El abrigo de la colmena
n algunos casos, la sociedad, que por la semántica del vocablo sugiere quizás una fuerte identificación de propósitos e intereses, suele transformarse en un despiadado territorio de confrontación.
Los conflictos -recurrentes desde el propio origen de la humanidad- suelen alimentarse y teñirse de connotaciones ideológicas, políticas, religiosas y naturalmente económicas.
Las guerras son un buen ejemplo de este aserto, corroborado -en el devenir el tiempo- por feroces contiendas por la posesión del territorio, los bienes y la conquista de privilegios.
Así ha sucedido desde las primeras organizaciones tribales, articuladas en base a un concepto de autoridad que, en muchos casos, deviene en autoritarismo.
Ese esquema vertical que sobrevivió al tiempo durante siglos hasta nuestros días, es el resultado de diversos procesos de elaboración histórica.
En algunos casos, la organización es el resultado del consenso mayoritario y, en otros, el previsible desenlace de enfrentamientos, en el que casi siempre triunfa -como es natural- el más poderoso.
Poco importa la razón cuando prevalece el criterio del más fuerte, que para aherrojar a su adversario, no duda en apelar a los más diversos procedimientos, por más deleznables que estos sean.
Más allá de nacionalismos y otros sentimientos no menos exacerbados por el discurso político que suelen inducir a cerrar filas y fronteras a todo lo exógeno o foráneo, la lucha de intereses de clase parece ser el origen de todos los conflictos que se dirimen en el ámbito cotidiano de la sociedad.
La materia primordial de elaboración de esas «guerras internas» suele estar casi siempre asociada a los intereses económicos, en la medida que las sectores que históricamente han detentado los privilegios aspiran a mantenerlos y legarlos a sus descendientes.
Aún en las democracias consideradas más paradigmáticas como lo es sin dudas la uruguaya, suele haber incluidos e excluidos.
Esta dicotomía fractura dramáticamente los consensos, atomiza voluntades y prepara el caldo de cultivo a la violencia, que, como es habitual, arrasa con todas las reglas de convivencia universalmente admitidas.
Así sucedió hace algo más de tres décadas en nuestro Uruguay, cuando una conspiración cívico militar tomó el poder por asalto, sepultando una rica tradición democrática que parecía invulnerable.
Lo que siguió al golpe de Estado materializado el 27 de junio de 1973 es historia conocida: torturas, asesinatos, persecución, proscripciones y exilio compulsivo, entre muchos otros traumas.
Aunque los tiempos del autoritarismo parecen haber quedado definitivamente cautivos en libros de historia y documentos, actualmente la sociedad uruguaya experimenta un nuevo desafío: restaurar plenamente la democracia mediante un pacto social sólido y maduro, que permita rescatar de la marginación a miles de uruguayos.
Aunque existen obviamente múltiples fuentes de disenso entre partidos políticos, sindicatos o corporaciones empresariales, hay un conjunto de reglas masivamente acatadas, que constituyen el sustento de un modelo de convivencia que mantiene inalterados algunos de sus rasgos más característicos.
Sin embargo, luego de la dictadura, se instaló en nuestra comunidad un fantasma tan o más temido que el autoritarismo que usurpó la soberanía popular en el pasado reciente: la impunidad.
La sanción de una ley que perdonó los crímenes cometidos durante el período más oscuro del país, lejos de restañar las heridas, instaló en nuestro país un sentimiento de rencor, sospecha y desconfianza.
Sin embargo, la impunidad no sólo es un privilegio de los uniformados que transformaron a nuestro Uruguay en un inmenso campo de concentración, sino también de numerosos civiles corruptos.
Los resultados de estas conductas desviadas fueron – por ejemplo- los vaciamientos de varias entidades bancarias privadas, que provocaron un agudo colapso hace casi dos años en nuestro sistema financiero.
