"El autor es el primer lector de su obra"
La cita es en la intersección de Rondeau y Paysandú, más precisamente en uno de los pocos boliches de antaño que aún sobreviven a aquel Montevideo. Unos pocos parroquianos beben en silencio recostados al mostrador. Los pocos transeúntes que se avizoran en los alrededores, denotan que es fin de semana, un sábado soleado de semana de carnaval. Cafés mediante, el ambiente se torna íntimo, propicio, para conversar de forma distendida con este escritor-abogado y viceversa.
–La reescritura ha sido una constante en tu obra. En La fragata de las máscaras el disparador es Benito Cereno de Melville. Lo mismo ocurre en Bernabé! Bernabe!, donde en contraposición a la historia oficial, se plantea que el genocidio fue por razones de Estado. La puerta de la misericordia, también plantea una relectura de Jesús de Nazareth.
–Te diría que también hay un mecanismo de reescritura en algunos cuentos de Trampas de barro, que están basados en algunos expedientes de un caso penal. Los pocos casos penales que conté con la autorización de los involucrados. No sé hasta qué punto hay una escritura plena. En mi caso, siempre necesito como tener un guión.
–Hay una frase muy sugestiva y un guiño al lector en el comienzo de La fragata de las máscaras. En la carta que Josefina Péguy le envía a Melville se puede leer: «¿Qué sentiría si alguien cometiera la tarea de retocarle la trama de alguna de sus novelas?»
–Me parece además que la vida real, sea escrita tal como fue por otro o que incluso esté elaborada, te permite tomarle el pulso a la realidad con la tranquilidad de que no estás interfiriendo en esa realidad. Poder observarla sin sentirte involucrado. Por eso es que tengo una marcada tendencia a reescribir. Por ejemplo, ahora estoy en tres proyectos de novela a la vez.
–¿Y cómo es eso?
–Lo asumo del mismo modo que cuando leemos dos o tres novelas a la vez y vamos cambiándolas en el orden de prioridades según nuestro estado de ánimo. Lo mismo ocurre con un abogado cuando pasa de un caso de pensión alimenticia, a uno de desalojo o a la defensa penal. No me hace mal estar trabajando en dos o tres cosas a la vez. Es como el pintor que está pintando un mural y necesita alejarse. Como escritor, necesito alejarme de la historia y leerla como lector. Tomo distancia del texto, escribiendo otro texto, y luego retomo el primero. Una de estas novelas en la que estoy trabajando es una historia absolutamente preestablecida. Se trata de las vidas convergentes de Berro y Flores y de sus muertes ocurridas en una misma tarde. Todo está determinado, lo que voy hacer es construir las fuerzas que desencadenan esas muertes el 19 de febrero de 1868.
Reescribir la Historia
–¿Y cómo es el proceso a la hora de esa reescritura? Vuelvo a La fragata de las máscaras ¿tenías un plan narrativo o de investigación? Me explico: partiste de la base de que el posible lector no había leído Benito Cereno o que sí lo conocía.
–Tuve esos problemas. La fragata la considero una novela cerrada por reformas (se ríe). A mí me gusta mucho hablar con lectores que no conozco, es algo que me encanta. Me invitan de un pueblo olvidado del interior del país y, sean cuatro o cinco personas, yo voy. Lo que aprendí ahí es incalculable. Esa interacción con el lector me sirve mucho. Me entero de las ideas que dieron en el blanco y de las que no. Para mí, el lector fundamental es el lector desconocido.
–Recuerdo que una entrevista que te hice para Cuadernos de Marcha, en ocasión de la publicación de La fragata me dijiste que leíste por primera vez el Benito Cereno en la playa, por recomendación de un amigo que te dijo que era un libro racista.
–(Sonríe) ¿Todavía te acordás? Lo leí en el verano de 1982, en La Floresta. Yo venía del impacto de Moby Dick y me parecía que eso no podía ser en un autor como Melville. La leí en una noche y la volví a releer porque el comienzo me pareció magistral. A raíz de esa acusación de racista, de la que hay vario materiales al respecto, decidí escribir un ensayo a favor. Finalmente, no me animé a hacerlo y preferí escribir un cuento que devino novela.
