Escándalo en el museo de Buenos Aires
La noticia, aunque sorpresiva, se venía gestando desde hace muchos meses. El núcleo de Artistas Agrupados Independientes, de Argentina, dio a conocer a los medios, en noviembre, una Carta Abierta a la Ciudadanía (además realizó una sentada en las escaleras del Museo Nacional de Bellas Artes) que comenzaba diciendo: «En un país donde la ética ha quebrado, era difícil que el espacio del arte no se viera golpeado por la misma crisis. La pobreza, la corrupción, la malversación de los contenidos, la destitución de la cultura por el circo, del trabajo por la lógica del espectáculo, que están presentes en todas las áreas, también ha degradado al mundo del arte. Los que firmamos esta carta queremos expresar nuestro desagrado ante la falta de una política de Estado respecto a lo cultural. No parece esencial que la población advierta la verdadera importancia de una situación cuya gravedad es creciente y que socava la cultura nacional. Formas de operar que vienen perpetuándose desde la dictadura se han adueñado del campo del arte: feudos, tramas podridas, negociados encubiertos, personajes que han hecho del interés personal el único motor de gestiones altamente dudosas. Esto es lo que impera y lo que debe cambiar» (…) «Nuestro desacuerdo con la actual dirección del Museo Nacional de Bellas Artes es definitiva e inconciliable» , acusando a Jorge Glusberg, el director, de convertirlo «en un centro cultural degradado por prácticas autoritarias».
La semana pasada estalló el escándalo. «Si Glusberg no presenta la renuncia antes de fin de año lo voy a tener que echar», sentenció Torcuato Di Tella, secretario de Cultura argentino. Y agregó «Glusberg ha cumplido su ciclo». En su despacho se amontonaban cinco sumarios en contra de Glusberg, sobre robos de cuadros, falsificaciones, sobreprecio en la confección de catálogos, malos tratos a los funcionarios. Varios museos internacionales y embajadas se quejaron de su gestión, pero la gota que derramó el vaso fue la queja del presidente del Senado francés, también director del Museo de Luxemburgo, al embajador argentino en París por la propuesta de Glusberg de permitir el traslado de un cuadro del museo de Buenos Aires a Nápoles a cambio de tres pasajes aéreos.
El jueves de la semana pasada Glusberg, acosado por las denuncias y las protestas de intelectuales y artistas, se vio obligado a renunciar y se nombró director interino al arquitecto Alberto Bellucci, que antes lo había dirigido, y actualmente lo es del Museo de Arte Decorativo. Bellucci permanecerá en el cargo hasta que dentro de tres meses se llame a concurso de dirección de la principal pinacoteca porteña. Se hizo un allanamiento judicial en el museo y el ministerio puso en marcha una auditoría.
Glusberg fue designado por el menemismo en 1994 y ratificado por concurso en 1999, por un período de cinco años. Debió acortar su mandato. Desde su actividad en el CAYC, a fines de los sesenta, una institución pionera en difundir la vanguardia, Glusberg se caracterizó por un fuerte personalismo y una frenética actividad al mismo tiempo que imponía su imagen en los medios de comunicación. Se mantuvo al frente de las bienales de arquitectura y de arte contemporáneo, trajo a notables personalidades, fue arbitrario y despótico, según coinciden artistas y funcionarios, pero lo cierto, y objetivamente, es que hizo una labor importante, discutible, pero casi siempre de alto nivel. Es de esperar que el sucesor, tenga cordialidad, inteligencia, conocimientos, capacidad de diálogo, vínculos estrechos con los artistas y críticos nacionales y los centros internacionales, transparencia en el accionar, deje a un lado amiguismos y círculos de poder (económico, político, cultural), domine y no sea dominado por las asociaciones arrogantes que colaboran para mantener la actividad, como debe imperar en un instituto oficial. La apuesta depuradora del presidente Kirchner se extendió a la cultura, sin duda. *
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