Vidas secas
Cuando una obra literaria retrata la cotidianidad humana sin eufemismos, suele transformarse en una suerte de legado cultural para las futuras generaciones, que -con el devenir del tiempo- se incorpora definitivamente al imaginario colectivo.
Esta obra, escrita en 1938 por el emblemático narrador brasileño Graciliano Ramos y reeditada en reiteradas oportunidades, comporta un elocuente cuadro de realismo sin concesiones, que soslaya el panfletarismo ingenuo que solía identificar a muchos productos de los años treinta y cuarenta.
El libro, integrado por relatos autónomos pero no por ello menos elocuentes, recoge artículos de prensa publicados por el autor a partir de 1937, que él mismo definió como «cuentos o capítulos de una novela».
Obviamente, su comentario no se refería concretamente a estilos literarios bien identificados por los lectores. Con esa aseveración, Graciliano Ramos pretendía insinuar que los relatos -aún siendo independientes- eran igualmente parte de una secuencia común integrada por vivencias individuales y colectivas.
En la obra de este paradigmático escritor brasileño fallecido hace ya más de medio siglo, aflora claramente la influencia de algunas experiencias espaciales y temporales propias.
En efecto, muchos recuerdos de su infancia transcurrida en el inhóspito nordeste brasileño, aparecen impresas en su literatura con el acento de un fuerte discurso pleno de sensibilidad y humanismo.
Entre los elementos ligados a la factura de este libro, el propio testimonio del creador corrobora que «Vidas secas» se llamó, originalmente, «El mundo cubierto de plumas».
Es claro que el aislamiento cultural y económico de millones de brasileños excluidos, que luchan por sobrevivir en un espacio físico y social hostil, es una directa consecuencia de la desigualdad social inherente a la historia misma del vecino país.
Más allá de personajes y situaciones, que mixturan la memoria autobiográfica con la ficción literaria, la obra retrata -con singular crudeza- los fuertes contrastes y polarizaciones de la sociedad brasileña de la época, tan multicultural como contradictoria.
Más allá que han transcurrido más de seis décadas desde la publicación de su primera edición, «Vidas secas» conserva la vigencia y la perdurabilidad que le otorga la persistencia histórica de muchas intolerables situaciones de desigualdad social.
El sistema patriarcal, la concentración de la riqueza en las oligarquías, el latifundio y el trabajo en un régimen cuasi esclavista integran el catálogo de calamidades sociales que afligían al Brasil de la época del autor. Muchas de esas rémoras conservan lamentablemente una rigurosa actualidad.
En esa encrucijada histórica plena de contradicciones, Graciliano Ramos actúa de forma comprometida, pero sin ceder a la tentación del discurso panfletario minimalista.
La presente traducción que llega a los lectores uruguayos, se ha esmerado en captar las sutilezas del discurso indirecto libre, que constituye una estrategia decisiva en la producción de significados de la narrativa global.
En ese contexto, existe una suerte de fatalismo que sitúa a los personajes de estas historias bajo el signo de la impotencia, no sólo en el caso de las víctimas de la injusticia social sino también en el caso de los eventuales victimarios.
Aunque la descripción de ambientes y personajes que traza Graciliano Ramos en estos relatos parecen sugerir un sesgo elocuentemente regionalista, las narraciones consiguen trascender ese rótulo, ya que no se procura lo exótico ni lo pintoresco.
El paisaje no es escenario, sino sustancia misma de la narración, captando siempre la visión dramática de un mundo opresivo.
Como otras obras que no en vano suelen ser catalogadas de clásicos, «Vidas secas» desafía y sobrevive al tiempo, porque captura en sus páginas todo el drama de la peripecia cotidiana de los excluidos.
En pleno siglo XXI, la persistencia de degradantes cuadros de pobreza en nuestra recurrentemente drenada América Latina, otorgan a este libro una renovada vigencia.
(Ediciones de la Banda Oriental)
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