ACTUACIÓN

Jorge Bolani recibió el premio a Mejor Actor en Festival de Cine de Punta del Este

Jorge Bolani ha sido galardonado con el premio a Mejor Actor en la 23ª edición del Festival Internacional de Cine de Punta del Este. En octubre de 2019, Bolani conmemoró sus 50 años de actuación y la Academia Nacional de Letras le rindió un homenaje con un acto en la Sala Delmira Agustini del Teatro Solís.

Jorge Bolani. Foto: Academia Nacional de Letras.
Jorge Bolani. Foto: Academia Nacional de Letras.

Ambas distinciones fueron la excusa perfecta para conversar con Bolani sobre tan prestigiosos reconocimientos, pero por sobre todo acerca de sus sentimientos.

-¿Te esperabas este reconocimiento de parte del jurado del Festival de Cine de Punta del Este?

-Honestamente no. Si dijera que sí, primero sería políticamente muy incorrecto y deshonesto porque lamentablemente fui a Punta del Este y pude estar 36 horas. Vi la película en la cual intervine y desgraciadamente no vi ninguna película más. Y me dijeron que había un nivel interesante. Me esperaba algún comentario satisfactorio de acuerdo al gran esfuerzo que me significó hacer este personaje muy protagónico en la película, y que me que llevó dos meses entre ensayos y rodaje. Pero sería muy poco ético si te dijera que me lo esperaba.

Estoy muy contento, la verdad no puedo disimular la alegría, pero tengo muchas ganas de ver otras películas. Según me han dicho, y esto es extra oficial, es probable que en el festival que hace Cinemateca en Semana Santa o Semana de Turismo, puedan distribuir o traer alguna película del Festival de Punta del Este, entre las cuales pueda estar esta brasileña “A los ojos de Ernesto”.

-¿Te llevó dos meses de estadía en Brasil o preparándola acá?

-No. La preparación fue mucho más larga, porque yo estaba desde principios del 2018 en conversaciones con la productora de Porto Alegre. Sobre todo con quien me dio la gran oportunidad, la directora de la película, Ana Luiza Azevedo. Realmente me ofreció un guión maravilloso. Un guión que cualquier actor tiene que agradecer ciento por ciento. Porque es un personaje que está muy cerca de mi edad. Bueno soy cuatro o cinco años más joven que el personaje, pero estoy en esa franja. En esta etapa de la vida donde a uno le puede pasar, lo que le pasa al personaje. Se trata de alguien que se queda sorpresivamente viudo. Es un uruguayo que vive en Brasil desde hace 40 años, un ex fotógrafo. Se está quedando ciego y vive solo. Tiene un hijo que vive en San Pablo a quien le pide, le ruega desesperadamente que se vaya a vivir con él a San Pablo.  Sin embargo, no quiere dar nunca el brazo a torcer, ni con su ceguera inminente, ni con su estatus de “yo puedo con todo”. Entonces es un poco patético atravesar la vida de ese hombre que se resiste a verse, a mirarse al espejo y dejarse acompañar. Inesperadamente, como pasa siempre en la vida, aparece alguien que comienza a acompañarlo y él se deja acompañar.

Mientras, se siguen sucediendo los encuentros con su hijo y con un vecino, que es un tipo muy vital a pesar ser un octogenario, quien le lee las noticias del diario en la mañana, y es con el único con quien puede aceptar su ceguera casi total.

-¿Te sentiste cómodo con el personaje?

-Sí, muy cómodo.

Fui muy bien guiado por la directora con quien tuve un intercambio de mails de casi seis meses. Recibí el guión y estudié cómo sería el personaje, y sobre todo pensar en algo que era realmente complejo, que es dar la ceguera de ese hombre que se resiste a mostrar que es ciego.

Cómo caminar, cómo relacionarse con los objetos dentro de su apartamento, donde no tiene demasiados problemas, pero cuando sale a la calle se le complica y mucho. Fue un largo trabajo de involucramiento y apropiación del personaje.

En Porto Alegre, me encontré con un equipo de gente maravillosa. En setiembre estuve 15 días ensayando con todo el elenco, leyendo, intercambiando impresiones e improvisando algunas escenas.

