El garaje irresistible de Iggy Pop
IggyPop está de vuelta con algunos invitados de lujo, incluyendo a los Stooges, su ex banda. a la que repatrió para fundar uno de los mejores discos de 2003: Skull Ring, de connotaciones sonoras punkies; es decir, su naturaleza.
El rock de garaje, el gesto transgresor que se piensa diferente, esa sensación épica que golpea en el pecho del oyente: ese es Iggy Pop en plena madurez. Un viejo lobo de mar que concentra en sus materiales la esencialidad del rocker. El santo y seña del disidente, el valor irrenunciable a fundar canciones que se vuelven intensas y perturbadoras. Esa crudeza, la de Iggy Pop, no se encuentra por azar. Se la trabaja, se la domina y se la expone con el carisma y la brillantez expositiva de un icono sagrado de la cultura rock alternativa, como suele leerse por ahí. Y escuchar Skull Ring con Iggy junto a los reaparecidos Stooges y la intervención de los alicaídos (no aquí) Green Day, es gratificante. Una medida exacta de placer y de goce y de tensión emocional. Suficiente, ¿no? Alternativo o no, Iggy Pop es un compositor mayor, papá intelectual de muchas bandas y corrientes estéticas e infunde una autoridad y un respeto a rajatablas.
Nadie se tira contra Iggy Pop. Llegó hasta resucitar a David Bowie en momentos en que este último parecía haber perdido la brújula. Y es el padre del punk o uno de ellos, para no ser tan estrictos.
Skull Ring se inaugura a puro rock de garaje con «Little electric chair», y desde el vamos existe una sobrecarga casi extrema en el modo de componer y expresar(se).
Impresiona tanta producción de adrenalina y la construcción de una sonoridad espasmódica. «Perverts in the sun», tema que fuese registrado con The Trolls (su banda de gira), escenifica el verano: revueltas balnearias, distorsión y descontrol, desempleo y otras historias con un rock de acentuaciones metálicas. Los Stooges vuelven para tocar «Skull Ring», la canción, con un aporte nada novedoso pero con una actitud vibrante y un rocanrol vertiginoso y el consabido solo de guitarra.
El vértigo parece encontrarse en los extremos generacionales: cuando se juntan los viejos vinagres de Detroit, la banda llega a niveles de combustión altísimos y la voz de Iggy, en el caso de «Loser», logra momentos inspirados con esa voz entre rugosa y grave. «Private hell», con la participación de los Green Day, propone una vuelta al punk con guiños a los Clash. El otro tema grabado con la banda, «Supermarket», repotencia ese frenesí y entonces Iggy juega un rato, como si fuese Ronaldo frente a la red. Un maestro del decir, Iggy Pop.
En «Whatever», el cantante parece un arlequín atormentado. Y en «Dead rock star» refiere a la «señora otra» y en «Rock show», interpretado junto a Peaches (proveniente del punk electrónico), cambian prácticamente alaridos sobre la base de un beat formidable. Por lo demás, Iggy Pop tiene tiempo de transitar el gótico («Inferiority complex») y hasta un bluegrass («Til wrong feels right») en el que deviene trovador airado y disidente. Es uno de los mejores discos del año que han sido lanzados desde la cultura rock. *
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