No va más: suertes varias
Entre tanto, Omar Varela obtiene el «Florencio» del público por los diez mil espectadores de «Muñecas del Cha cha cha» y Eduardo D’Angelo llena la sala de El Tinglado; pero nadie quiere ponerse a pensar. Quienquiera haya concurrido a los espectáculos de D’Angelo sabrá que son sanos y limpios, en el sentido más parroquial y ultramontano de los términos: no es posible una explicación de su éxito basada en chistes verdes y alusiones escatológicas como en Pinti, o en deliberadas brutalidades como en «Tumberos» o «Resistiré». El crítico, luego de aplaudir como se merece a D’Angelo, encuentra a un teatro cómico que llega al espectador. Lo hace amablemente, en un medio tono de conversación de barrio que no tiene tropiezos. Uno puede entrar y salir de la obra, mental o emocionalmente, sin pérdidas: siempre será comprensible y clara; siempre habrá algún retruque o algún bien medido chiste, bien elegido y novedoso, que lo devolverá sonriente a la pieza.
No creemos que sea necesario analizar la trama de esta obra, cuya modestia ejemplar nos desarma de entrada. D’Angelo aborda el género policial humorístico que conocemos por el cine, que es una de sus predilecciones, visible aún en el título de la obra que recuerda al filme de Marcel Carné. Reparamos antes bien en la solidez de la presentación escénica, donde D’Angelo ha sabido, una vez más, delegar la dirección en el experto y refinado Hugo Blandamuro y acompañarse de actores de primera línea como Adhemar Rubbo, Juan Antonio Saravi y Susana Sellanes que sin mayores esfuerzos hacen de «Los visitantes de la noche» un espectáculo tan honesto como digno. El espectador escucha las bromas y los chistes en boca de estos admirables actores; le suenan con toda la gracia posible y con ese algo más, esa caja de resonancia de sus educadas personalidades. Hay contraste de tonos de dicción, exactitud en el tiempo de las réplicas, variedad de registro y de volumen; hay una forma de caminar, de adelantar el cuerpo, de presentar la cabeza y sobre todo una efectividad en la comunicación con el espectador que, en su lograda naturalidad, nos dice de horas, días y años de aprendizaje de teatro; y todo eso hace la diferencia. En suma, hay un cuidado artesanal, una cortés prolijidad, un buen profesionalismo. H ay, quiérase o no, un público al que se atrae con las cartas sobre la mesa. Es un público sincero y valioso, que no se puede perder, y algún día se reconocerá en el mundo del teatro que quiere ser culto (y que muchas veces está muy lejos de serlo) el aporte de Blandamuro y D’Angelo.
Con pretensiones infinitamente mayores, «Las noches mágicas del Palacio» por el grupo Aventura (afiliado a la FUTI) es derechamente inadmisible. La idea de aglomerar a la «Noche serena» de Fray Luis de León con el poeta, hasta aquí desconocida para nosotros, Odila Broffio Burastero, con Dante, con el muy dudoso libro (atribuido a «Hermes Trismegisto») «El Kybalion» llamado por error, en el programa, «El Kybalian», con Bécquer, Wilde y con el Palacio Salvo, el todo presentado desde un punto de vista esotérico o iniciático, es, para decir lo más suave, extravagante. Nada hay de esotérico en Fray Luis, Bécquer o Wilde, y los contactos de Dante con el islamismo, mucho más que con el esoterismo, no llegan a justificar la afirmación, que se nos propina en forma de conferencia que interrumpe todo, de que pertenecía a la misma logia masónica que el arquitecto del Palacio Salvo y del Pasaje (no el «Palacio») Barolo de Buenos Aires, Mario Palanti, y que hay elementos esotéricos en el mismo Palacio Salvo. Lo que se pretende como esoterismo es muy poco más que las reiteradas albóndigas del sincretismo a la moda, condimentadas generalmente, como con una pizca de curry, con alguna palabra en sánscrito o pali para sugerir la India; da lo mismo que sus autores se llamen Helena Blavatsky, Krishnamurti, Raumsol, Lobsang Rampa, Osho, Saint Germain, L. Ron Hubbard, Deepak Chopra, los Rosacruces (Max Heindel), Cony Méndez o los que vendrán, en legiones.