A partir del primero de octubre y durante todo el mes fue el rodaje. La última escena de la película es la única que se filmó en Montevideo, por motivos que tampoco puedo contar porque revelaría demasiado de la película.

-¿Para un actor de teatro cómo es dar el salto hacia el cine?

-Yo tenía ya cierta experiencia, trayectoria, frente a la cámara. No sólo con el cine, sino también con algunas cosas que se han hecho en este país donde es tan difícil o prácticamente imposible realizar ficción en televisión.

La concentración del actor tiene que ser la misma. Cuando dicen: “acción”, te tenés que olvidar de todo un ambiente que te rodea que es muy diferente al teatro, porque está lleno de cables, de luces y gente. Para rodar una escena de un minuto se pueden juntar 30 personas a tu alrededor. Después uno se sienta en la sala de cine, ve eso, como ve escenas de películas de guerra y acción en exteriores y es muy diferente.

Cuando empieza una obra de teatro y se encienden las luces, no hay ningún corte, la cronología va desde principio al final. En el cine se rompe la cronología, y tenés que tener muy estudiada la situación, la historia y el personaje. Me pasó con la película “Whisky”. Recuerdo que la segunda escena que se rodó fue la última.

-Y tenés que meterte de golpe en el personaje, caer en el personaje…

-Sí. ¡Caer en el personaje! Cuando el personaje ya está en el final de su viaje, de su itinerario como personaje y como actor.

-¿Qué te gusta más: cine o teatro?

-Me gustan las dos. Pero si me pones en la disyuntiva siempre voy a elegir el teatro. Tengo 50 años de teatro.

-¿En tu carrera teatral hubo alguna obra que marcara un antes y un después?

-Hay más de un mojón. Depende a la edad en que me agarró. Por ejemplo, un mojón lindo fue cuando yo tenía casi 40 años. Una obra uruguaya que se llama “Doña Ramona”, de Víctor Leites, y que la hice en el teatro Circular en la sala chica. Relata la vida de una familia en el 1904, en la primera presidencia de José Batlle y Ordóñez. La hicimos durante la dictadura. La obra habla del encierro, la opresión. Todo lo que se vivía en ese momento. No porque la obra hablara del período de facto, sino porque eran cuatro hermanos que se habían quedado sin padres y la que mandaba ahí era la hermana mayor. Contrataban a un ama de llaves, que se llamaba Ramona, hija de españoles. La obra plantea lo que es el poder, y en aquel momento, año 1982 o 1983, hablar del poder y de un poder mal usado, corrupto, que ejercían sobre esa ama de llaves, el público hacía la traslación.

Yo era el único personaje masculino de la obra. Era el hermano varón de esa familia. En lo artístico resultó un salto en mi carrera.

Después en los ‘90 me encontré con un personaje que fue Martín Santomé, de “La Tregua”, de Mario Benedetti. Fue como un sueño cumplido, porque yo la había visto en cine con mi ídolo máximo de los actores de cine: Héctor Alterio. Realmente tocaba el cielo con las manos. Dirigida por Rubén Yáñez, otro maestro de la dirección y que fue el actor que hizo de Artigas en la versión de El Galpón. Un docente, un tipo genial para la cultura del Uruguay.

Por décadas he tenido más de un mojón. Después en la obra inglesa “Decadencia”. Una obra muy corrosiva, sobre los vicios de las sociedades de consumo y los vicios morales. También me encantó hacer esa obra escrita en verso.

Más acá en el tiempo, “Variaciones Meyerhold”, una adaptación maravillosa que se hizo en la Comedia Nacional sobre la vida real de un teórico y director ruso en la época stalinista, que es juzgado preso, torturado y ejecutado. No por convicciones políticas sino por convicciones artísticas. Terrible. Porque era un tipo que estaba con el régimen, pero Stalin no le perdonó que se alejara de los cánones y de la estructura que había en el teatro en ese momento, y buscara la libertad de los actores, que inventaran, propusieran y después él dirigía. Realizamos una versión con tres personajes, que fue un éxito loco en la Comedia Nacional. Eso me marcó mucho porque también me llegó en una edad que tenés que ser un actor con muchos recursos para hacer ese personaje. Además hablábamos mucho del cuerpo del actor, y de lo fundamental que es, de la plasticidad que hay que tener, la libertad. No sé si lo podría hacerlo hoy.

