Hoy se estrena "Un diván en Nueva York"

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La otra, una comedia más europea que norteamericana, con poco más de dos personajes –sin contar al perro– y tono gentil: Un diván en Nueva York.

Es un filme de Chantal Akerman, coproducido entre varias empresas y canales europeos, con un europeos en buena parte del elenco y los rubros técnicos. Pero sucede en su mayor parte en Nueva York y el dueño del mentado diván es William Hurt. La que lo usa, Juliette Binoche.

El es un famoso psicoanalista, de carácter cortado y obsesivo y tiene una clientela aún más obsesiva pero buena pagadora y un apartamento de 200 metros en la 5º Avenida frente al Central Park. Decide cambiar temporariamente su apartamento por el de una bailarina en París a quien no conoce. Resulta ser una pocilga, pero el hombre curiosea la vida de esa mujer que no conoce; lee sus cartas, analiza a sus numerosos amantes.

Del otro lado del Atlántico, el perro cura, las plantas florecen, los pacientes siguen acostándose en el diván, y la bailarina no tiene más remedio que escucharlos; además, pagan bien.

El analista se harta de París, vuelve, descubre la situación, se presenta en su casa y… «algo» lo desarma, y en lugar de acusar a la inquilina por ejercicio ilegal de la profesión, termina haciéndose pasar por paciente, rendido y enamorado.

Pasan, claro, varias cosas más, antes del beso final, pero a esa altura a nadie le importan. Akerman había hecho cosas más interesantes. Aquí, demuestra que no tiene mano para la comedia, aunque pretenda comparar este producto con los de los hermanos Marx.

Una historia, comedia o no, requiere que uno crea que las acciones de los personajes están motivadas. Aquí, para que a los guionistas les caminen las cosas hacia donde ellos quieren, los personajes en todo momento están haciendo lo contrario a lo que indica el sentido común y no notando ni relacionando las cosas más obvias que pasan a su alrededor. Ni hablar que todo el tiempo les entra gente a la casa sin que protesten.

El resultado es que ambos, la «alocada y fresca», bailarina y el «reservado y profundo» psicoanalista, parecen vivir medio distraídos. Ella nunca había oído hablar de Freud y él precisa un amigo que le haga ensayar varias veces la frase «Yo soy el doctor Henry Harrison», que finalmente no puede pronunciar.

Al final, los realizadores creen que pueden hacer cualquier cosa. No tienen que mostrarnos que Hurt es analista o Binoche bailarina, nos lo dicen. Nos dicen como son y de súbito, nos hacen creer que hubo amor a simple vista, sin molestarse en hacernos notar nada.

Y lo demás es rellenado con lugares comunes; un millón de ellos, de los más comunes, a los que no renuncian incluso si amenazan cambiar el tono de la narración.

Lo que falta, finalmente, para ser comedia, es humor. Hay, quizá, hasta cuatro chistes; pero no tan buenos para sostener los 98 minutos de vida que uno pasa ahí adentro.

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