Las coincidencias del azar
El preestreno de Magnolia en el Festival de la Crítica es verdaderamente un acontecimiento: «Magnolia», del genio de Paul Thomas Anderson es de esos filmes revulsivos que dejan literalmente temblando. Historias de coincidencias, de desolaciones, de perdonar y perdonarse a sí mismo con una estructura coral y un elenco extraordinario.
Hay una sobredosis de talento en Paul Thomas Anderson, un cineasta que fácilmente hace olvidar a Quentin Tarantino, por ejemplo, y sin ofender.
Acaso porque tanto en Boogie Nights (otra belleza de filme que logró una candidatura al Oscar a mejor guión original) como en Magnolia (Oso de Oro en Berlín y tres candidaturas al Oscar) la idea de modernidad metropolitana con sus ahogos, sus combustiones, sus fracturas y desolaciones, su idea de ‘final out’ (dos de los personajes centrales, por coincidencia, están muriéndose de cáncer) y sus causas y azares con sus puntos de no retorno y sus puntos de encuentro entre las criaturas, poseen un despliegue abrumador luego de tres horas de metraje y de tantos ‘rushes’ emocionales. Hay una suerte de hondura en este largo que entrecruza historias: un hombre que agoniza (excepcional Jason Robards) a su santo enfermero (el increíble Philip Seymour Hoffman) le encarga que ubique a su hijo, último deseo de ese productor de tevé; el hijo es un performer que está en el podio con su show «Seduce y Destruye» en el cual vocifera malas palabras dentro de monólogos de una constitución misógina (ese es Tom Cruise en la mejor labor de su trayectoria actoral).
Otro individuo encarnado por el venerable Philip Baker Hall, conductor de un ‘quiz-show’, también está en frase de cuenta regresiva por otro tipo de cáncer al que está padeciendo Robards, y cuya misión ya no es el éxito de un segmento televisivo de preguntas y respuestas, sino recuperar por la vía del perdón a su hija (Melora Walters), un ángel titubeante, amurallado, cocainómana con su autoestima por los sótanos del alma humana.
William H. Macy, es un ex niño prodigio de la televisión que actualmente persigue esa silueta calurosa que le provoque algo mejor que la palmada piadosa y algo más que esa sensación de vida errática y perdida en las nieblas de sus incertidumbres. La diosa Julianne Moore es la esposa infiel de Jason Robans que ya no se tolera a sí misma por sus infidelidades y que también busca el perdón de su esposo, pero que al no poder perdonarse a sí misma estaciona en un parking desolado e intenta cometer suicidio con un cóctel de pastillas.
Finalmente el gran John C. Reilly es el agente de policía que, sin dejar de ser otro desangelado, es un individuo del que emana humanidad y transparencia y que se enamora de la chica cocainómana.
Semejante fresco en movimiento sobre las conductas y sus efectos letales viene a ser Magnolia en su escritura visual. Seres dañados por el roce de la cotidianidad; por el impacto de sus propios desbordes o ajenos, ya no importan de aquí en más las consecuencias.
Seres dañados que desde su propia reclusión individual, de su yo particular perturbante y perturbador buscan redimirse. Seres accidentados en posición límite: a dos de ellos les espera la muerte; al resto esa sensación de que todo trastorno subrayado por un evento crucial llega a cambiar las reglas del azar y del sentido de la causalidad.
Eso es Magnolia que posee un final bíblico: historias dentro de historias que se prestan sus acentuaciones, sus gestualidades, sus acústicos y sus puntos suspensivos, mientras en la mejor escena del cine de los noventa una canción de Aimée Mann –una de esas baladas rotas que perforan el alma– une las voces de todos los personajes a medida que la cámara los registra en su hábitat en una suerte de cántico apaciguador, «porque como un rayo de rueda, todo va y viene». Con un guión filoso, una técnica deslumbrante, plena de creatividad y operística en el manejo de los personajes esta obra maestra que viene a ser Magnolia respira honestidad a torrentes. Una belleza, sinceramente.
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