Hitler ganó la guerra
La reescritura del relato de la peripecia de la humanidad está siempre a cargo de los investigadores, que van reconstruyendo nuestro pasado a partir de la materia prima aportada por documentos, testimonios y, en algunos casos, por su propia intuición.
Como se trata de un complejo proceso secuencial, la interpretación de la historia suele padecer en algunos casos graves errores, a menudo no imputables a la competencia o idoneidad de los eventuales pesquisantes.
Sin embargo, al margen de naturales falibilidades, existe otra categoría de especialistas que son los cronistas oficiales, a cuyo cargo está la recreación de los acontecimientos con una visión unívoca de la realidad.
Sin temor a ser redundantes, cuando abordamos temas de tan crucial trascendencia, solemos invocar al escritor británico George Orwell y su magistral novela de anticipación «1984», que, más de medio siglo después, parece conservar una sorprendente vigencia.
Inspirado quizás en algunas experiencias autoritarias de la época, el autor describe una sociedad masificada, en la que la voluntad individual era reemplazada por una entidad superior y toda voz disidente era sistemáticamente asfixiada.
Bien sabemos quienes hemos transitado durante largos años por este apasionante oficio de comunicar, que cualquier suceso para transformarse realmente en noticia debe ser ampliamente difundido. Recién cuando es documentado, en formato escrito o mediante cualquier otra técnica de registro, se incorpora definitivamente a la historia.
Contemporáneamente, aunque sea en términos relativos, la tecnología ha logrado que el acceso a la información se torne bastante más democrático que en el pasado.
Seguramente, el incendio que devastó la legendaria biblioteca de Alejandría, que fue quizás el más importante centro cultural de la antigüedad, borró definitivamente parte de la historia de la época.
La revolución informática, que suele ser identificada con una nueva era de la humanidad en materia de conocimiento, es un fenómeno sin dudas análogo a la irrupción de la imprenta.
Sin embargo, mientras el poder ejerza una suerte de oligopolio global sobre los medios de comunicación, no será suficiente con las nuevas herramientas tecnológicas disponibles para conocer la verdad.
Quizás jamás tendremos certezas acerca del número de víctimas originado por las sangrientas invasiones a Afganistán e Irak, porque ningún medio de prensa independiente fue autorizado por los agresores a registrar imágenes o practicar investigaciones de campo.
Sin embargo, las grandes cadenas internacionales transformaron los atentados a las Torres Gemelas en una suerte de tragedia griega.
Los acontecimientos descritos constituyen apenas dos meros testimonios del tratamiento ambivalente que se suele otorgar a la historia contemporánea, cuyo relato es despiadadamente manipulado por las grandes multinacionales de las comunicaciones.
En «Hitler ganó la guerra», el economista e investigador argentino Walter Graziano construye un descarnado retrato de la inmoralidad del poder global que gobierna nuestras vidas, aportando abundante información sobre acontecimientos cruciales: los aspectos oscuros de los atentados del 11 de setiembre de 2001, las guerras de agresión imperialista, el asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy, el escándalo de Watergate, las actividades encubiertas de la CIA y el FBI, los fraudes financieros y la operativa de las logias secretas.
El autor inicia su obra con una reveladora reflexión, denunciando que hace medio siglo en su «Teoría de los juegos», el Premio Nobel de Economía John Nash demolió las pautas del modelo individualista cerril preconizado por el padre del liberalismo Adam Smith. Sin embargo, la manipulación ejercida por el poder, impidió que la prédica de Nash y sus epígonos fuera universalizada.
Partiendo de la hipótesis que la ultraderecha que ejerce el poder entre bambalinas en Estados Unidos controla el sistema educativo y los claustros académicos, Graziano reflexiona también acerca de las teorías monetaristas de Milton Friedman, un «hijo» dilecto de la Universidad de Chicago, que fue coincidentemente fundada por la dinastía Rockefeller.
