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Los inmortales

Es que el heroísmo es sinónimo de valores morales e insobornables conductas éticas, que se transmiten de generación en generación más allá de eventuales denuestos y leyendas negras.

Como es razonable, nuestro Uruguay tiene sus propios íconos, asociados recurrentemente al proceso fundacional o refundacional del país, según las circunstancias históricas.

Ni la investigación, por más rigurosa que sea, logra evitar que la mención de algunos nombres emblemáticos despierte exacerbadas pasiones y renovadas controversias.

Esta situación corrobora que  en cierta medida  ningún tema del pasado está definitivamente saldado, hasta que la colectividad alcanza los indispensables consensos.

Hoy, muchos analistas y politólogos afirman que la sociedad uruguaya está ideológicamente polarizada y fracturada entre dos proyectos de país antagónicos e irreconciliables.

Esa tesis, que está corroborada por la realidad cotidiana, tuvo una expresión contundente el pasado 7 de diciembre, cuando la abrumadora mayoría de los uruguayos  en la soledad reflexiva de las urnas  derogó la ley de asociación de Ancap con privados.

Sería muy simplista deducir que la consulta fue una sinopsis de lo que sucederá el octubre del año próximo, al celebrarse las elecciones destinadas a renovar la totalidad de los cargos electivos de gobierno.

Más allá de inoportunos triunfalismos, no parece atinado asumir una lectura irresponsable de la conducta de los electores, anticipando una victoria de las fuerzas progresistas en la primera vuelta.

Sin embargo, aunque pueda presumirse que nuestro país se encamina hacia un gobierno de izquierda, se requiere seguir luchando en todos los frentes para concienciar a la población acerca del proyecto de cambio que se pregona y se propone aplicar.

La conclusión más importante del referéndum de diciembre, que quedará registrado en la historia contemporánea como uno de los grandes hitos en defensa de la soberanía nacional, es que la mayoría de la ciudadanía ya no comulga con el modelo de país impuesto por los últimos gobiernos de posdictadura.

Sería un razonamiento muy baladí atribuir el rechazo a la polémica ley al denominado «voto bronca» o «voto castigo». Si bien es innegable que hubo un componente de frustración de miles de uruguayos decepcionados, la mayoría seguramente han asumido que se requiere profundas transformaciones, a los efectos de revertir la dramática situación que padecen vastos sectores de nuestra sociedad.

Demostrando su recurrente miopía intelectual, los teóricos de la tesis oficial prefieren interpretar que la derrota electoral fue la consecuencia de la falta de información o de presuntas estrategias engañosas.

Sin embargo, más allá del mero contenido de la demolida ley, el discurso de los promotores de la derogación estaba sustentado en un argumento ideológicamente plausible: la preservación de nuestro patrimonio como motor de la reactivación económica.

La votación marcó la estrepitosa caída de la credibilidad de los dos denominados partidos tradicionales, viejas colectividades que dominaron durante más de un siglo la escena política del país.

Esclerosadas por el tiempo y sin un recambio generacional a la vista, ambas fuerzas políticas padecen actualmente una aguda crisis de identidad, que se traduce en un radical divorcio con los principios rectores y los valores predicados por sus fundadores.

Aunque sus voceros insistan en agitar las mismas banderas del pasado, nadie  ni siquiera sus propios votantes  asumen cabalmente que esos partidos políticos, que han compartido una coalición de supervivencia durante los últimos nueve años, siguen inspirados en los valores éticos de sus próceres y prohombres.

Hace un siglo, José Batlle y Ordóñez, reformador del Partido Colorado, y el caudillo blanco Aparicio Saravia, protagonizaron un duelo militar e ideológico sin cuartel.

Como ahora, también por entonces estaban confrontados dos modelos de país, que se dirimían en el campo de batalla, regado por la sangre generosa de idealistas de ambos bandos.

La historia es conocida: tras la trágica muerte del legendario caudillo nacionalista, Batlle inició la fundación del denominado Uruguay moderno, que fue continuada por sus epígonos.

