El autoritarismo y la improductividad
Como otros acontecimientos no menos relevantes, los grandes partos transformadores son el resultado de las cuasi siempre inmutables relaciones de causa efecto.
Así se articularon –a través de los siglos– las pulsiones ideológicas que allanaron el inexorable tránsito del absolutismo a la democracia burguesa, la fundación de los estados nacionales y hasta el nacimiento de algunas aún vigentes utopías libertarias.
Sin embargo, esos persistentes sismos históricos no pudieron modificar la ancestral cultura de poder, firmemente internalizada y definitivamente registrada en los imaginarios colectivos de los pueblos.
Aun las tendencias más radicales admiten al poder como un mal necesario o quizás como una herramienta idónea para operar los cambios indispensables que permitan construir el anhelado proyecto social.
Desde tiempos inmemoriales, las sociedades se estructuraron sobre la base de diversas formas de autoridad, que si bien limitaban la libertad individual, garantizaban –en cambio– el orden, la seguridad y la protección de bienes y propiedades.
En el decurso de la historia, esas situaciones de sumisión a menudo consensual y voluntaria, experimentaron algunas transformaciones, aunque las semejanzas no sean meras coincidencias.
De las primigenias organizaciones tribales en las cuales el poder era unipersonal, se evolucionó –durante la antigüedad– a las primeras formas de monarquía.
La Edad Media –período en el cual el feudalismo atomizó esa arquitectura institucional arraigada durante siglos– devino en las culturas absolutistas, que se proyectaron incluso al Nuevo Mundo en tiempos de la conquista.
Es tan fuerte la tradición que aún hoy, en algunos países que se ufanan de su desarrollo y se arrogan el rango de paradigmas de la civilización occidental, existen las monarquías. Obviamente, la mayoría de ellas son meramente decorativas, ya que sus formas de gobierno son eminentemente republicanas.
La situación en Oriente Medio es radicalmente diferente, ya que muchas naciones –particularmente las grandes productoras de petróleo que gobiernan el mercado internacional de combustibles conservan reyes o monarcas que detentan poderes similares e incluso superiores a sus históricos antecesores.
Ese principio de autoridad, reiteradamente invocado por las dictaduras o los regímenes totalitarios, no es un mero patrimonio de los laicos. La religión, en efecto, también es una fuente de poder a menudo hasta más vigorosa y convocante, porque se origina en una presunta voluntad divina que excede a los mortales.
Como en otros tiempos en que los reyes y los sacerdotes constituían una sociedad de mutua conveniencia, también hoy el clero suele tener capital influencia sobre los gobiernos.
Ni nuestro Uruguay, de temprana secularización durante los tiempos del batllismo reformista, logró divorciarse definitivamente de la tutela y la ética impuesta por la Iglesia Católica.
En cierta medida, los sacerdotes y funcionarios eclesiásticos siguen hoy conservando su privilegiado statu quo de orientadores o guías espirituales, aunque muchas conductas de esta milenaria institución estén reñidas con la moral y las buenas costumbres.
Todas estas tradiciones son naturalmente herencias de los tiempos de la colonización, que se perpetuaron e incorporaron a nuestra identidad como nación.
La conquista de América, que tuvo la virtud de legar al Nuevo Mundo una lengua y una nueva cultura, también coadyuvó a cultivar la simiente de muchas de las rémoras que aún padecemos.
Es claro que ese proceso, que fue una aventura sangrienta aunque numerosos historiadores intenten ignorarlo o minimizarlo, parió despiadadas formas de autoritarismo que perduraron a través de los cinco siglos siguientes al descubrimiento.
En «El autoritarismo y la improductividad», el ensayista y docente universitario argentino José Ignacio García Hamilton procura decodificar las claves de la endémica situación de estancamiento y persistente postración de nuestro continente, la que atribuye a la reproducción de muchos modelos y ritualismos heredados de la época de la colonia.
Aunque algunos de sus enfoques son obviamente compartibles, otros componentes de su tesis no se sustentan con la misma firmeza, por la apelación a visiones algo maniqueístas de la historia.
Sin embargo, esta obra es igualmente un valioso material de análisis para investigadores y cientistas sociales, por cuanto propone una reflexión muy profunda en torno al origen de muchos de nuestros males. El autor sitúa su lupa sobre un conjunto de fenómenos de rigurosa contemporaneidad, que ameritan ser debatidos: el autoritarismo, el militarismo, el estatismo y la influencia de la Iglesia Católica.
En ese contexto, García Hamilton atribuye los orígenes del autoritarismo a la herencia de la tradición absolutista española. Al respecto, situándose en la escena moderna, plantea un conjunto de paralelismos y semejanzas entre Argentina y México, países que toma como referencias de una evolución común.
El ensayista apela a los ejemplos de verticalismo institucional representados por el PRI mexicano (Partido Revolucionario Institucional) y el militarismo argentino, para corroborar la persistencia de una cultura de poder firmemente arraigada en la idiosincrasia de los latinoamericanos.
Ensayando una minuciosa investigación histórica, el docente asume un itinerario retrospectivo rumbo a los tiempos de la conquista española, considerando que las denominadas encomiendas fueron aberraciones y prácticas de neofeudalismo y esclavitud encubierta bajo el ropaje de una supuesta legalidad.
El autor evoca la prédica y las denuncias de Fray Bartolomé de las Casas, los sojuzgados derechos de los aborígenes, la «evangelización» violenta, la inquisición compulsivamente importada al continente conquistado, el saqueo y la explotación.
Como antecedentes de corrupción, García Hamilton no soslaya la venta de cargos y jerarquías en la América colonial, perpetuadas hoy bajo la forma de estafa, vaciamiento y entreguismo de las soberanías nacionales.
El escritor enfatiza el componente autoritario de todos estos procesos, que tuvo su expresión contemporánea más grotesca en las dictaduras genocidas que asolaron a nuestra América durante las décadas de los sesenta y los setenta. En lo que atañe a su análisis en torno al estatismo, que a su juicio también sería una herencia de la metrópoli española, el enfoque amerita reparos. En efecto, no se puede atribuir el actual estancamiento económico a la protección de la soberanía contra el expansionismo global del capital financiero trasnacional.
El investigador dedica un abundante espacio a analizar minuciosamente el fenómeno del militarismo, en un enfoque que sería aún más compartible si denunciara la impune relación entre las «guerras sucias» y la injerencia del imperialismo en nuestros asuntos domésticos. José Ignacio García Hamilton considera que existe una moral latina ligada a la Iglesia Católica, que torna proclive a nuestro continente a las experiencias autoritarias. En cambio, pondera la presunta cultura democrática y republicana de los países de origen anglosajón y religión protestante.
Ese enfoque maniqueísta alimenta el disenso, en la medida que se pretende catalogar como modelo de democracia a emular –por ejemplo– a los Estados Unidos, pese a la endémica discriminación racial imperante y la persistencia de la pobreza en vastos sectores de la población.
Aún con reparos y reservas, por algunas tesis que a nuestro juicio no se compadecen con la realidad, «El autoritarismo y la improductividad» es un libro sin dudas valioso, por cuanto relanza un indispensabl
e debate en torno a algunos de los problemas más traumáticos que afectan a nuestra América latina.
El autor nutre su obra de abundante documentación y referencias históricas, procurando decodificar los orígenes del subdesarrollo,
el estancamiento y la violencia que durante siglos ha sacudido a nuestros balcanizado continente.
(Editorial Sudamericana)
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