–Una novela en la que no sólo importan los partícipes de la acción, sino los lectores de la acción.
–Exacto. Me interesaba crear una estructura de cajas chinas, del fraile que le cuenta Bonpland pero que a su vez al fraile le había contado un negro y Bonpland le cuenta Josefina (se refiere al personaje de Josefina Péguy). Establecer como una serie de filtros de distintos colores. Claro que se complicó demasiado, para dar esas distintas subjetividades tenía que contar las historias de cada uno de los personajes. La fragata funciona como una novela que en el comienzo cuenta las vidas de los personajes para después contar la acción. Lo que es un retraso considerable en el abordaje de la novela. Otra de las cosas que obviamente no quise hacer, pero del contacto con los lectores surgió el hecho de que tiene que haber un resumen de Benito Cereno para que el lector que ya la conoce, si quiere, no la lea y eso está especificado en el prólogo. Y que el lector que no la ha leído, y quiera hacerlo, lea mi novela.
La ética de las máscaras
–Melville se vale de unos documentos escritos por un capitán de navío de fines del siglo XVIII, para narrar la historia de un motín en Benito Cereno. El capitán acude al auxilio de la nave que está a la deriva, cuando en realidad se trata de un amotinamiento. Es víctima de una gran mascarada. En tu novela planteás la ética de las máscaras desde posturas tan disímiles como la de Nietzsche y Montaigne.
–Exactamente. Concuerdo contigo con que hay una obsesión con el tema de las máscaras. El imprescindible rol de las máscaras…
–Nietzsche se sentía identificado con romper las máscaras que adoptamos socialmente, como forma de liberación, de salir de la prisión que ellas suponen. Montaigne, en cambio, señala que la discordancia entre máscara y personas deberíamos resolverla a favor de la máscara.
—La fragata tiene un epígrafe de Melville que, sin haber leído a Nietzsche, coincide con el concepto del filósofo.
–Si mal no recuerdo dice algo así como «todos los hombres visibles no son sino máscaras de cartón».
–Claro, en Melville hay frecuentes instituciones similares a las de Nietzsche.
–¿Y con cuál postura está de acuerdo, la de Nietzsche o la de Montaigne?
–Me quedo mucho más con Montaigne. Por dos razones hasta funcionales si se quiere. ¿Qué pasaría si los abogados le transmitiéramos a nuestros clientes la angustia que tenemos cuando estamos en una audiencia decisiva? ¿Qué pasaría si un cirujano nos transmitiera el estrés que tiene a la hora de operar? Hay máscaras que ponen la eficacia. Son máscaras necesarias y en el sentido ético que dice Montaigne ¿qué es peor? ¿La hipocresía que implica por lo menos la aceptación de valores valiosos o el nihilismo absoluto, dejando libres nuestros cerebros de mamíferos? No creo que la moral deba estar al servicio de los débiles, creo que debe estar al servicio del hombre.
Las varias vidas de Jesús
–Este mismo tema aparece en La puerta de la misericordia.
–Claro, aparece en el reproche de Jesús a los fariseos, lo que crea un conflicto con las autoridades religiosas de la época. Jesús vela por la integridad, la autenticidad de la experiencia religiosa, frente a los hábitos de la autoridades atenidas sólo a normas. Diría que esa tensión se
da en toda la Biblia, en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento.
–¿Y cómo conviven en de Mattos el escritor y el abogado? Para el imaginario colectivo son dos actividades incompatibles.
–(Sonríe) Doctor Jekill y Mr.. Hyde. Hay un doctor que es abogado, que trata de tener una vida respetable, muy enmascarada, -volvemos al rol de las máscaras y, por otro lado, está el escritor que lucha por tratar de ir develando una máscara tras otra, para liberar al prisionero. El tema está en que la libertad no es para irresponsabilidad, para la negación de valores. Por el contrario, es para realizarse más plenamente. El triángulo Montaigne, Nietzsche y Jesús, este último está con el filósofo alemán en cuanto a combatir la máscara para liberar el prisionero a una vida dionisíaca, que dé real sentido a los apolíneos, a la racionalidad que hay en el hombre.