Con todo lo malo del proyecto, la realización es un poco peor que la idea. En vez de dar la obra en una escalera, que es lo que al fin de cuentas sucede, el director Alvaro Loureiro nos obliga a escuchar a pie (quisiéramos decir, ay, a pie firme) una serie de vagos ocultismos dichos por los actores, vestidos de negro, que van y vienen en diversas procesiones. Esta introducción es seguida por la miniconferencia sobre el esoterismo del Salvo, flagrantemente antiteatral y de muy poca convicción; pero todavía falta lo peor, que es la teatralización, con los actores yendo y viniendo escaleras arriba y escaleras abajo, bajo una iluminación paupérrima, llevando y trayendo una leyenda de Bécquer y un cuento de Wilde. A las dificultades de lo que, a falta de nombre mejor, llamaremos escenografía, se suma la actuación de un grupo de jóvenes que, por más buena voluntad que se ponga, no están en condiciones, todavía, de actuar en público. A menudo el texto no se entendía, pero no por su posible esoterismo sino por fallas en el decir; otras veces el estilo de interpretación, muy forzado, conspiraba contra la comprensión de las historias en vez de trasmitirlas. Quedamos convencidos de que habría sido mejor una buena lectura, libro en mano; o simplemente quedarnos en casa.
Con «El castigo sin venganza» de Lope de Vega se respira otro clima. No hay nada oculto y Teatro Abierto, haciendo honor a su nombre, muestra sus cartas, y las hay fuertes y débiles. La obra, que nos golpea con la inmediata sensación de que estamos ante un dramaturgo que roza el genio, está muy bien construida y tiene verdadero interés; como suele ocurrir en Lope, hay también fuerza trágica, que no sabemos si atenúa o bien acentúa el impacto con la magistral versificación, sin paralelo en la literatura española. Sin embargo, la idea, que debió demostrar la perennidad de Lope, no llega a realizarse. Fuera de la Comedia Nacional, y más exactamente fuera de los egresados de la Escuela Municipal de Arte Dramático, no hay una tradición adecuada de cómo decir el verso español en un teatro. Los actores se aplican a un arte que, con alguna excepción, sólo pueden intuir: son visibles sus aciertos, llevados (la dirección es de Luis Miceli Couret) por un auténtico interés por el teatro y una certera comprensión del texto, pero también son visibles sus fracasos, como también es visible la disimilitud de criterios sobre la dicción del verso y cómo ha de ser escandido. Ruben Berthier, Mabel Estévez y Leonor Chavarría tiene eficacia y nos acercan la obra, sin impedir que, no obstante, llegue por momentos a la platea la sensación de un espectáculo amateur.
Es posible que nos equivoquemos, pero «Taurus» de Gabriel Calderón nos pareció una pieza hecha a vuela pluma, casi en broma. A la entrada se reparte como si fuera el programa y concorde con el título de la obra, una hoja con la historia del Minotauro; lo que sigue no recuerda en ningún momento perceptible a la leyenda. Hay algunas bromas, bastante soltura, poco autocrítica, mucho aburrimiento y nada más. Para nuestra sorpresa, la obra fue nominada al «Florencio» Revelación, que al fin obtuvo Mariana Lobo.
LOS VISITANTES DE LA NOCHE de Eduardo D’Angelo, con Susana Sellanes, Eduardo D’Angelo, Juan Antonio Saraví, Adhemar Rubbo, Carlos Morán, Charo Sicoliano y Teresa González. Escenografía de Freddy Núñez Batlle, música de Martín Haro y Diego D’Angelo, dirección de Hugo Blandamuro. En El Tinglado. Colonia y Martín C. Martínez.
LAS NOCHES MAGICAS DEL PALACIO, por el Grupo Aventura, adaptación de Dino Armas de una selección de textos de Alvaro Loureiro sobre poemas de Fray Luis de León y Odila Baroffio Burastero, citas de El Kybalian y Dante Alighieri
, «La ajorca de oro» de Gustavo Adolfo Bécquer y «El fantasma de Canterville», de Oscar Wilde. Con Geraldine Montaño, Enrique Montemar, Rodolfo Ortiz, Beatriz Quiroga, Daniel Salomone, Flavia Sandonato, Lil Vera y Gabriel Volpe. Ambientación sonora de Guillermo Laborde, iluminación de José Luis Mostarda, coreografía de María Inés Dantés, dirección de Alvaro Loureiro. En el Palacio Salvo, Plaza Independencia 846. *
EL CASTIGO SIN VENGANZA, de Lope de Vega, adaptación de Luis Miceli Couret, por teatro Abierto, con Daniel Torres, José Lammers, Ruben Berthier, Valeria Montero, Paulo Castro, Miguel Graña, Sara de los Santos, Mabel Estévez, Alvaro Hernández, Alberto Gómez, Marcelo Manssino y Leonor Chavarría. Vestuario y escenografía de Javier Colk, luces de Emilio Trecht, musicalización, puesta en escena y dirección de Luis Miceli Couret. En Teatro Abierto, Vázquez 1566.
TAURUS, EL JUEGO, de Gabriel Calderón, con Norma Berriolo, Dahiana Méndez y Jorge Temponi, dirección de Gabriel Calderón. En Arteatro, Canelones 1136.
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