierto en el que vive sumido el mundo, nos vemos abocados a asumir el imparable funcionamiento de una máquina que genera actos cíclicos, como el del día y la noche que presenciamos al inicio y final de la película.
Merece una especial atención, también, el papel que juega en la película la banda de sonido. Encontramos en ella uno de los pocos elementos a través de los cuales acceder a una cierta subjetividad de los protagonistas. Así el sonido intensifica artificialmente el hastío que siente Alex al sentirse incómodo y desorientado en el comedor del instituto, y también toma un papel decisivo durante la matanza con la que termina la película, durante la mayor parte de la misma sentimos de fondo un rugido que parece el retumbar de la realidad en la cabeza de los asesinos, mientras que en el final, cuando ya se ha producido la masacre, vemos cómo Alex se sienta relajadamente en una mesa del comedor del instituto mientras se escucha el imposible sonido de unos pájaros cantando y del viento soplando. Observar las imágenes de Elephant remite inmediatamente a una máquina de muerte en su manera de captar fríamente componentes gestuales mecanizados que pasan a formar parte de una coreografía del mal que resulta casi imposible de soportar como espectador. Es la historia de tragedia, de una verdadera masacre americana disparada por un grupo de estudiantes en Columbine. *
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