LIBROS

Nadie entiende nada

En ese contexto, el compromiso del escritor, más allá del mero pasatiempo o el indispensable ejercicio lúdico, es interpretar las expectativas e incluso responder a muchos de los grandes interrogantes del lector reflexivo.

Las diferencias, obviamente, residen en los lenguajes, los estilos, las formas expresivas y los abordajes, que siempre marcan los derroteros cardinales del discurso literario.

Sin embargo, es claro que el arte siempre representa temperamentos, pasiones e idiosincrasias, porque es  en definitiva  una impronta de identidades colectivas.

Independientemente del género seleccionado, en el relato, la poesía o el ensayo, la literatura puede ser histórica, romántica, política, erótica, trágica o cómica, porque todo ello integra los territorios de la cotidianidad humana.

Un autor, para cumplir cabalmente su misión de eminente comunicador de masas, siempre debe asumirse como un personaje más de la realidad.

En efecto, aun en la literatura de ficción químicamente pura, el creador es  inicialmente  un curioso observador. A ese conocimiento empírico sensorial le añade naturalmente la materia prima de la imaginación, que siempre es, sin dudas, un componente insoslayable.

Existe, asimismo, una recurrente ecuación de causalidad, que transforma involuntariamente a los escritores de todos los tiempos en protagonistas de una secuencial aventura común, en la medida que cada lectura representa un fragmento de conocimiento y ciertamente alimenta la inspiración.

La producción literaria es, a su vez, un cabal retrato de los tiempos históricos que transcurren, lo que corrobora el aserto de que la apelación a la realidad, de uno u otro modo, es casi siempre ineludible.

No en vano al caer la dictadura que asoló a nuestro Uruguay durante más de once años, proliferó la producción testimonial, destinada a denunciar las atrocidades cometidas durante ese oscuro período.

Esa tendencia, que creció naturalmente a partir de 1985, mantuvo un considerable auge durante los casi veinte años que siguieron a la denominada recuperación democrática.

Más allá de meras coyunturas históricas, hay estilos artísticos o narrativos que, por su elocuente singularidad, han mantenido siempre la misma vigencia y poder de convocatoria.

Un ejemplo muy concreto es ciertamente el humor, que suele recorrer todos los géneros y hasta derrotar los razonables malos humores que experimentamos la mayoría de los uruguayos.

Uno de los cultores de este arte fue, sin dudas, el inolvidable Julio César Castro, el inefable Juceca. Su reciente desaparición física, que obviamente aún nos duele, lo incorporó definitivamente a la selecta galería de los inmortales.

Julio César Castro, que fue y sin dudas sigue siendo un fragmento indispensable de nuestra cultura popular, inició su carrera a comienzos de la década del sesenta en radio El Espectador. En 1962, creó su inefable personaje Don Verídico, que integra la mejor antología del humor costumbrista de todos los tiempos.

Colaboró en diversas publicaciones escritas, nacionales y extranjeras: Ya, Misia Dura, Marcha, Opinar, El Popular, El Dedo y Guambia. La muerte lo sorprendió cuando coincidentemente era columnista de LA REPUBLICA, a cuyos lectores deleitaba todas las semanas con sus filosas e irónicas reflexiones.

Aunque con el seudónimo Juceca cultivó otras formas de humor, su gran personaje fue naturalmente Don Verídico, un arquetipo de narrador de cuentos del interior rural  ameno y a menudo delirante  que capturaba la esencia de nuestra identidad.

Su aporte al teatro como dramaturgo también fue importante: La última velada, Mishiadura al poder, El cuento perdido, Cien pájaros volando, entre otras recordadas obras.

También incursionó en la televisión y hasta en el cine, participando en el guión de la película argentina El muerto, sobre cuento de Jorge Luis Borges, y en el reciente filme uruguayo El viaje hacia el mar  adaptación de un texto de Juan José Morosoli  en el que ofició como coguionista y actor.

Nadie entienda nada, de reciente aparición en nuestro mercado editorial, es ciertamente el legado literario de Julio César Castro.

Este libro recopila una selección de textos, cartas, cuentos y hasta jocosos ensayos, que revelan la fina veta humorística y a la vez reflexiva del inolvidable artista uruguayo.

En esta obra sin dudas ineludible, Juceca no soslaya ningún tema de nuestra compartida cotidianidad, transitando la realidad, la ficción y hasta los territorios del surrealismo.

Su pluma casi nunca se aparta del trazo satírico, cuando aborda, por ejemplo, las peripecias de un paraguas que es un símbolo de protección contra las tempestades de la vida, la evocación de los guapos del novecientos, los «jeroglíficos» en las recetas de un médico, la lentitud como deporte nacional y el duelo como práctica de un mundo perimido.

Aunque los textos son casi todos independientes entre sí, el sarcasmo y la ironía, a menudo de sesgo tragicómico, recorre la obra en todo su desarrollo y extensión.

Hay un diario íntimo que registra minuciosamente el absurdo de las situaciones cotidianas, así como un disfrutable y a la vez desmelenado diálogo con psicoanalistas más locos que sus pacientes, que desnuda manías persecutorias y madres patológicamente sobreprotectoras.

El autor apela a todos los recursos creativos para divertir, divertirse y a la vez reflexionar con sus lectores. Incluso, pergeña varios presuntos comentarios de películas nacidas de su prolífica imaginación, que capturan y respetuosamente satirizan los habituales clichés de la crítica cinematográfica.

La obra transcurre entre cartas, cuentos, ensayos, diálogos, monólogos y soliloquios, que siempre constituyen una cómplice guiñada al lector inteligente y perceptivo.

Debajo de esa superficie de humor coloquial, subyace naturalmente la crítica social y política, cuando Juceca afirma que el gobierno mató la vagancia, porque los vagos, para ejercer su voluntaria inactividad, requieren que haya trabajo en abundancia.

El enjuiciamiento de conductas políticas aflora también en Un intruso en mi mesa, que es un diálogo con un loco demasiado cuerdo, que reflexiona sobre la imagen, la mentira y lo grotesco.

Nadie entiende nada, el cuento que identifica a este libro, es una fábula cohabitada por numerosos personajes reales, como Carlos Gardel, Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa y Jorge Luis Borges, entre otros mitos de la cultura rioplatense.

El autor no soslaya críticas a las devastadoras consecuencias de la guerra, cuando, en Vuelan aviones sobre Bagdad, fustiga despiadadamente a los que destruyen.

Uno de los relatos sin dudas más conmovedores es el que recuerda el regreso del exilio del líder nacionalista Wilson Ferreira Aldunate y la circense operación militar destinada a detenerlo, encarcelarlo e impedirle que participara en las elecciones de 1984.

Nadie entiende nada es una parodia literaria concebida con la intransferible impronta de Julio César Castro, uno de los autores más prolíficos y entrañables de nuestra cultura contemporánea.

El hoy desaparecido artista transita virtualmente todos los géneros, aunque obviamente privilegia la narración, poblando sus relatos de personajes a menudo absurdos, desmelenados e inefables.

Juceca transforma el humor en un arquitecto de reflexiones compartidas. Con un lenguaje osado pero a la vez coloquial que siempre interpreta el sentir colectivo, el legendario artista construye un universo intensamente costumbrista, que no soslaya la crítica mordaz ni el humor de trazo despiadadamente sardónico.

 

(Editorial Planeta)

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