EL VIERNES SE ESTRENA LA ACLAMADA "LAS INVASIONES BARBARAS", DE DENYS ARCAND

La decadencia del imperio americano

Rémy padece una enfermedad terminal y se encuentra internado en el hospital. Su ex mujer, Louise, pide a su hijo Sébastien que vuelva de Londres, donde está desarrollando una brillante carrera en el campo de las finanzas, para estar junto a él.

Sébastien tuvo muy poca comunicación con su padre en los últimos años, pero vuela hasta Montreal y, una vez allí, trata de comprar el máximo confort para su progenitor. Haciendo gala del poder del dinero y, al mismo tiempo, poniendo en evidencia la corrupción que el filme supone presente en todos los ámbitos de la vida, Sébastien reúne a los amigos, los colegas y las amantes de su padre. Una vez que el cuarto del hospital se llena de viejos conocidos, comienza un desfile incesante de frases ingeniosas y un esmerado recorrido por los principales hitos de la sociedad burguesa del siglo pasado.

Entre las reflexiones de los personajes, hay una que resalta especialmente: a lo largo del siglo veinte ciertos grupos de la burguesía habrían pasado por todos los ismos posibles: marxismo, trotskysmo, existencialismo, estructuralismo, etcétera; pero sólo uno de ellos parece haberse mantenido constante: el cretinismo.

Y, muy coherentemente, tal es la actitud general que caracteriza a Las invasiones bárbaras. Amparándose en la nostalgia de un tiempo mejor, Denys Arcand (Jesús de Montreal) apela a todos los recursos disponibles para ganarse la simpatía del público, construyendo su espectador ideal en la figura de un burgués de clase media alta, con pretensiones intelectuales, cierta incorrección y progresismo políticos, y un inconfundible amor por la alta cultura.

Rémy está absolutamente convencido de que hemos entrado en los tiempos de las invasiones bárbaras: «Uno no puede viajar a Nueva York por miedo de que un musulmán loco decida matarlo», afirma en uno de sus cínicos comentarios. Para este profesor de historia, la civilización que comenzara con Dante y Montaigne está a punto de desaparecer. Además, suele quejarse de las diferencias generacionales -«Mi hijo es un capitalista ambicioso y puritano, mientras que yo he sido siempre un socialista sensual»-, y pasa largas horas añorando el período «libertino» de su vida.

Con tales argumentos, una banda de sonido que incluye composiciones de Mozart, Händel y Philip Glass, permanentes citas a libros (El archipiélago Gulag) y autores (Primo Levi), cultivados por ciertos sectores sociales, un desfile de delicias culinarias, un encantador rincón de la naturaleza (la misma casa del filme anterior) y un conjunto de buenos actores, Denys Arcand pretende seducir a un amplio espectro del público.

Tras todo ese oropel se oculta una serie de golpes bajos dignos de una mala telenovela, como la bella y joven heroinómana que provee la droga que apacigua el sufrimiento de Rémy y, que luego de enfrentarse con la muerte, se reconcilia con su madre y con la vida toda. Además, bajo esta maraña de diálogos sobre filosofía y el arte de vivir subyace toda una serie de presupuestos de, por lo menos, dudosa validez.

Durante la proyección comienzan a aparecer algunas dudas, ¿cuál es el verdadero significado que tienen las invasiones bárbaras para Denys Arcand? Aunque en un texto escrito por el realizador y que acompaña las notas de prensa del filme se afirme que en el futuro «habrá ciudadanos norteamericanos de un lado y no-residentes del otro (aliens). Vistos desde Washington, los franceses, los búlgaros o los japoneses serán una misma cosa: bárbaros», en el filme, las invasiones parecen venir más bien de la mano de los musulmanes, la clase media baja que aspira a un sistema de salud gratuito, o, entre otras cosas, la burocracia sindical y/o administrativa que corrompe las instituciones públicas y bloquea la solución de los problemas más urgentes.

Arcand agrega que «el Imperio Americano es el que hoy por hoy lo gobierna todo; como gobernantes deben estar atentos y detener constantemente a las hordas que los amenazan». Cualquiera diría que se trata de una justificación de la política exterior de George W. Bush. Y sin embargo, no mucho antes, Arcand parecía estar criticando el predominio de esa potencia. ¿Qué postura ideológica tiñe entonces a este realizador?

En ningún momento este grupo de cínicos burgueses revisa la responsabilidad que le cabe en el actual estado de cosas. Por otra parte, resulta evidente que la decadencia señalada por el filme es la de un mundo que ya no reconoce ciertos valores que sustentaban la sociedad burguesa.

No debemos olvidar en este punto el estrecho lazo que une a la burguesía con el capitalismo. Por más que Rémy reniegue de su hijo, en ningún momento cuestiona los privilegios que el dinero le otorga: no sólo es capaz de elegir la mejor manera de sobrellevar su enfermedad apelando al consumo de sustancias ilegales, sino que también puede decidir su propia muerte. Sébastien, por su lado, es una especie de príncipe maquiavélico para quien los fines justifican los medios.

Al parecer, con su particular versión de la historia, Denys Arcand nos invita a identificarnos con estos adalides de la civilización. Toda una apología del cinismo y el cretinismo. Para no perdérsela e involucrarse en el debate que propone la historia. *

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