El impresionismo cumplió 130 años

No existió, en la historia del arte, una pintura más aceptada que la impresionista. No en su época, claro, sino después. Es curioso que su efímero reinado (el de Monet siguió hasta su muerte en 1926) haya tenido, sin embargo, tanta influencia en los artistas de todos los países, incluso a la distancia de un siglo posterior, como sucedió con el expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York. Los precios obscenos alcanzados por los cuadros de Van Gogh, Monet y Renoir en las subastas de Sotheby´s y Christie´s conmovieron el mercado mundial. Cada exposición impresionista o de alguno de sus integrantes tiene asegurada un éxito estruendoso. Es que con el impresionismo el acto de pintar alcanzó su punto culminante, que tampoco se repetirá. Una pintura solar, luminosa, celebrante del mundo que capturó la alegría de vivir de una sociedad temporariamente estable como la francesa en el último cuarto del siglo XIX.

Quedaron atrás la turbulencia de tres revoluciones (1830, 1848, 1870) mientras los beneficios de los avances de la industrialización se palpaban en la renovación urbanística de París (más que nunca la capital cultural de Europa), en el disfrute del nuevo paisaje ciudadano de la ascendente burguesía que hizo de los cafés el sitio ideal para la convivencia y el intercambio de ideas. Fue en uno de ellos, el café Guerbois, cerca de la plaza Clichy, que un grupo de amigos pintores y literatos ser reunían religiosamente todos los viernes. Cerca, en la calle Batignolles, estaba el taller del que involuntariamente sería el jefe de los innovadores, Edouard Manet, por el escándalo que provocó el envío de una obra suya al Salón de los Rechazados en 1863. Se trataba del cuadro Almuerzo campestre, inspirado en otro del mismo título de Tiziano, existente en el Museo del Louvre. El cuadro representaba un desnudo femenino entre caballeros vestidos. El tema no era novedad, pues ya estaba codificcado en la historia de la pintura a partir del Renacimiento, pero lo que sorprendió fue la claridad y espontaneidad del color, mientras la pincelada abierta dejaba ver la trama del soporte. Manet introducía el tema del desnudo no idealizado sino con todos los atributos ambientales de la vida que pasa con personajes contemporáneos y reconocibles. Aunque pintada en el taller, trasmitía la sensación de una escena al aire libre. El primer desorientado fue el propio Manet: creyó seguir los fieles postulados de la tradición, a la cual, junto con sus más jóvenes colegas, nunca intentó desafiar.

Luego de la guerra franco  prusiana de 1870 y de los agitados días de la Comuna, los artistas franceses que habían emigrado a Inglaterra se reencuentran en París, en las tertulias del café Guerbois. Allí deciden, ante los inconvenientes e incomprensiones de los salones oficiales, realizar una cooperativa de pintores, grabadores y escultores con la finalidad de exponer sus trabajos.

Y el 15 de abril de 1874, en la primavera boreal, inauguran una exposición en los talleres del fotógrafo Nadar, en la esquina del Boulevard des Capucines y la calle Daunou. En esa muestra participaron treinta artistas con 165 obras, entre los que se destacaban Boudin, Bracquemond, Cézanne, Monet (de las cinco telas, una llevaba el nombre de Impresión, puesta de sol, que dará el nombre al movimiento), Berthe Morisot, Pisarro, Renoir y Sisley y otros pintores que la historia no los consagró, mientras Manet se abstuvo de participar, aunque los apoyó.

Con Impresión, puesta de sol, la pintura se liberaba de los temas clásicos, recogía la instantaneidad del atardecer con pinceladas sueltas, una composición casi abocetada y un disco rojo llameante reflejado en el agua. Fue el comienzo de un cambio perceptual, una nueva visión causada por sensaciones luminosas basada en la técnica de los colores complementarios, la división del tono y de la pincelada, que sería llevada hasta sus últimas consecuencias por Monet, el único auténticamente impresionista toda su vida. Monet hizo de un instrumento científico estudiado por Chevreul y Helmholz, un formidable sistema expresivo.

Refugiado en su casa-taller de Giverny, a 70 quilómetros de París, donde inventó un jardín impresionista fabuloso que todavía se mantiene, Monet condujo la pintura a su punto de máximo lirismo, especialmente con la serie de los Nenúfares, admirablemente presentada en la Orangerie, actualmente en refacción El placer hedonista se extendía acariciando la tela con una sensibilidad de refinamiento visual y opulencia cromática como pocas veces se constató en la historia del arte. Cézanne dijo de él: «Es solo un ojo, pero qué ojo!». Tenía razón.

Entre sus compañeros de la primera exposición del 74, muchos pasaron al olvido inmediato. Los demás lo siguieron durante algún trecho como Renoir, Degas, Pisarro, Sisley, para orientarse hacia soluciones propias, alejadas de las propuestas iniciales. Algunos incursionarán en el movimiento para separarse después (Van Gogh, Gauguin), pero todos ellos (hay que recordar a Caillebotte, Morisot, Bazille, Cassat, Lauvray) hicieron del impresionismo una tendencia pictórica que limpió las retinas de grises y claroscuros, de mitologías e historia, para celebrar la vida en todo su fervor dionisíaco y fugaz, como si Heráclito se tomara la revancha luego de 2.500 años de pensamiento parmenídeo. *

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