Los papeles del señor Bach

El año pasado, el musicólogo germano estadounidense Christoph Wolff, anunció que había «descubierto» en Kiev el Archivo de la Academia de Canto de Berlín, que algunos consideraban perdido. Claro que un director kievita se apresuró a recordar que él solía interpretar esas partituras que estaban en una biblioteca pública.

Se trata de 5.170 manuscritos –sobre todo inéditos– que incluyen originales de la Pasión según San Mateo, las Suites francesas , un archivo de los antepasados de Bach y otro de sus hijos y compositores de la época.

La historia de la valoración de Bach está en la del destino de su archivo –o legado físico–. Aquí la extractamos de un artículo de Frieder Reininghaus aparecido en la revista alemana «Kulturchronik».

Viuda «mendicante»

Cuando el «Thomaskantor» Johann Sebastian Bach falleció en el año 1750 en Leipzig, no dejó valores materiales apreciables. Ganancias estimables, procedentes de la masa hereditaria del compositor, consistente sobre todo en obras, textos y producciones musicales, no habrían podido obtenerse incluso si la producción hubiera tenido un carácter más atractivo económicamente.

Porque en aquel entonces, sólo raras veces conservaban algunas pocas personas de la profesión musical, los manuscritos y textos impresos de sus predecesores, y ello era, por lo general, lo que llegaba casualmente a sus manos o lo que habían podido adquirir por un par de monedas.

Y a mediados del siglo XVIII, el arte del viejo Bach estaba totalmente fuera de moda: el gusto musical retozaba a la sazón en dirección a la época de la ‘Empfindsamkeit’ (sensibilidad) y al rococó. La viuda de Bach, Anna Magdalena, no pudo obtener ganancia alguna digna de mención de la parte de herencia –en instrumentos y manuscritos– que le había quedado, y murió como ‘Almosenfrau’ o mujer mendicante.

Los dos hijos que sobrevivieron del primer matrimonio habían recibido la mayor parte de la herencia musical. El hijo predilecto, Friedemann, hizo carrera como músico, en sus años juveniles, en la Corte de Dresden.

En Halle llegó incluso a conseguir el puesto de director musical, pero después se descarrió lamentablemente y acabó sus días desastrosamente en Berlín, aunque allí acudieron a él una vez más discípulos acaudalados (entre ellos Sara Levy, la tía-abuela de Félix Mendelssohn, y la princesa Anna Amalie, una hermana de Federico II). Como en aquel entonces no se conocían los derechos de autor ni había una clase social de los artistas, Friedemann Bach comenzó –apremiado por su penuria económica– a vender a precios irrisorios manuscritos del legado paterno. Una parte de éstos no ha podido ser hallada hasta el día de hoy.

Bastantes piezas llegaron a manos de su hermano Emanuel, que a la sazón vivía aún en Berlín, como músico profesional, y más tarde se trasladaría a Hamburgo. El supo, mucho mejor que su hermano mayor, adaptarse a los nuevos tiempos, y llevó una vida más sensata y ordenada.

Cuando murió, en 1788, su mujer y su hija costearon los gastos de su existencia mediante la venta de sus obras y de la colección de otros manuscritos de Bach que habían sido minuciosamente registrados en el «Catálogo del legado musical del difunto Maestro de Capilla Carl Philipp Emanuel Bach» (este registro debería estar contenido entre los documentos que son ahora nuevamente accesibles en Kiev).

Las colecciones

En una subasta pública llevada a cabo en el año 1790, el primer biógrafo de Bach, Nikolaus Forkel, se aseguró en Göttingen –lo mismo que el sucesor de Emanuel Bach en sus cargos oficiales, Christian Friedrich Scwenke– importantes obras de Johann Sebastian Bach. Otra parte de su legado fue adquirido por el organista de la Corte de Schwerin, Westphal, que más tarde vendería su colección al musicólogo Fétis en Bruselas. (Dicha colección se encuentra hoy, en parte, en el Conservatorio de Bruselas, y en parte también en la Real Biblioteca).

En 1804 falleció la hija de Emanuel Bach, Anna Carolina, en Hamburgo. Medio año después fue sacada a subasta la masa hereditaria restante –que era todavía de considerable valor–. El catálogo de la subasta incluía, entre los «manuscritos de J. S. Bach, nutridos rimeros con diversas músicas de iglesia», un «legajo con cantatas de Boda» y la Gran Misa Católica. Una parte importante de estas partituras fue adquirida por Georg Pölchau, que sería más adelante archivero de la «Zeltersche Singakademie» de Berlín, fundada en 1791, y que adquirió también la colección Schwenke.

El resto, todavía muy cuantioso, fue adquirido por Abraham Mendelssohn, un hijo del filósofo Moses Mendelssohn, que a la sazón era banquero en Hamburgo, y que hizo donación del mismo a la Sing-Akademie de Berlín.

El original de la Suite para orquesta en Re mayor se hallaba en este legajo, lo mismo que la Kaffee Kantate (Cantata del café) y la Ratswahl Kantate, así como una docena de las cantatas religiosas más conocidas.

«Vuestra merced, dilecto amigo, se ha hecho acreedor a una grande y larga gratitud por los magníficos tesoros que la Academia de canto guardará en honor vuestro». Con estas palabras agradeció Zelter, el año 1811, al mecenas, y le estimuló «a salvar todavía algunas cosas, especialmente las Passionsmusiken de Seb Bach, de las que no se cuenta una sola, y las Misas Latinas. Ellas son, en realidad, sus piezas más excelentes».

¡Ciertamente captado! Cuando, bajo su égida, el hijo de Abraham Mendelssohn, Félix, que contaba a la sazón veinte años, dirigió nuevamente la Pasión según San Mateo, por primera vez desde su estreno absoluto en Leipzig, la valiosa partitura había sido proporcionada por Abraham Mendelssohn. En 1832 estalló un conflicto en torno a los manuscritos de Bach, que llegaron a través de él a la Sing-Akademie, entre los herederos legales de Zelter, que había guardado en su domicilio una parte de los manuscritos, y la Academia.

Sólo después de enfrentamientos judiciales y de peticiones dirigidas al Rey, pudo llegarse a una avenencia, y los manuscritos retornaron a la Sing-Akademie mediante el pago de 1.000 táleros.

Las piezas más selectas de la colección habían ganado entretanto en valor en el mercado. En el año 1836, tras del fallecimiento del bibliotecario Poelchau, el director de la Sing-Akademie, Grell, las ofreció al ministro de Cultura de Prusia por un precio de 1.500 táleros. En 1854, los presidentes de la Academia y del Estado se pusieron de acuerdo sobre un precio de 1.400 táleros por 159 manuscritos y piezas impresas de Johann Sebastian Bach.

La mayor parte de la herencia dejada antaño por Carl Philipp Emanuel siguió siendo custodiada en el desván del edificio de la Academia. Hasta el año 1943 descansó allí prácticamente ignorada (y apenas estudiada y analizada científicamente), en el centro mismo de Berlín. Después, y para salvarlo de los ataques aéreos, este archivo fue trasladado al Palacio de Ullersdorf, cerca de Breslau. Allí fue incautado por soldados soviéticos en la primavera de 1945, transportado en dirección Este y escondido.

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