Los apólogos y alumnos de Adam Smith aspiraban a transformar a la economía en una ciencia dura como la física o la química, como estrategia para garantizar que la teoría proclamada fuera aceptada como una suerte de ley natural o verdad revelada.
Walter Graziano comienza a cerrar pacientemente el perverso círculo, cuando alude al oligopolio de la industria petrolera, a partir de la fundación de Standard Oil del clan Rockefeller, como cabeza de un vasto imperio económico con fuertes intereses y dominio sobre el sistema financiero mundial.
El escritor recuerda que los yacimientos de hidrocarburos se agotarán en 2010 en los Estados Unidos y aproximadamente en 2035 a nivel planetario, lo que ciertamente explica la premura por invadir Irak, que es el segundo productor más importante en el mundo.
El autor no soslaya denuncias a las pasadas alianzas entre el clan Bush y el hoy vicepresidente Dick Cheney, con el derrocado presidente iraquí Saddam Husseim.
Como se sabe, al igual que en este caso, en que la máquina mató al inventor, también la familia del magnate saudita Osama bin Laden recurrentemente acusado de actos terroristas tuvo estrechas relaciones con la familia Bush, que posee fuertes intereses en la industria petrolera.
Graziano plantea una hipótesis de trabajo de treinta puntos, mediante lo cual insinúa o virtualmente prueba, que los fatales atentados a las Torres Gemelas habrían sido urdidos por los servicios de inteligencia y el propio gobierno norteamericano. Los entretelones son realmente impactantes.
El autor denuncia que la invasión a Afganistán no está en directa relación con eventuales yacimientos de petróleo o gas natural, sino con la producción de opio, que fue prohibida por los hoy derrocados talibanes. El comercio de este alcaloide, del cual derivan otras drogas e importantes materias primas para la industria farmacéutica, es realmente controlado por la CIA.
Como se sabe, esta organización fue dirigida por George Bush (padre), que sigue conservando allí mucha influencia.
El ensayista afirma sus sospechas de que el progenitor del actual presidente fue protagonista del mayor fraude financiero de la historia moderna, en un banco que dirigía y que utilizaba para lavar dólares del narcotráfico y financiar operaciones encubiertas de inteligencia.
Revelando la conjunción de intereses públicos y privados, el escritor narra brevemente la historia del actual mandatario norteamericano, que pese a su alcoholismo y su bajo nivel cultural, logró ser electo dos veces como gobernador de Texas, siempre con el apoyo de su padre y un grupo de magnates petroleros de la derecha más recalcitrante.
Walter Graziano denuncia la eventual participación de Bush (padre), en la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, en Cuba, el nunca esclarecido asesinato del presidente demócrata John Kennedy, el escándalo de Watergate y la operación conocida como «Irán-contras».
También afirma, con el acopio de pruebas, que Prescott Sheldon Bush, abuelo del actual jefe de Estado norteamericano, participó en la financiación del régimen nazi en las décadas del treinta y el cuarenta, junto a un grupo de connotados fascistas.
El autor revela, con estupor, que existe una organización mundial ultraderechista, racista y perteneciente a logias secretas, que controla totalmente los sistemas financieros, la producción de armamentos, el petróleo, la industria farmacéutica y hasta la educación.
«Hitler ganó
la guerra» es un revelador y a la vez escalofriante testimonio, que denuncia las actividades encubiertas de los verdaderos dueños del mundo, cuyo propósito es instaurar un nuevo modelo imperialismo mediante la globalización planetaria.
Aporta, asimismo, abundante información acerca de las corporaciones, su influencia y manipulación de los grandes centros de poder y la soterrada resurrección de doctrinas neonazis y racistas.
Walter Graziano reinterpreta la historia contemporánea a partir de las contundentes señales de la realidad, afirmando con una mezcla de temor y perplejidad que las democracias son hoy apenas un mero espejismo, un mundo gobernado por el capital financiero internacional.
(Editorial Sudamericana)
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