El tortuoso camino de un genio
Doblado por los dolores de estómago, dado vuelta en la abismal aceleración de sus realidades múltiples, el 5 de abril de 1994 el líder de Nirvana, Kurt Cobain, de 27 años, tomó un bolígrafo y garabateó sus últimas palabras dirigidas a su esposa Courtney Love y a su pequeña hija: «Lo siento, lo siento, lo siento. Estaré allí. Las protegeré. No sé a dónde iré, pero no puedo seguir aquí». Luego tomó una escopeta y disparó. Todo se apagó: su intensa vida, sus canciones como tajos, su progresivo desencanto con el entorno, los pinchazos de heroína con la que combatió -según sus propias palabras- una gastritis crónica. Vida loca, vida breve había escrito el compositor brasileño Cazuza como si hubiese pensado en él y en Cobain. Así cobró forma la leyenda del último, genuino icono frontalmente roquero.
I.-
Kurt Cobain fue un individuo básicamente metafísico. La idea de ser y estar, la noción de perseguir la belleza constantemente y no encontrarla en todos los casos, la convulsión de producir intensidad para comprobarse frente a un dios personalísimo, lo volvieron un personaje pesimista. Escribió canciones desgarradoramente bellas, entonces, desde un nihilismo que lo empezó a devorar desde su preadolescencia. Así que optó por correr para vivir y vivir para correr, como seguirá diciendo la máxima roquera.
Vivió demasiado. Tuvo el don de escribir la poesía más tremenda (en el sentido literal del término) de la década del noventa. Cada línea, cada verso escritor desde los bordes de la realidad, desde sus cornisas interiores, poseían (y poseen) un gesto claramente perturbador.
II.-
«Me gusta seguir la carrera de los artistas en sus inicios, cuando luchan por conseguir el éxito. Me gusta el punk. Me gustan las chicas con los ojos raros. Me gustan las drogas (pero ni mi cuerpo ni mi mente me permiten tomarlas). Me gusta la pasión. Me gustan las cosas bien hechas. Me gusta la inocencia. Me gusta la clase obrera y le estoy agradecido por permitir con su existencia que los artistas no tengan que trabajar en empleos de baja categoría», escribió Cobain en su diario privado.
III.-
Fue un ángel caído, el plus de la idea de carisma escénico, la repotenciación de la imagen sexual prototípica que precisaban los años noventa, el vocero generacional que traspasó paradójicamente varias generaciones de receptores. Cobain fue una especie de rara turbulencia que, desde Nirvana, el grupo en formato trío que integró junto a Chris Novoselic y Dave Grohl, que pateó el tablero de la modorra y la chatura.
Cada golpe de su mano zurda en las cuerdas suponía un aguijón en sus oyentes. Cada palabra dicha partía cabezas en la multitud que lo había elegido como un referente, como el azogue que refractaba lo que el resto no podía cantar ni escribir.
Tuvo el don de atravesar la piel y a la vez erizarla con una poética alumbradoramente oscura.
IV.-
«Me gusta nadar. Me gusta estar con mis amigos. Me gusta estar solo. Me gusta sentirme culpable por ser un macho blanco americano. Me encanta dormir. Me gusta llenarme la boca de pipas y escupirlas aquí y allá mientras camino. Me gusta provocar a los perros pequeños que ladran dentro de los coches estacionados. Me gusta hacer sentir a los demás felices y superiores ante mi presencia», escribió en su diario ese hombre-músico-poeta acantilado.
V.-
¿Puede sostenerse, a diez años de su muerte, la idea de asesinato? Ya no importa saberlo. Todo se diluye frente a la noción de perdurabilidad que permite a cualquiera seguir disfrutando de las canciones de Kurt Cobain. El propio padre de Courtney Love llegó a acusar públicamente de haber matado al compositor de «Semell like a spirit», pero Cobain ya hacía mucho tiempo que había ingresado en su punto de no retorno. El acorralamiento personal por vía del hastío, el poseer una calidad de mirada que pudo ver más allá de cualquier acontecimiento ordinario o cotidiano, volvió a Kurt Cobain cada más inamarrable, cada vez menos inaprehensible en su tránsito que tuvo la velocidad o el embalaje de alguien que no encajaba ya en los despliegues de la realidad. Es que la realidad se le había vuelto una obviedad y entonces quiso anticiparla. Y lo hizo. Pero no tuvo frenos ni afectivos ni emocionales.
