Memorias sanduceras de Weinberger
Un par de negocios emprendidos por el padre –uno de ellos de contrabando– terminaron con la estafa por parte de un socio que terminó rico en Montevideo. Los Weinberger chicos vestían solamente un pantaloncito en verano, se cortaban los pies descalzos con clavos tirados en los pajonales de la costa y «mataban» el tétanos «golpeando el pie largo rato con un listón» (¡Sic!, Pág. 38).
Unos pocos gansos criados para poder cumplir con el rito kosher (y para acolchados de plumón no inmunes a las chinches), huyeron volando cuando iban a abrevar a un lagunón cerca del puerto; ese puerto que Weinberger recuerda tan limpio que hasta canteros de flores tenía. Entretanto, se pescaba, se aprovechaba una vaca mientras duró y se contrabandeaba cebollas desde Concepción.
Las crecidas del Uruguay, que periodicamente sumergían el barrio de los pobres, se sobrellevaban colgando los muebles contra el techo y saliendo en bote a un hotel. Nunca provocaron que se faltara a la escuela a practicar caligrafía, y menos a la «escuelita judía».
Los niños, criados con total libertad, corrían riesgos que hoy al Weinberger de 70 años provocan escalofríos. Pero crecieron sanos. Hubo, sí, que emigrar a un conventillo de Concepción por un tiempo, donde el pequeño Luciano tuvo que dejar a su gato; volvieron a Paysandú, esta vez más al centro.
Weinberger nos deja en los alrededores de 1940. En una carta que sirve de prólogo, el actor y dramaturgo Humboldt Ribeiro confiesa que también quedó con ganas de saber más sobre los primeros años de la familia en Montevideo.
Por lo que sabemos, Luciano y su hermano Ismael –fallecido– se dedicaron al periodismo por unos 35 años. Sobre todo en «El Popular», por lo que los Weinberger tuvieron mucho para contar durante la dictadura. Luciano logró llegar a México, donde hoy reside con hijos y nietos y donde publicó el libro. Ismael pasó los mismos años en Libertad.
Ambos se reencontraron en «La Hora», el semanario «El Popular» y «La Hora Popular». El retiro y otros dolores dieron el impulso necesario para escribir estas memorias largamente prometidas a sí mismo.
Y el libro, compuesto por treinta y tres trozos breves, incluye referencias a personas ajenas a la familia: maestros, vecinos, un linyera popular que dormía en la casa, un granjero adulto que llegaba a la escuela en camión.
Luciano declara en el prólogo que no pretende hacer «literatura». Pero algunas de esas estampas son simplemente maravillosas. El autor recuerda la música que lo hizo correr a ver cómo colocaban la placa nombrando «Setembrino Pereda» a una calle vecina. Sesenta años después, caminando con sus hermanos, encuentra «a la luz de la luna y de un mortecino foco, el mismo que colgaba allí desde siempre, exactamente donde yo la recordaba, vimos la placa. Todos, y especialmente yo, quedamos impresionados, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Todo exactamente igual: la casa y su color gris amarillento».
Pero, nos enseña, el tiempo sí pasa. Luego se enteró que don Pereda fue discutido y una administración retiró la placa, que estuvo en depósito hasta que otro intendente la volvió a colocar.
Otro relato de tres párrafos comienza comentando que un catalán anunciaba la compra de «gatos a $ 0,20″. Sigue hablando de circos que también compraban gatos y, cuando creemos que de gatos va la cosa, termina: «En 1939 Barcelona cae en manos de Franco. El día que cayó el último reducto republicano, por la pequeña banderola de la casa del catalán se escuchaba el llanto inconsolable de aquel hombre del cual sólo conocía el cartelito de chapa galvanizada».
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