–En tiempos de lectura rápida, embarcarse en una novela de mil once páginas como La puerta de la misericordia. supongo que debe haber sido una empresa titánica.
–(Se ríe) Hay un término que está dando a nivel mundial hace dos años, denominado new simplicity, que en los últimos tiempos también apareció en Uruguay. Me encantó el término simplicidad, porque me parece una negación de la literatura. Creo que en la literatura hay dos polos de contradicción: uno entre lo complejo y lo simple; y otro entre lo sencillo y lo complicado. Para mí, la opción del escritor debe ser en diagonal. No puede negar la complejidad de la vida y por lo tanto tiene que rehuir los enfoques simples, con un solo elemento, monocausales. Y tratar de ir restando todas las fuerzas que operan; saturar la visión de la realidad, pero por otro lado, lo que se debe buscar es la sencillez. Empezar sencillamente las cosas complejas. Dicen que uno escribe lo que quisiera leer. Yo creo que eso es rigurosamente cierto. El autor es el primer lector de su obra. El proyecto de una obra se sostiene en la medida en que al escritor le guste leerlo.
–En alguna oportunidad dijiste que la novela también se podía ver como una línea de fuga al lector.
–Claro; en definitiva si leer el Oyola de Roland Barthes, encontrás varios análisis que hace sobre él Teresa de Jesús. Es inevitable la tendencia a presentar los seres místicos como alucinaciones, como fenómenos que nos explicamos por expresiones de pulsiones interiores. Lo que en definitiva son patologías, desviaciones patológicas de la normalidad de la conducta. Creo que en el tema de Jesús se plantea eso mismo. Hubo una alucinación colectiva de un grupo de hombre que divinizaron a su líder o por el contrario, el propio líder, estaba de algún modo consciente de su divinidad. Y si estaba consciente de su divinidad tenía dos posibilidades: acertaba y en definitiva era Dios o era una ilusión.
–Pero tu Jesús desconoce su misión divina. En algún momento lo sospecha y, poco a poco, va tomando conciencia de que es el hijo de Dios. Ese proceso de conocimiento lo hace humano y vulnerable.
–El tema central, incluso dio lugar a planteos teológicos contrarios a la novela. Durante los primeros cinco siglos se debatió mucho el tema de la compatibilidad de la naturaleza humana y de la naturaleza divina. Finalmente, la Iglesia de aquellos tiempos terminó sosteniendo que Jesús era enteramente humano y enteramente divino. Entonces, como dice en la novela, cómo meter la ballena del Leviatán en una tina. ¿Cómo compatibilizar en una única conciencia histórica –estamos hablando del Jesús histórico–, la infinitud de Dios con la finitud humana? ¿Cómo introduce las certezas de Dios con lo que en el ser humano son incertidumbres? Creo que la pista que se puede sostener es que hay una conciencia humana de su divinidad. Una conciencia humana que parte obviamente desde lo finito, desde la duda, la ignorancia y la incapacidad de prever el futuro.
El tema es, como tú decías, según qué etapa de la vida de Jesús se tome, vas a ver una conciencia más o menos matizada o ya muy nítida de su vida. Hay como un itinerario, como un proceso de autorreconocimiento en él. Por eso seguí muy estrictamente los evangelios canónicos, fundamentalmente el de Juan. Hay una cantidad de acontecimientos en Jesús, en la vida de los evangelios, que están marcando hitos decisivos en la base de ese proceso.
El ejemplo más claro y nítido es la transfiguración. Si se toma literalmente esa transformación, donde se convierte en un cuerpo celestial, emisor de luz, que hace resplandecer hasta sus propias vestiduras, es como una comprobación objetiva del hecho. Más allá de que sea real o imaginado. Creo que es en ese momento de transfiguración donde Jesús alcanza la evidencia humana, la conciencia humana plena de su vida. *
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