En el terreno el humor me gusta mucho Juceca y Fontanarrosa. Espectáculos como: “Ah Machos”, “Fontanarrisa”, “Hay Barullo en el Resorte”. Me gusta mucho el humor.

Premio de la Academia Nacional de Letras

-El año pasado recibiste el premio de la Academia Nacional de Letras, institución a la cual perteneces desde el año 2015 y ocupas un sillón importante. ¿Cómo lo viviste? Porque generalmente los homenajes en nuestro país no son en vida.

-Realmente eso fue muy inesperado. Me llamaran de la Academia para invitarme a integrarla, y yo que vengo del teatro a la Academia siempre la he visto con mucho respeto cultural, como debe ser. Porque está integrada por gente del derecho, científicos, gente de la literatura, de la lingüística.

De pronto sonó el teléfono de mi casa, era Wilfredo Penco (presidente de la Academia Nacional de Letras) para pedirme una entrevista. ¡Gran sorpresa! Era para invitarme a formar parte de la Academia Nacional de Letras, y me ofrecieron el sillón Javier de Viana. Ya va a hacer cinco años. Nobleza obliga, tengo que ser justo, a Gerardo Caetano se le ocurrió la idea de que mis bodas de oro con el teatro fueran parte de un evento en el cual participara la Academia. Lo planteó internamente y fue aceptado. Tuvimos una preciosa velada en la sala Delmira Agustini del Teatro Solís. Donde se me dio la preferencia de invitar gente muy allegada para que hablaran de mí y de mi trayectoria. Invité a un gran compañero de mi primera generación de teatro, Juan Graña, integrante del Circular. Alfredo Goldstein, quien me ha dirigido en cinco espectáculos. Justamente el último “Barrymore” lo dirigió él, con quien tengo una amistad mas allá de lo artístico. La Academia colocó a Jorge Arbeleche, Gerardo Caetano y Wilfredo Penco.

Fue una gran emoción con un cierre musical maravilloso, a cargo de Horacio di Yorio en piano y mi hija Natalia Bolani en voz. Empecé a caer después que terminó todo. Gente amiga que me pasó fotos, videos, grabaciones.

Es una gran alegría, porque uno lo siente como un reconocimiento. Por otro lado digo: ¿Estos reconocimientos no estarán siendo como un preámbulo de que a uno le va a pasar algo raro? Es una facultad un poco oscura de la mente…

Natalia Bolani en homenaje a su padre.
Natalia Bolani en homenaje a su padre.

-Si tuvieras la posibilidad de desandar el camino ¿Qué no volverías a hacer?

-Intentar no relacionarme con gente que mostró una cara y después terminó siendo una cara muy diferente. Gente que se te acerca a lo largo de la vida simplemente porque podes ser un cuasi referente público o algo así. Después te das cuenta de que realmente vienen por un interés. Y defraudan.

En lo personal soy muy introvertido. El teatro me ha servido mucho para mejorar en eso y al decir introvertido quiere decir que soy una persona bastante mental. Obro mucho con la mente. Era mucho más acentuado cuando era más joven. Cuando empezás a ponerte en la piel de otros y a comprender la vida a través de otros, es de un crecimiento increíble. Me hicieron ser más espontáneo, me empecé a encontrar mucho mejor con la espontaneidad. Yo era una persona muy cerrada. La gente tenía como un poquito de recelo porque yo tenía cara de tipo serio, intelectual, solemne. Entonces, las decisiones que he tomado en mi vida personal, que ha tenido muchos cambios fuertes, las he hecho siempre por convicción. Temo defraudar tu pregunta, porque quizás que no cambiaría nada. No cambiaría nada.

Yo soy hijo único con todo lo bueno y lo malo que ello le incluye. De pronto me costó bastante sacarme las cosas un poco mas oscuritas que tiene porque sos el centro de todo y eso tiene el contrapeso de que esperan todo de vos y sin querer presionan.

