De amores otoñales

El tránsito de la comedia estadounidense no transcurre precisamente por la senda que quiere demarcar Nancy Meyers y su filme Alguien tiene que ceder, sino por otros títulos del calado de Locos por Mary o las películas de los hermanos Farrelly. Este un filme si se quiere simpático, pero se adosa a la receta de la comedia romántica acudiendo a todas las convenciones del género.

Si por momentos llega a ser disfrutable es, lisa y llanamente, porque Meyers tuvo el mérito de convocar a los sets a dos actores superlativos como Jack Nicholson y Diane Keaton, sus dos protagonistas, y a un elenco de renombre en los casos de Frances Mc Dormand (su hermana, y Keanu Reeves, (un médico enamorado de la Keaton) y a la ascendente y bellísima Amanda Peet.

No hay mucho más en esta trama de dos veteranos que se conocen en la casa de playa de ella, una escritora de cierto suceso. Para su sorpresa encuentra a su hija (Amanda Peet) con un sesentón mujeriego (el gran Jack Nicholson repitiendo ciertos tics de la formidable Las confesiones del Sr. Schmidt) que, de pronto, sufre una complicación cardíaca y, el médico, en un tris, lo manda a reposar. Y quien deberá cuidarlo será, justamente, el personaje encantador que compone Diane Keaton (una performance para tener muy en cuenta de cara a los premios Oscar): en rigor, aborrece a su paciente. Pero, de pronto, muy progresivamente todo el asunto irá cobrando otra contextura y otro sabor. Y habrá amor a los sesenta, pese a todo.

Keaton está fantástica y bellísima. Despliega humor e histeria, dudas y a la vez toma de decisiones. Nicholson hace de sí mismo. Talentea un rato para dejar felices a sus fanáticos, que ya son multitudes. Menor en sus resultados, aun puede verse. *

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