Conjeturas sobre la desaparición
El 14 de diciembre de 1944 el mayor Glenn Miller viajó desde Bedford hasta París. Tres días después no hubo noticias del avión militar y el día 18 sus ocupantes fueron declarados oficialmente muertos. Entre las varias conjeturas que hasta hoy se rumorean, figuran:
1- Caída del avión por causa de la tempestad que asoló el Canal de la Mancha.
2- Sorpresivo ataque aéreo de un bombardero alemán.
3- Ataque por error de un avión de las fuerzas aliadas.
Oficialmente tampoco se encontró el aparato siniestrado. Sin embargo se sabe que en 1985 un submarinista británico encontró los restos de un avión frente a las costas francesas. Lo extraño es que no vio rastros de ningún cadáver.
Hay otras sugerencias. El doctor Ronald Taylor, amigo de Herb Miller, hermano menor de Glenn, averiguó que el trombonista padecía un tumor maligno en el pulmón derecho y estaba internado en un hospital militar londinense. Según le dijeron a Taylor otros médicos, Glenn no quiso que se supiera que iba a morir de esa triste manera y su última voluntad fue figurar como patriota fallecido en una acción bélica. Otra versión fue la publicada por LA REPUBLICA el 16-7-1997. Allí se supo que el periodista germano Udo Ulfkotte, especialista en los servicios secretos alemanes, encontró en los archivos la historia de que Miller habría muerto «de un paro cardíaco en un prostíbulo de París, en brazos de una prostituta». Esta revelación no habría caído bien en época pre-navideña por lo que «los servicios secretos recibieron la misión de inventar una historia de más estilo sobre su muerte».
Ninguna de esas suposiciones pudo ser verificada. Poco importa en realidad, porque los admiradores del famoso músico seguirán atesorando su idolatrado recuerdo a lo largo de los tiempos, gracias a los discos, las fotografías, los libros, las películas. La más famosa de éstas fue The Glenn Miller Story, estrenada aquí como «Música y Lágrimas», dirigida por Anthony Mann en 1954, con James Stewart en el papel protagónico y June Allyson actuando como su esposa Dorothy Burger.
Una ráfaga de aquel recuerdo pasó por Montevideo el 22 de junio de 1993, cuando el Cine Teatro Plaza presentó «La Gran Orquesta de Glenn Miller», dirigida en esa ocasión por el trombonista Larry O’Brien. Treinta clásicas composiciones se interpretaron, ajustadas milimétricamente a las partituras originales y copiadas nota por nota. Fue evidente que lo que menos importó en ese concierto fueron la espontaneidad, la improvisación, el espíritu jazzístico y el swing. Pocos días después un crítico señalaba: «A medio siglo del éxito comercial de un estilo terso y bailable, eminentemente ‘blanco’, destinado a la tarea de entretener grandes masas de público y que tomó del jazz afroamericano sus elementos más superficiales, el ‘sonido Miller’ parece cerrado en sí mismo y sin permitir el menor asomo de creatividad ni frescura en sus actuales seguidores». *
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