El súbito ascenso de Juan Pedro Fabra
Sin importantes relaciones en el ambiente artístico sueco, ajeno a las influencias de críticos o políticos, simplemente asistido de su propio, mucho talento y un poco de suerte, Juan Pedro Fabra Guemberena ostenta una de las más fulgurantes carreras a nivel internacional. Se tuvo que exiliar con sus padres, empujado por la dictadura militar, a Suecia. Tenía siete años y se quedó cinco en un ambiente durísimo (el idioma, el clima, la cultura) y al volver en tiempos de recuperación democrática a Uruguay, estudió en el taller Dumas Oroño entre 1986 y 1988, donde obtuvo una base sólida para su posterior ingreso a la Academia Real de Artes Plásticas de Estocolmo cuando decidió regresar en 1997. Tenía una fuerte inclinación por la música y concretó un proyecto musical con los artistas Sara Lunden y Jacob Seneby (hasta ahora trabajaba en un boliche como DJ y en un restaurante, aunque desde el año pasado recibió una ayuda estatal para investigación).
El ingreso a la Academia no fue fácil El primer intento (el sistema sueco tiene cupos limitados de admisión, un máximo de 25 aspirantes elegidos por presentación de una carpeta de trabajo) no fue tenido en cuenta. Al año siguiente decidió intentarlo en cuatro academias de cuatro ciudades diferentes. Para su asombro, fue admitido en todas. Eligió, por supuesto, la de Estocolmo, donde reside. La formación duró cinco años y egresó con el nivel de Maestría en Arte. Recibió el Premio Nacional del concurso anual Ida Uman para artistas jóvenes en 1998 y eso lo incentivó aún más. Otro momento decisivo e impensado fue su participación en la Bienal de Venecia del año pasado. Durante la visita de Francesco Bolami a Estocolmo, su director, Juan Pedro cumplía sus obligaciones laborales y un amigo que lo encontró le advirtió de esa circunstancia. Ajeno a la personalidad de Bolami, recibió una llamada telefónica de la galería Bränström & Stene donde había dejado una carpeta de trabajos que, precisamente vio Bolami. Este, personalmente, le pidió visitar su casa para conversar y allí surgió la invitación a la Biennale. Una coincidencia asombrosa entre la idea estructurada para Venecia y la obra de Juan Pedro. A los 31 años, un uruguayo desconocido, accedía a un lugar de privilegio (en la rotonda inicial del pabellón italiano) en el máximo encuentro de arte contemporáneo internacional. La obra se llamó True Colours, un video presentado en cuatro monitores que había sido planificado para pantallas gigantes y que, por motivos técnicos (la rotonda no tenía instalación eléctrica) tuvo que modificar. La modestia de Juan Pedro aceptó la adversidad del momento pero igualmente pudo solucionar la instalación de la obra. La mayoría de los visitantes a la inauguración en el tórrido verano italiano, coincidió en que True Colours, una extrema sutileza y refinamiento cromático sobre las acciones del ejército sueco en los bosques, era una de las obras más reveladoras de la Biennale. Y esta página hizo la reseña en su oportunidad.
Pero no acabaría ahí el asombro. Además de las reseñas en importantes publicaciones internacionales (Art Monthly, entre otras) Juan Pedro fue invitado a realizar una muestra individual en la galería Bränston & Stene y otra en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo en 2004, una prestigiosa y exigente institución museística. Todavía, fue elegido entre las once jóvenes revelaciones de varios países para estar presente en la Feria de Arte de Basilea en junio, la mejor de todas. Suspendió todos los compromisos (incluso los de futuro inmediato, que lo abruman) y se concentra en esas participaciones.
Este reconocimiento a su talento, no lo marea, por cierto, aunque su temperamento reflexivo y prudente no dejará de saborear estos éxitos tan inesperados como justificados. Tiene motivos para hacerlo. *
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