Solamente estaban sus canciones cortando el aire y el aliento de sus fans. Solamente canciones y más canciones dichas con la maestría del que ya se intuía maldito y a la vez poundianamente solamente un rostro en el anonimato, que se supo príncipe y mendigo, celebridad e icono underground. No sé si a Cobain lo mataron o se mató, acaso porque esa oscilación solamente alimenta adjetivaciones áridas e inútiles. El asunto es que la cultura rock perdió a uno de sus compositores faro. En realidad, Cobain no resistió porque dejó de ver literalmente bello al mundo. Ni siquiera su hija fue suficiente para sacarlo de ese ataque de intenso fluir melancólico que lo redujo a un individuo confuso y tembloroso, a un hombre amurallado en sus miedos y miserias privadísimas.
VI.-
«Me gusta tener prejuicios contra la gente llena de prejuicios. Me gusta practicar incisiones en el vientre de los bebés para luego joder la herida abierta hasta que el niño muere. Me gusta el consuelo de saber que las mujeres son generalmente superiores y por naturaleza menos violentas que los hombres. Me gusta el consuelo de saber que las mujeres son el único futuro del rock and roll. Me gusta el consuelo de saber que los afroamericanos han sido la única raza que ha aportado un nuevo estilo de música original a esta década, el hip hop», escrito por Cobain en su diario privado.
VII.-
Kurt Cobain renovó la estructura de la cultura rock a partir del proyecto grunge de Nirvana. Esa revulsión extrema y esa medida del arrojo estético, esa medida del coraje escénico y esa artesanía frontalmente intuitiva le devolvió credibilidad a la corriente musical más importante de todos los tiempos. El rock tiene sus antes y sus después. Nirvana colocó una línea divisoria. Después surgieron clones para recordarnos que también algunas veces existe el olvido cuando se intenta copiar modelos artísticos.
VIII.-
«Me gusta la sinceridad. Carezco de sinceridad. Esto no son opiniones.
Esto no son palabras sabias, esto es una exoneración por mi falta de educación, por mi pérdida de inspiración, por mi desconcertante búsqueda de afecto y por la vergüenza instintiva que siento hacia muchos que tienen más o menos mi edad. Ni siquiera es un poema. Sólo es un montón de mierda. Como yo».
IX.-
No sé que sería de Cobain si estuviese vivo. No importa seguramente averiguarlo o al menos sospecharlo. Solamente sé que sus canciones me produjeron felicidad y también una desconcertante angustia, también el deseo fervoroso de salir a contradecirlo en su secuencia de certezas que están instaladas en sus memorables canciones y, al mismo tiempo, salir a justificarlo en cada uno de sus actos. Cobain se mató y su obra lo justifica más que sobradamente. Se fue. Se perdió en su nevermind porque seguramente su lógica de cambio no encajó en este mundo o en el mundo que el construyó y destruyó.
Se lo extraña, sí. Basta oír cualquiera de sus discos o escuchar al azar cualquiera de sus canciones para conmoverse. Tuvo el don de hechizar. Cantaba como destripándose por dentro y rasgaba su guitarra o el bajo como si fuese una declaración de guerra.
Después, mundo ancho y enajenado, voló. Ya era inalc
anzable, si pensamos a Cobain desde un lugar artístico. Fue un inalcanzable y fue un adelantado.
X.-
«Me siento como un cretino escribiendo sobre mí mismo como si fuera un icono semidivino del pop rock americano o un producto confeso de una rebelión de elaboración corporativista, pero es que he oído tantas historias y declaraciones de mis amigos disparatadamente exageradas y leído tantas interpretaciones freudianas mediocres y patéticas basadas en entrevistas que hablan de mí, desde mi infancia hasta el estado actual de mi personalidad y de mi fama de heroinómano perdido, alcohólico, autodestructivo, aunque abiertamente sensible y delicado, frágil, sosegado, narcoléptico, neurótico, un pobre diablo dispuesto en cualquier momento a meterse de sobredosis, tirarse de un techo, volarse la tapa de los sesos o las tres cosas a la vez. ¡Dios, no soporto el éxito! ¡Y me siento tan culpable!», escribió finalmente Cobain. *
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