Ese paradigma, que luego fue conocido como la Suiza de América, comenzó a desmoronarse en la década del cincuenta, cuando nuestro Uruguay ingresó en un acelerado proceso de descomposición.

Sin embargo, esa bala que acabó hace casi cien años con la vida de luchador de poncho blanco y sombrero que solía encabezar a su leal ejército en plena línea de fuego, no sepultó ni la leyenda ni el legado ideológico del luchador.

Otro tanto sucedió cuando acaeció la desaparición física de José Batlle y Ordóñez, cuyo nombre e ideas son invocados en pleno siglo XX por propios y extraños, porque están asociados a una concepción de país próspero y vanguardista.

En «Los inmortales», el escritor uruguayo Hugo Burel construye una ficción de trazo simbólico, a partir de las figuras del fundador del reformismo contemporáneo y el indomeñable caudillo blanco que cayó en Masoller.

Desde la primera página, el lector asume que Burel no se propuso escribir un libro de historia, sino dramatizar literariamente los últimos momentos de ambos personajes.

Sin embargo, el relato  pese a estar impregnado de ficción  recupera la grandeza de ambos líderes y la controversia que rodeó a su conflictiva relación.

En la introducción de esta novela, el escritor compatriota traza el perfil de Batlle y Saravia, enfatizando claramente todas las discrepancias y antagonismos que en vida los transformaron en irreconciliables enemigos.

José Batlle y Ordóñez fue el racionalista y reformista que concibió a un Uruguay diferente, moderno e integrado a la comunidad internacional. Para el logro de ese propósito, el dos veces presidente de la República no escatimó medios ni estrategias.

De la pluma de Burel aflora un Aparicio de aureola legendaria, un inclaudicable guerrero que jamás renunció a su ética insobornable y entregó su propia vida por la defensa de sus más íntimas convicciones.

En la visión del autor, hay un ejercicio de valoración de ambos caudillos, a los que considera  en el acierto o en el error  como dos hombres de principios innegociables.

Batlle y Aparicio se enfrentaron hace un siglo, en el último episodio de las luchas fratricidas que caracterizaron a un Uruguay indómito, un país aún embrionario pero dotado un inapreciable capital humano.

Ambos encabezaron sendos gobiernos paralelos  uno en la capital y otro en el Interior  que representaban diferentes estilos e ideales, pero que seguramente compartían una idéntica pasión por la libertad.

Actualmente, muchos de esos valores intrínsecos a nuestra condición de uruguayos, están seriamente jaqueados por la mentira, el engaño y la política menor.

La novela, que en el decurso del relato apunta a generar un encuentro entre ambos líderes que en realidad jamás sucedió, se inicia en setiembre de 1904, en el momento en que el caudillo nacionalista fue alcanzado por la bala que segó su vida.

La pluma de Burel se interna en los laberintos de la tragedia, para describir a un Saravia situado en los umbrales de la muerte. Sin embargo, pese a ese plomo que le quema las laceradas carnes, el luchador se mantiene inicialmente erguido para no desmoralizar a sus tropas.

El escritor diseña un cuadro de singular elocuencia y realismo, cuando narra la terrible agonía del guerrero herido
. A medida que las imágenes se van diluyendo y la oscuridad se apropia de su campo visual, el pasado comienza a fluir vertiginosamente como si se tratara de una caudalosa catarata.

Montevideo, a la que sólo conoció en su infancia, es un mero espacio huérfano en su memoria, que está reservada a las praderas, los montes, las sierras y los cielos abiertos, todo lo que siempre amó entrañablemente. Esa era la geografía salvaje que cobijó sus utopías de libertad y emancipación.

En medio del insondable abismo de la muerte que se avecina, el personaje percibe sonidos dispersos e indiscernibles, evoca los pasionales sueños de su juventud, los cálidos soles, los baños placenteros en ríos y arroyos, las hazañas militares, las batallas ganadas y perdidas.