Amo a mis ancestros, algunos más que otros. Pero tengo que ser realista sobre todo con los que conviví. Es como estar siempre pendiente de no defraudar. Por ejemplo, llegué hasta primer año de odontología y por razones económicas, porque mis padres no podían solventarme esa carrera, venido de un hogar muy modesto en la parte económica, ahí encontré el teatro. Tuve que salir a trabajar y me quedó un poco de frustración, pero no es que yo hubiera dicho ¡Me hubiera gustado ser odontólogo! Y adoro ir al odontólogo, porque le pregunto todo.

-¿No sentiste que defraudaste un poco a tus padres? Porque nadie vivió mucho del teatro acá.

-No. Ellos se ilusionaron, después con realismo vieron que no podían, yo no trabajaba. Se intentó, pero justo elegí una carrera que del pique hay que hacer inversiones permanentes y supongo que debe seguir siendo así. Cuando agarré para el lado del teatro yo trabajaba en una industria privada automotriz, y esa generación de nuestros padres dirían: “¡Dónde se está metiendo este tipo!”. Jamás me dijeron nada, pero yo sé que por lo bajo en los corredores de mi casa lo hablaban. Después, por suerte, les empecé a demostrar que era tanta la pasión que yo tenía, que seguía, y seguía. Trabajaba y hacia teatro, formaba una familia y hacia teatro. Entonces iba en serio. Al final tuve la gran satisfacción de que mis padres, ya veteranos, se sentaran en la platea a verme actuar.

Tengo una anécdota. Cuando mi madre estaba muy grave, con internación domiciliaria, ya desahuciada, en el día de la entrega de los Premios Florencio, yo había hecho “Decadencia”, en el año 1997, y anuncian que el premio era para mí. Fui a buscar el Florencio, lo agarro y salgo de la sala. Todo el mundo me miraba como diciendo: “este se va escapado del teatro” porque la ceremonia continuaba. Salí del teatro, crucé la calle, me dirigí al bar de enfrente y llamé a mi madre por teléfono. Mi madre me atendió y le dije: “Mamá vengo del teatro Solís ¿sabes que tengo en mis manos? ¡Gané el Florencio!”. Y mi madre me contestó: “Y sí mijo, si ya lo sabía yo. Yo ya lo sabía…”. Fue una emoción tremenda, no me olvidaré jamás. Son esas cosas de las madres que saben todo lo que va a pasar y es verdad.

-A lo largo de tu carrera interpretaste más de 100 personajes ¿Hay alguno con el que te has sentido identificado?

-En teatro, con Martín Santomé, de “La Tregua”. En cine me sentí muy identificado y lo tengo muy fresco, con Ernesto de la película: “Los ojos de Ernesto”. A los personajes los aprendes a querer mucho con sus defectos y sus aciertos. Pero en teatro tal vez te haya dicho Martín Santomé porque el inconsciente me está mandando. Porque ahí fue donde conocí a mi compañera actual, que en la ficción era Laura Avellaneda. “La Tregua” es la historia del jefe de una oficina que se enamora de su empleada, 25 años más joven, y eso se replicó en la vida real.

Pero hay más personajes. En “Decadencia” tenía que hacer dos personajes, uno de clase baja y otro clase alta, y alternar uno y otro durante toda la obra. Con ellos, también me sentí muy identificado.

En el cuento “Sueño de barrio”, de Fotanarrosa, interpreté a un personaje que era un policía que escribía con dos dedos. Con ese personaje, yo sentía a la gente reírse y era como decir: ¡tocas el cielo con las manos! Porque los actores y actrices tenemos eso. ¿Qué es lo mejor? ¿Una crítica buena?, si, te la llevo. ¿Ganar un premio?, está muy bien es un gran estímulo. Pero no, no es eso, es la recepción de la gente a la cual le entregas el trabajo. Una palabra de un espectador, la risa del espectador o las lágrimas. El aplauso, que es una cosa tan breve, para el actor es como subir una escalera al cielo. Eso para los que conciben el teatro como una pasión. Yo a veces digo: !Es lo que sé hacer! A veces me sale mejor, otras veces me sale un poquito peor, pero es lo que sé hacer.

-En una entrevista dijiste que “el actor tiene que luchar contra el olvido”. Supongo que esa reflexión tiene un doble sentido. ¿Jorge Bolani, le tiene miedo al olvido?

