Un delirio audiovisual de Tarantino
Una anécdota típica de filme clase B, género al que Tarantino homenajea desde siempre rindiendo tributo, en este caso, a los filmes de artes marciales de la década del 70. No resulta el único homenaje del caso, ya que Kill Bill, cuya segunda parte se estrenaría en marzo, también tributa el debido reconocimiento a Sergio Leone entre otros reciclajes que incluyen a David Carradine (Kung Fu), al mismísimo Bruce Lee y sus orígenes en El avispón verde (cuya banda sonora también se intercala fragmentariamente en el largometraje además de otros intérpretes y compositores como Nancy Sinatra, Isaac Hayes y el grupo RZA) y hasta al fallecido «duro» Charles Bronson al que se le dedica este primer volumen.
Atendiendo estas referencias queda claro que no hay que tomar nada del acontecimiento en serio sino atenerse al derroche visual y la pericia narrativa de Tarantino que canibaliza todas estas influencias –como Andy Warhol lo hiciera en su momento– para (re) crear un universo donde el gusto popular deviene en producto artístico. En este caso el resultado provoca reacciones varias que van desde una fascinación incondicional, el posible rechazo visceral y hasta un legítimo desconcierto (que puede instalarse desde las primeras escenas donde dos mujeres pelean a muerte en una típica casa modelo del american way of life ocultando momentáneamente sus cuchillos frente a la presencia de la hijita de una de ellas). Sin lugar a dudas, Kill Bill es una de esas realizaciones que no admiten opiniones medidas o indiferencia; se aceptan calurosamente o se rechazan con la misma energía que juzgamos un plato sofisticado de alta cocina o una obra surrealista.
En medio del despliegue virulento que propone Kill Bill (incluso en la secuencia de dibujos animados japoneses), este cronista se atreve a considerar que un análisis que pretenda buscar mensajes y/o valores propuestos explícitamente por el director de Pulp Fiction quizás no logre mayores resultados.
La interpretación adecuada probablemente se encuentre en analizar la propia obra del cineasta como una suerte de «contradictorio espejo antropológico-cultural» de los mismos Estados Unidos de América en los tiempos que corren. Si esta práctica no resulta seductora quizás alcance, entonces, con dejarse llevar por este delirio audiovisual de un cineasta que no mide consecuencias en los desafíos que acepta llevar a la pantalla.*
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