Brillante fin de temporada
El desembarco de tres exposiciones provenientes de la Generalitat Valenciana, encabezada por la incansable Consuelo Císcar, precedida por un equipo técnico, resultó, entre imprevistas tardanzas de algunas obras, un hallazgo sorprendente. Sorprendente porque se mezclaron en un museo predominante de pintura y escultura tradicional y moderna, el diseño, la moda, el abanico y la pintura con nuevos soportes. Un hecho fuera de serie en el medio museístico uruguayo que, además, agregó al imaginativo montaje, la calidad cierta de los trabajos presentados que acompasa la feliz incorporación de la excelente cafetería. El museo del Parque Rodó se transformó, de repente, en un lugar alegre, contaminado de la vida cotidiana, alejado de la austera solemnidad de sus colegas locales y de sus propios antecedentes.
Arte y moda
Desde el exterior, los ventanales de vidrio dejan ver algo insólito: maniquíes con rutilantes vestidos y, al entrar, el visitante se confunde con otros cincuenta más distribuidos por todas las salas. Es la muestra Fashion Art (Arte & Moda) del diseñador valenciano Manuel Fernández. Sobre diseños originales de tela blanca de Fernández, medio centenar de artistas españoles (Miquel Navarro, Anzo, De León y Manolo Valdéz, conocidos en Montevideo) las utilizaron como soporte que luego vestirán cuerpos femeninos. La imaginación concurrió a la cita y cada modelo, con inteligencia y sensibilidad, está colocado cerca de algún pintor uruguayo con afinidades cromáticas. Es un acierto esta irrupción de la moda en ámbitos museísticos (ya es una costumbre en el exterior y aquí los italianos se hicieron notar en el Hotel Radisson y en menor medida en el Centro Cultural de España) pues introduce el arte efímero, la moda, en un contexto adecuado, lejos de los llamativos desfiles comerciales. Es una experiencia aleccionadora sobre la que habrá que volver con mayor detención ya que podrá verse durante todo el mes de enero.
Abanicos de artistas
Esta aceptación de lo cotidiano en un museo se redobla con Juguetes para Icaro, cien abanicos pintados por artistas iberoamericanos (españoles, argentinos, cubanos de prestigio internacional) que no sólo intervienen los originales sino que además crean el soporte mismo. La idea surgió de Llilian Llanes, curadora de la muestra que por primera vez visita Uruguay (fue la fundadora de la Bienal de La Habana que dirigió en las primeras seis ediciones) y que simultáneamente con la anterior establece un diálogo muy atractivo de obras utilitarias que, al mismo tiempo, son objetos de arte. Es que vestidos y abanicos son elementos utilitarios, pertenecen al área del diseño, que por uno de esos raros aciertos coinciden en un mismo ámbito.
La historia del abanico se remonta al abanico de brazo de las sociedades de Medio Oriente y Egipto, luego sustituido por el abanico de mano de varillas y superficie lisa, que permite el plegado o la superficie rígida. Como su función es dar aire (abanicarse), se extendió en los países de climas cálidos o durante las temporadas veraniegas. Valencia, desde principios del siglo XIX, se convirtió en uno de los grandes centros de producción. Es una lástima que el breve catálogo no reproduzca la historia del abanico y la importancia que tuvo en las diferentes sociedades como elemento testimonial de las transformaciones culturales. De cualquier manera, la inventiva de los artistas es suficiente atractivo.
Pinturas de Vangelis
La tercera exposición pertenece a Vangelis, el famoso músico griego, premiado por la banda sonora de películas (Carros de fuego, Blade Runner, entre otras) que hace su incursión por la pintura. Es un artista dotado que recorre los caminos de la figuración (preferentemente el retrato, la figura humana) con soltura, a veces expresionista, otras más abstracto. Sin brindar nada nuevo en un lenguaje tradicional, aquí luce mucho mejor que en la II Bienal de Valencia. Es una primera aproximación a tres exposiciones a tener en cuenta. *
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