Gladiador
Raúl Forlán Lamarque
Acompañan Richard Harris, Connie Nielsen, Joaquín Phoenix, Djimon Hounson, Derek Jacobi. Una extensa lista de celebridades convocó el brillante Rideley Scott (Los duelistas y Blade Runner) para instalarse en la Roma imperial de los últimos días de Marco Aurelio (un excepcional Richard Harris) y en la batalla final de sus legionarios al mando del general Máximo (Russell Crowe) contra «los bárbaros» en Germania.
Así da comienzo Gladiador (Gladiator): con un choque desangrante, arrollador, flagelador donde Scott vuelve a demostrar su destreza en el manejo de las masas, en el uso de ángulos y planos diversos para capturar esa sed de conquista que devora a los romanos.
Vencen, y el paisaje después de la batalla posee un tremendo impacto dramático, algo similar –evocativamente– a las escenas de masas de Henry V, de Kenneth Branagh pero con el sello de Scott en el montaje, en la iluminación y en ese refinamiento formal, meticuloso a que nos tiene acostumbrados desde Los duelistas, pasando por su obra mayor Blade Runner hasta, por qué no, Lluvia negra.
Pero lo cierto es que Gladiador, de formidables brillos formales, posee una anécdota previsible: al morir Marco Aurelio –asesinado por su propio hijo, el ahora César Cómodo–, el general Máximo parece condenado a la muerte ya que el nuevo y joven emperador (interpretado por el ascendente Joaquín Phoenix) necesita acumular poder para autogenerarse credibilidad ante el senado y el pueblo de Roma.
Marco Aurelio le había encargado al general Máximo poner las cosas en orden en una Roma plagada de excesos, corrupción y traiciones. Máximo salva su vida, pero culmina sus días como esclavo y gladiador de la troupe que maneja el personaje estupendamente encarnado por Oliver Reed (el filme está dedicado precisamente al actor británico, quien murió después del rodaje): Máximo es una silueta desgajada, veteada por la necesidad de venganza, ya que además asesinaron a su mujer e hijo y, por cierto, su idea es sobrevivir a todo para hacer justicia.
Todo el metraje de Gladiador, durante sus tres horas, posee una impronta épica y estructura narrativa lineal donde Scott hace de las suyas: el peso de los objetos que da mayor volumen y contundencia a cada cuadro y cada escena. El uso diverso de la iluminación para subrayar las luces y sombras del relato.
El espectacular uso del vestuario y la minuciosa reconstrucción de Roma con imponentes moquetas, incluyendo el Coliseo –donde la mayor parte del público se diseñó a través de programas computarizados soberbios– donde Máximo y sus gladiadores (entre ellos Djimon Hounson, el mismísimo del filme Amistad de Spielberg) arriban para comprarle a la turba sus capacidades de luchadores legendarios.
Hay una hermana del emperador, antiguo amor del general/gladiador, que buscará redimirse (Connie Nielsen); un senador que busca poner la casa en orden cueste lo que cueste por el bien popular (el excelente Derek Jacobi); y por supuesto allí está, entre la euforia y la culpa, ese nuevo César (Phoenix) que se está ganando a las multitudes otorgándoles literalmente pan y circo. Y no faltan, en efecto, las intrigas palaciegas, las conspiraciones por detrás de los tremendos duelos en la arena del Coliseo y un ‘happy end’ con halo trágico, sí, aunque Roma haya sido liberada del déspota de Cómodo.
Ridley Scott con Gladiador no llega a cerrar una historia mayor; pero hay momentos de alta intensidad, pulso en el desarrollo de la historia y esa caligrafía visual tan virtuosa que merecía una trama de mayor contenido. De igual modo, debe verse por el espléndido rendimiento actoral y por las imágenes fundadas por Scott que son, por momentos, deslumbrantes.
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