Pink Floyd destruyendo la pared
Raúl Forlán Lamarque
Aún cuando la estupenda banda británica, hace dos décadas, venía sufriendo una crisis interna por el tono imperativo de su compositor, cantante y bajista Rogers Waters, no obstante el disco doble The Wall se había transformado en su mayor obra. El impacto musical y poético de la obra había sido demoledor.
Lo cierto es que Pink Floyd, conformado por David Gilmour (guitarras y voz), Rogers Waters (bajo y voz), Rick Wright (teclados) y Dae Mason (percusión) ya habían trepado a la gloria y a la perdurabilidad con títulos como los descomunales The Dark Side Of The Moon o Wish You Were Here que, de algún modo, ya anticipaban en la trama de canciones las obsesiones últimas de Rogers Waters. Animals, el disco posterior, potenció esa idea del compositor, aunque había un desvío de tono contestario hacia un planteo de sociedad que ciertamente evocaba al excelente texto orwelliano Rebelión en la granja.
Los días del Pink Floyd del brillantísimo Syd Barret habían quedado atrás: el guitarrista y compositor del primer tramo del proyecto pinkfloydiano se paralizó cuando las drogas casi acaban con él. Primero se dijo que había muerto de una sobredosis; en rigor, la humanidad de Barrett, un genio, fue a parar a una institución mental de la cual no ha salido y, por cierto, «Shine On You Crazy Diamond» del disco Wish Were Here estaba dedicada al verdadero fundador del sonido Pink Floyd.
The Wall, lanzado al filo de los ochenta, se trató de una obra complejísima no solamente en su estructura musical, sino también en su elaboración poética. El yo particular de Rogers Waters comandaba cada uno de los textos y, en consecuencia, la obra puede leerse prácticamente como una única canción: un personaje, Pink, una estrella del circo del rocanrol se ve doblegado por las drogas y a partir de ese momento su mente vuela buscando o fijando momentos determinantes de su vida: la muerte de su padre en la Segunda Guerra, la sensación de una madre sobreprotectora, la imagen de un profesor del high-scool altamente imperativo y de tono fascistoide, las infidelidades de su esposa, las groupies. Tremendo, sí.
El personaje culmina, en una fase psicótica, levantando una inmensa pared, la pared que da nombre a uno de los discos fundamentales de la historia del rock, a tal punto que el cineasta Alan Parker practicó una memorable versión de The Wall con el bueno del músico Bob Geldof cumpliendo el torturado rol de Pink Waters.
Para los conciertos del Earl’s Court se levantó un inmenso muro que se iba destruyendo a media que transcurría un intenso concierto en el que, además de los miembros originales del grupo, participaron Snowy White (guitarra), Andy Bowl (bajo), Andy Roberts (guitarra) y Peter Woods, John Joyce, Stan Farber, Jim Haas y Joe Chemay en coros.
Waters, después de registrar The Final Cut, el disco que siguió a The Wall, se mandó a mudar ya que los encontronazos con Gilmou volvió irrespirable la interna de la banda. En 1990 Waters, ya en solitario, repitió la historia aprovechando la caída del Muro de Berlín: esa versión de The Wall en vivo se pudo ver en Uruguay vía satélite en un concierto de aristas ambiciosas y grandilocuentes, masivo y festivo y con la intervención de músicos tan diversos como Joni Mitchell, Bryan Adams, Cindy Lauper, los Scorpions, Sinead O’Connor, Robbie Robertson, Van Morrison, entre otros.
El muro volvía a caer metafórica y literalmente, aunque hoy los alemanes del este no estén tan felices como en aquella oportunidad calificada de histórica.
Is Anybody Out There/The Wall Live reúne en dos compactos treinta canciones, incluyendo dos canciones que no fueron incluidas en el disco de estudio como «MC: Acmos» y «What Do We Do Now» (que había sido incluida por Alan Parker en el filme homónimo) y, por supuesto, todo el resto del material interpretado con un vigor y un refinamiento sorprendentes, en particular la emblemática «Another Brick On The Wall», u otros como «In The Flesh», «Comfortably Numb», «para un paquete de canciones realmente superlativas y que situaron a Pink Floyd en el escalón mayor de inspiración cancionística, aunque todavía muchos de sus fans siguen pregonando que su mejor disco sigue siendo The Dark Side Of The Moon. Dos obras maestras. Y esta tercera, pero en vivo. Imponente.
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