Aquellos utópicos veinte años después
Prácticamente dos décadas más tarde, los personajes que el canadiense Denys Arcand fundó en La decadencia del imperio americano reaparecen en la inminente Las invasiones bárbaras, aclamada en Cannes el año pasado y de próximo estreno capitalino. Más viejos, con el cinismo aggiornado por el transcurso del tiempo y la fineza de entonces, el mismo grupo de intelectuales decide un reencuentro particularísimo a partir de que uno de ellos padece de cáncer. Pero las discusiones se avivarán como en La decadencia del imperio americano y meditan sobre la actualidad política, sobre tópicos afectivos y sexuales del mundo que habían emprendido en 1986. El autor de la memorable Jesús de Montreal, admite que «quería escribir la historia de un tipo que se va a morir, y aunque sabía que no iba a ser una comedia, quería al menos hacerlo con una sonrisa: no hay nada más deprimente que la historia de una enfermedad. Así que seguí dándole vueltas y escribí varios borradores a lo largo de los años con personajes que iba inventando. Hasta que de golpe, pensé: ¿qué tal si la historia retoma los personajes de La decadencia y el que se está muriendo es Rémy? Obviamente, sus ex amantes y su esposa regresarían, y él tendría que lidiar con su hijo.
Cuando se le indaga acerca del porqué de la denominación Las invasiones bárbaras, Arcand no duda en ensubrayar: «Uno siempre es el bárbaro de alguien: los bárbaros son los demás. El término fue inventado por los griegos: ellos eran los civilizados, por supuesto, y los otros eran los bárbaros. Depende, por lo tanto, de en qué lado de la frontera se sienta uno. Y lo mismo ocurre en la vida privada. Rémy, el personaje enfermo, piensa que el bárbaro es su hijo. Si dice Ãste es el príncipe de los bárbaros es porque él es un intelectual, alguien que se crió entre libros, ideas, ideologías, y ha terminado teniendo este hijo que no sabe qué es una ideología, que no ha leído ni leerá un libro en su vida, que vive pegado a su computadora y su celular y que sólo quiere jugar a los videojuegos».
Mucha gente se sorprendió con las imágenes del 11 de setiembre que Arcand incluyó en Las invasiones bárbaras, y entonces comenta:.
«Mi argumento es que cuando ocurrieron los atentados yo estaba escribiendo el guión, y se me ocurrió que tenían que entrar porque los personajes del filme son historiadores. Cualquier historiador querría interpretar el 11 de setiembre, ponerlo en contexto, encontrarle un sentido. Así que tenía que estar. Y además tenía esa toma increíble que se ve en la película. Nadie la había visto fuera de Montreal, porque está sacada de una filmación de un arquitecto que ese día estaba en una reunión en el centro de Nueva York y tenía consigo una camarita digital. Es una toma terrorífica. Como no es alguien de los medios, el arquitecto no pensó hacer nada con ese material; simplemente volvió a Montreal y se lo mostró a un amigo, que le dijo que lo llevara a la televisión. Y lo emitieron en un programa de la televisión local».
Arcand reflexiona acerca de su obra, de los incidentes que lo han llevado a rodar películas conmovedoras: «Tuve dos profesores de historia que me influyeron enormemente. Grandes tipos. Pero uno se gradúa y nunca vuelve a ver a sus profesores. Así que me recibí, me convertí en cineasta y pensaba en ellos a menudo. Me habían dado mucho. Cuando decidí hacer La decadencia del imperio americano, uno de mis profesores llama a la oficina de producción y dice: ‘¿Qué pasa? ¿Está haciendo un filme sobre la decadencia del imperio americano? ¿Sabe de qué está hablando? Debería hablar conmigo antes de hacer nada. Dígale a Arcand que lo invito a almorzar’. Pensé que era una idea maravillosa, pero luego descarté el almuerzo, tuve algunos problemas y nunca contesté el llamado. Empecé a filmar. Tres días más tarde voy a rodar y me entero por la radio de que acaba de morir. Y después murió el segundo profesor, sin que yo volviera a hablarle jamás. Su viuda me llamó una semana más tarde. ‘¿Sabe lo importante que era usted para mi marido? Cada vez que estrenaba un filme o aparecía en televisión, él me decía lo buen estudiante que era usted y lo bueno que había sido enseñarle’, me dijo». Y entonces agrega Arcand: «Me sentí tan miserable, tan mal, que recordé esta situación cuando pensé en Rémy (el personaje) en el hospital. ¿Iría a verlo alguien de su clase? No. Y ni siquiera es porque no les importe: tienen 20 años, tienen que ir a bailar y hacer deportes, tienen sus novias. Entonces pensé: ¿qué es lo que lo haría más feliz? ¿Que lo visitaran sus alumnos? En la vida real jamás irían, así que ¿cómo meterlos ahí? Ya está: el hijo hará que vayan a ver a su padre».
Denys Arcand está de vuelta, y hay que celebrarlo. Intacto en su forma de elaborar esa escritura visual puntillosa en las ambientaciones, en el desarrollo de las escenas, en el uso de la fotografía y, especialmente, en la libertad y agudeza que siempre se ha tomado para gestar los parlamentos de los personajes. Y, desde luego, los personajes: intensos y bárbaros, desprejuiciados y filosos, cínicos y angusstiados, definitivamente utópicos y entrañables. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad