Boulevard Sarandí en el Stella D’Italia
Saraví y Schinca han revisado y actualizado Boulevard Sarandí, y el crítico, tras sus huellas, debe hacer lo mismo. El personaje excéntrico, dedicado a sorprender con epítetos y jaqués grises, el dandy apto sólo para los lugares comunes del periodismo literario, dejó su lugar, para nuestra sorpresa, a un hombre respetable e íntegro, aún en sus errores. La buscada elegancia fue atenuada con su declaración de anarquismo; su extravagancia se compensó con un sincero afán polémico y renovador; su enfrentamiento con la sociedad dejó ver cuánta piedad por la mujer había debajo de sus impertinencias; la obsesión erótica encontró una explicación plausible y filial; el arte de injuriar y los desplantes a lo Cyrano de Bergerac parecieron sólo una forma hoy olvidada, pero para nada muerta, de la literatura. No podemos menos de recordar a Armando Halty, que encarnó a Roberto de las Carreras en su versión original y a la eficaz dirección de Mario Morgan; pero sea por las diferencias entre este y aquel texto, sea por la distancia que existía entre el muy reservado Halty y el exhuberante de las Carreras, este «Boulevard Sarandí» es muy diferente del original y, digámoslo de una vez, más auténticamente dramático y, por sobre todo, poseedor de una más eficaz comunicación con el público.
Buena parte de los méritos de esta versión deben atribuirse a Humberto de Vargas. El actor superó de buenas a primeras algunas limitaciones vocales y cierta inseguridad al enfrentarse a todo un teatro de clásica arquitectura con un monólogo que no le da la menor tregua: no habían pasado treinta segundos del comienzo y ya de Vargas era el dueño del teatro. Lo ocupó de lado a lado y desde escenario hasta la última fila: pero no estamos diciendo sólo que bajó a la platea, con suficiencia, para ubicar acertadas preguntas a los espectadores de este 2004, sino que entre su porte, su voz y su mímica llenó el teatro. Se hizo oír, porque entró de lleno en el personaje; lo hizo comprender, porque aprendió a conocerlo y a quererlo; nos trasmitió, al fin, la delicada intimidad de una vida que hasta la noche del sábado nos había parecido rotundamente artificial y ajena.
La dirección de Saraví es la otra cara de este sorprendente regreso triunfal, con su inspirada relectura del texto, con el perfil feminista y genuinamente rebelde que muestra en Roberto de las Carreras. Hay, como en sus otros trabajos anteriores, un cuidado magistral del tiempo y el ritmo: no le encontramos un solo bache, un solo tiempo muerto, un resquicio para la siempre posible distracción del espectador. Es la de Saraví una lección sobre la tarea del director, que en buena parte es justificar la presentación actual de la obra y trazar una clara línea que una, no sólo la época que representa sino también la época en que se escribió la obra, con el mundo de hoy. Una grata sorpresa en muchos aspectos; y, sobre todo, una noche de buen teatro. *
BOULEVARD SARANDI, de Milton Schinca, con actuación de Humberto de Vargas. Ambientación y utilería de Julio Rey, vestuario de Carlos Boullosa, luces de Eduardo Guerrero, música de Jaurès Lamarque Pons, dirección de Juan Antonio Saraví. Estreno del 10 de enero, Teatro Stella d’Italia, sala 1.
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