Sin embargo, no todo se limita al ámbito político. Es claro que, internamente, nuestra sociedad -como otras- tiene sus propias reglas y convencionalismos.
Uno de esos conceptos está vinculado al aún persistente modelo machista, que suele admitir determinadas conductas en los hombres que le son vedadas generalmente a las mujeres.
Esa situación que afecta particularmente a las minorías, está asociada, por ejemplo, a los comportamientos sexuales, un fangoso territorio en el cual algunas conductas generan rechazo, marginación y censura. Otros de los cada vez más dramáticos estigmas sociales son la violencia doméstica, el abuso sexual contra niños y la desestructuración del núcleo familiar, tradicional pilar de nuestro hoy agonizante modelo de convivencia.
También en estos casos existe una suerte de impunidad, fruto de un siempre inconfeso instinto de supervivencia social y de la preservación de la familia, contra viento y marea.
El espíritu de colmena, que no es ciertamente un fenómeno exclusivamente uruguayo, suele amparar -casi sin proponérselo- algunas conductas realmente aberrantes y reñidas con la moral y las buenas costumbres.
Este statu quo aparentemente inmutable suele auspiciar situaciones dramáticas y a menudo hasta trágicas, que afectan particularmente a los sectores más vulnerables.
En «El abrigo de la colmena», el escritor uruguayo Ignacio Martínez osa rasgar el velo de complicidad e impunidad que oculta muchas miserias humanas, en una selección de testimonios novelados de desgarradora contundencia.
El autor es reconocido como un hombre fuertemente comprometido con la causa de los niños y los jóvenes, lo que ha condensado en parte de su ya profusa producción literaria.
Mixturando el testimonio con la novela, Ignacio Martínez acepta el desafío de ingresar en un territorio tan laberíntico como el de la violencia doméstica, imprimiendo a su obra un tono de aleccionante denuncia.
En este libro, el escritor reflexiona en torno a la indiferencia de la sociedad ante algunas de las más frecuentes aberraciones, identificando claramente a víctimas y victimarios.
Aunque los nombres mencionados en esta selección de relatos son naturalmente ficticios, las situaciones -casi todas ellas pesadillescas- son todas contundentemente reales.
Con lenguaje ponderado y soslayando todo eventual efectismo, el autor construye historias singularmente conmovedoras, a través de la recreación de las peripecias de cinco mujeres uruguayas y varios hijos menores de edad.
Partiendo de un juicio crítico que denuncia la responsabilidad de la sociedad al tolerar lo intolerable, Martínez representa a esos seres salvajemente ultrajados en pequeños dedos acusadores, que se alzan como sentencias contra la sordera de numerosos adultos.
En una suerte de prólogo y epílogo simultáneos, el escritor construye su discurso reivindicativo de los inalienables derechos de los niños y adolescentes, recurrentemente vulnerados por los adultos.
Los protagonistas reales de los removedores relatos contenidos en este libro son -obviamente- niños maltratados o violados, mujeres golpeadas y humilladas, hombres agresores, alcohólicos y psicópatas, jueces, burócratas, médicos, psiquiatras, docentes, visitadores sociales y policías.
Ignacio Martínez reconstruye pacientemente los casos, imprimiendo a su narración la adecuada tensión dramática, pero renunciando a todo propósito sensacionalista.
Por las páginas de este libro desfilan, por ejemplo, una madre con cuatro hijos golpeada brutalmente por su marido, una familia socavada por la violencia doméstica y un niño de apenas cuatro años que es sometido a a
busos sexuales por parte de su propio padre, muchos otros.
Cada cuadro descrito por el autor es una auténtica bofetada al rostro de la sociedad uruguaya, cuyas estructuras se resquebrajan bajo el demoledor peso de la realidad cotidiana.
El autor carga sus tintas contra la Justicia, a la que -sin inconvenientes generalizaciones- acusa de permisiva ante la crudeza de muchas situaciones estremecedoras.
