El cine uruguayo va

Ultimamente la producción cinematográfica uruguaya se ha intensificado, y bienvenido sea. Han llegado premios y distinciones y, aun cuando resta fundar la obra maestra que todos están esperando, puede decirse definitivamente que la cultura audiovisual nacional está en expansión y en una decidida proyección de crecimiento.

De esta estación queda la sensación de que 25 Watts es la representante de mayor impacto y mejor resolución. Ahora la dupla Rebella y Stohl, talentos si los hay, tendrán el desafío de presentarse en el inminente Festival de Cannes, en la prestigiosa Sección Una Cierta Mirada, su flamante segundo largo Whisky donde, una vez, aparecerá la figura del galardonado Daniel Hendler. Pero más que nada estos apuntes quisieran recalcar que se están rodando diversas películas uruguayas en coproducción y otras están en fase de posproducción o en espera de sala como los casos puntuales de Alma mater, segundo opus de Alvaro Buela y el documental Palabras verdaderas, de Ricardo Casas. Hay una sensación de febrilidad, de empuje y entusiasmo, de generar una corriente donde confluyan distintos puntos de vista y diferentes lenguajes o maneras de narrar, algo sanísimo por aquello de la diversidad que necesariamente debe tener toda gestión artística o cultural.

Es grato, gratísimo la idea de lo cuantitativo para el cine uruguayo. A todo ello, esperemos, el costado cualitativo pueda igualarse de una vez por todas. Porque por allí anda solito Adrián Caetano, despegadísimo del resto con sus tres formidables largos (Pizza, birra, faso, Bolivia y Un oso rojo), y ya es hora de alcanzarlo.

Y se puede porque las apuestas son cada vez más ambiciosas. *

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