-Nunca me lo puse a pensar, tal vez porque trato de seguir activo. Mientras mis neuronas hagan sinapsis y el cuerpo aguante, yo voy a seguir hasta el último día. Entonces, no tengo tiempo de hacerme esas preguntas. Ahora si yo me retirara oficialmente o por determinados motivos… Hay una frase en la obra “Barrymore”, que estrené hace unos meses, que dice: “Los actores son como las olas del mar. Se levantan hasta grandes alturas, rompen en la orilla y se van. Olvidados. No hay nada tan muerto como un actor muerto. Ni siquiera el clavo de una puerta”

Es una frase tremenda. Y conozco gente, colegas, que viven muy mal el retiro. De pronto también mi subconsciente me está dictando: ¡seguí, seguí loco, seguí! para no llegar a eso. También es un mecanismo de defensa.

Un colega, excelente actor, tuvo que retirarse porque le vino pánico escénico ya de grande. El pánico escénico es algo mental, es subir al escenario y te vienen todos los miedos, de olvidarte de la letra o no rendir… Falleció hace unos años y lo recuerdo diciéndome que no pasaba ni por la puerta de un teatro. Capaz es un caso puntual.

En el cine te queda la constancia, te queda la película, el registro. En el teatro, si no te filman y no es algo que se haga con regularidad, se pierde. El teatro es el arte de lo instantáneo, nace y muere cada noche. Lo dijo Alberto Candeau: “Cada noche es un estreno”. Tengo mucha baqueta como se dice vulgarmente, 50 años arriba del escenario. Pero los cinco o diez minutos antes de que se apaguen las luces para volver a prenderse en el escenario, y que estas atrás de una cortina, es un momento que lo sigo viviendo con cosquilleo en el estómago. Es como que entrás y cambia la realidad.

He tenido mis lapsus de memoria y los he solucionado, por suerte, tratando de estar tranquilo. Si te trancas mucho no salís.

-Y ahí el compañero, el juego de miradas…

-De miradas, o te dicen una palabra que te tira como una caña de pescar. Me pasó en “Variaciones Meyerhold”, en la Sala Verdi, con el público cerca de nosotros, a dos metros. En la obra, el maestro elige a alguien del público y lo toma como si fuera un alumno. Yo me dirigía a alguien del público, a una chica en segunda fila y se me hace un blanco. No paré de hablar, pero comencé a hablar cosas que inventaba en el momento y me fui por las ramas, eso me lo contaron después mis compañeros. Hasta que en un momento dado, deje de mirarla y miré a mis compañeros que estaban con los ojos fuera de la órbitas como diciendo “¿Qué te está pasando?” Y una de ellas, Jimena Pérez, me hizo una pregunta que no estaba obviamente en el libreto. Pero con esa pregunta me trajo de vuelta a la historia, fueron unos segundos y a vos te parece que pasaron horas.

Después hay lapsus chiquitos que los vas solucionando en la marcha. Siempre me he preguntado: ¿Qué puede pasar si estás haciendo una obra en verso y te olvidas de un verso…? No quiero ni saberlo…

50 años de trayectoria

Los inicios de Jorge Bolani fueron en teatro del Anglo, bajo la dirección de Eduardo Mallet. Luego siguió su formación en la escuela de Teatro Circular, con maestros de la talla de Jorge Curi, Omar Grasso y Walter Reyno, entre otros.

Integró el elenco de la Comedia Nacional durante los años 2004-2014. Se ha desempeñado como docente. También ha participado en varios largometrajes, cortometrajes y televisión.

Fue nominado a los Premios Florencio como mejor director en varias ocasiones. En 2009 por “Tape”, en 2011 por “Doña Ramona” y en 2013 por “Hay barullo en el Resorte”.

También ganó el Florencio a Mejor Actor en cuatro ocasiones. En 1994 por “Ángeles en América”, en 1997 por “Decadencia”, en 2001 por “En honor al Mérito” y 2012 por “Variaciones Meyerhold”.

Participó en el largometraje brasileño “A los ojos de Ernesto”. Recibió el Premio a Mejor Actor en el Festival de Cine de Punta del Este.

Gladys Montero
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