Celebración de un maestro de la imagen
Que en noviembre de 2001 que el reconocido documentalista Gunnar Berdahl decidió reencontrarse una vez más con el inmenso cineasta y dramaturgo sueco Ingmar Bergman. Este documentalista nacido en Estocolmo, Suecia, ya había entablado una intensa relación con el creador de Gritos y susurros y Sonata otoñal, entre otras obras maestras, para fundar un primer documental durante el transcurso de 1997/98 al que denominó La voz de Bergman.
Pero el respeto intelectual y la admiración de Berdahl decidió el rodaje de un segundo documental que, ciertamente, completara la mirada alrededor de esa voz y de ese lenguaje artístico irrefutablemente mayor, como lo fue y será Ingmar Bergman. Es que el autor de El séptimo sello fue uno de los creadores fundamentales del siglo XX. Cuando el documentalista se reencontró con su viejo maestro, este último estaba preparando la puesta en escena -en el Teatro Dramático Real de la ciudad de Estocolomo- de la celebrada pieza teatral Espectros, un texto superlativo de Ibsen.
En ese momento, Ingmar Bergman estaba cumpliendo 84 años, pero su lucidez intelectual, su amplia capacidad reflexiva y su creatividad permanecían intactas. Un Bergman profundo y luminoso, de ideas incitantes y excitantes, provocadoras y profundas que fueron quedando fijadas por la cámara puntillosa de Berdahl.
De hecho, su actividad -pese a su edad- era múltiple. Escribía textos, recibía fans, se involucraba a tope en proyectos teatrales, y en su casa del Faro no cejaba en seguir desplegando su pasión y su amor por la cinematografía. Es como si el cine fuese su propio y su mejor espejo. De modo que Bergman proseguía visitando todos los largometrajes suecos imaginables en la propia sala de su residencia, y desde luego, hacía comentarios más que atractivos y valiosos. Por lo demás, incansable en aquellos bien puestos 84 años, el maestro sueco seguía estructurando guiones y hasta se atrevió a dirigir alguno en formato televisivo.
El encuentro de Berdahl con Ingmar Bergman, entonces, derivó en una extensísima conversación -que incluyó algunas interrupciones, intermedios y hasta sorpresas- mientras el cineasta y dramaturgo se explayaba a sus anchas y con irreprochable destreza intelectual sobre la actualidad y la historia del cine de su país, así como se ensimismaba en la obra del gran Strindberg y por proyección acerca de la magia que produce y producirá el teatro, la cercanía de la muerte -en la que tanto indagó-, el transcurrir del tiempo. Es cierto que si hay un personaje bergmaniano en ese mundo es precisamente Ingmar Bergman, y este documental absolutamente revelador, con la hechura de la hondura, fue rodado como parte del XXIII Festival de Cine de Gotemburgo, y cuyo estreno mundial ocurrió en el transcurso de dicho festival. *
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