Según el escritor, los jueces no suelen escuchar el clamor de los niños agredidos, con tal de reivindicar los derechos del hombre sobre sus hijos, aunque se trate de golpeadores, dementes o inmorales.
La instancia en el Parlamento, a donde acuden las mujeres agredidas, resulta singularmente esclarecedora. Allí, las denunciantes transforman sus pesadillas y las de sus pequeños vástagos en un tema político.
Abundan los ejemplos de responsabilidad judicial en muchas de las situaciones relatadas, como el caso de un burócrata psiquiatra cuyo diagnóstico propicia la prosecución de una situación de extrema violencia.
En muchas circunstancias, la víctima se transforma en victimario, en un ejercicio de perversa manipulación que revela la extrema indefensión de la mujer y la infancia en la sociedad uruguaya.
Es realmente conmovedora la crónica de una mujer desesperada, que se da de bruces contra la coraza de un juez insensible, que, pese a la contundencia de las pruebas, mantiene tenencias compartidas y visitas vigiladas contra la voluntad de los propios niños.
Recorriendo todo el espectro de eventuales situaciones de conflicto, el autor se refiere a los habituales problemas derivados de las nuevas parejas con hijos ajenos, narrando la ingrata experiencia de una pequeña niña.
También analiza el pacto de silencio entre dos hermanas, que se resisten a narrar el abuso sexual al cual son sometidas por parte de su padre, pese a que son interpeladas en sesiones de terapia psicológica.
Describe, asimismo, otros casos igualmente impactantes, como el de una mujer golpeada que aborta involuntariamente un feto de cinco meses, una historia de prepotencia y una violación en el medio rural, donde el autoritarismo suele ser más riguroso por la situación de particular indefensión de los más humildes.
Ignacio Martínez reconstruye las batallas judiciales por la tenencia de los niños, que culminan con sentencias que en pocas oportunidades se compadecen con los deseos de los pequeños.
Más allá de la narración de los casos -la mayoría de ellos dantescos- el escritor abre el debate a los especialistas en temas vinculados a la minoridad y los trastornos de conducta.
En tal sentido, reproduce explícitos coloquios entre dos psicólogas, tres maestras y un panel interdisciplionario acerca de los problemas de la sociedad y, en particular, de la minoridad.
En ese contexto, el escritor analiza la totalidad de los problemas desde diversas ópticas, como la influencia de una infancia dura en un futuro padre agresor, la persistencia de la cultura machista y la complicidad social e incluso familiar.
La conclusión parece ser que estas dramáticas situaciones cruzan horizontalmente a la sociedad, aunque -en muchos casos- los niveles socioculturales condiciones algunas conductas particulares.
Con lenguaje elocuente pero a la vez sobrio y ponderado, Ignacio Martínez reinstala un debate crucial en el corazón de la sociedad uruguaya, denunciando múltiples formas de violencia y degradación.
El autor mixtura la novela con el testimonio, para desnudar una realidad perversa y removedora, que debería convocar a una urgente reflexión por parte de las autoridades competentes.
Lejos de atribuir todas estas situaciones a negligencias legales, el investigador infiere que el meollo del asunto radica -básicamente- en la responsabilidad social, alimentada por persistentes convenciones y ritualismos.
«El abrigo de la colmena» es un documento impactante por su realismo y la crudeza de muchas de sus imágenes, que el autor alterna con reflexiones propias acerca de muchos de los flagelos que siguen lacerando el tejido social de nuestro cada vez más fracturado Uruguay. En tal sentido, pone bajo la lupa a los poderes públicos y a otras organizaciones competentes en materia de violencia, que tienen la obligación de actuar para restablecer la armónica convivencia.
Ignacio Martínez reivindica el clamor silencioso de niños, niñas y mujeres indefensas ante la prepotencia, que exigen ser respetados y amparados aunque sea en sus derechos ciudadanos más elementales.
(Editorial Fin de Siglo)
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