Hugo Burel lanza a la escena literaria a los liderazgos casi místicos y a los gauchos harapientos que escribieron páginas de gloria con su sangre, en tórridas praderas subtropicales o gélidos paisajes desolados.

Derrumbado sobre una cama, el general de mil batallas se aferra a sus últimos espasmos de vida, sólo poblados por sus recuerdos.

El autor construye dos escenarios espaciales paralelos: el real, de agonía sudor y sangre, y el onírico, que recupera la gloria del caudillo que marcha al frente de sus tropas, exponiendo  como siempre  toda su humanidad a las balas del enemigo.

Burel construye una metáfora en torno al caballo, símbolo de poder, de libertad y furia endomeñable, en un medio rural enfrentado a la moderna tecnología del ferrocarril.

Miles de rostros se cruzan por el afiebrado cerebro del guerrillero, que reconoce a algunos de sus fieles guerreros cabalgando imaginariamente a su lado. Ellos claman por conocer el mar, que simboliza la conquista de la capital o la demolición del mediterráneo enclaustramiento histórico de los habitantes de la campaña.

El novelista modifica las coordenadas del tiempo y el espacio, para situarse en octubre de 1929. En la cama de un hospital, yace la voluminosa humanidad de José Batlle y Ordóñez.

También para él la gloria es mero pasado, ya que está transitando los últimos tramos de su vida. Al igual que Aparicio, se acerca a la inmortalidad.

Hoy afronta la misma experiencia terminal de su acérrimo enemigo y su sueño está poblado no sólo de recuerdos, sino también de visiones, de imágenes que nunca percibió en vida y de irreverentes fantasmas que acompañan sus últimas horas.

En pleno desvarío, las distancias físicas desaparecen y la memoria crece, como queriendo capturar los últimos alientos de una existencia terrenal siempre intensa, fragorosa y pasional.

Aunque en la memoria de José Batlle y Ordóñez han batallas ganadas, también hay pérdidas irreparables de seres queridos y compañeros de lucha, cuyos cuerpos descansan bajo tierra.

Entre imágenes fantasmales y surrealistas, afloran los dolores, las culpas y las jornadas de planificación de estrategias militares junto a secretarios y consejeros, muy lejos de la violencia fratricida que devoraba a Aparicio y a sus hambrientos lanceros de divisa blanca.

Como el caudillo nacionalista, el fundador del Uruguay moderno se encamina hacia su última morada. Al llegar, se transformará en un inmortal, en una leyenda que perdurará más de un siglo en el imaginario de los uruguayos.

Abrevando del la materia prima indispensable de la historia, Hugo Burel construye una novela de ficción, cargada de metáforas y simbolismos.

Quizás ese encuentro nunca registrado entre Batlle y Saravia que el autor imagina con un trazo de realismo mágico, sea una apelación a la tolerancia, a la unidad y a la reafirmación de la recurrentemente resquebrajada identidad nacional.

El autor recurre a todo su oficio narrativo y vuelo literario, para recrear las agonías de los dos paradigmáticos líderes partidarios.

El relato de Burel es un crudo registro de la tragedia individual de dos personajes emblemáticos en situación terminal, a quienes la muerte expulsó de sus respectivo pedestales de gloria.

«Los inmortales» no es una mera novela histórica, sino una minuciosa lectura en torno a la pasión, el heroísmo, la abnegación, el idealismo y la integridad ética.

Mediante el explícito discurso de ambos interlocutores, enfrascados a la sazón en un coloquio imposible, Hugo Burel traslada a sus lectores toda la dimensión cuasi mitológica de dos ineludibles referentes de nuestra historia.

Despojando a su relato de posturas complacientes, el escritor reflexiona acerca de valores universales compartidos, esos

que parecen estar hoy ausentes del debate cotidiano de un país fracturado por la pérdida de identidad, la angustia y la incertidumbre.

(Editorial Alfaguara)

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