Las recurrentes obsesiones satánicas de Roman Polanski

Hugo Acevedo

Los cultos satánicos se han transformado en recurrentes aliados del negocio cinematográfico. Sin embargo, la taquilla ha relegado habitualmente a la calidad con la abundante proliferación de productos de clase B, que alimentan a la industria del estremecimiento sin aspirar a otro propósito que al mero pasatiempo.

Algunas excepciones, aunque naturalmente no confirman la regla, rescatan igualmente al género de su habitualmente desmesurada frivolidad consumista.

El bebé de Rosemary, que consagró hace treinta y dos años al realizador polaco Roman Polanski como un creador inquieto, polémico y vanguardista, es quizás una suerte de paradigma y, para muchos cinéfilos, hasta un filme de culto.

Polanski siempre insinuó una particular predilección por el cine revulsivo y transgresor, construyendo su escritura cinematográfica a partir de las emociones fuertes. Sus primeras irrupciones en la escena internacional, con recordados títulos como El cuchillo bajo el agua y Repulsión (Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín), así lo corroboran.

Aunque la claustrofóbica Cul – de – sac mantuvo esa impronta tan peculiar y cargada de tensiones, el realizador polaco no resistió la tentación de mofarse del género terrorífico con la delirante La danza de los vampiros.

La estremecedora adaptación de Macbeth, la inmortal obra del dramaturgo William Shakespeare, confirmó la sabiduría cinematográfica de Polanski, que hasta se permitió algún desliz irónico como la delirante ¿Qué..?, antes de concebir su magistral Barrio chino, un auténtico clásico del cine policial que con buen criterio se ha repuesto en la televisión para abonados.

Luego de su conmovedora y aclamada Tess –una obra poética y sensible–, el cineasta no ha recuperado su estatura creativa del pasado, pese a su fugaz incursión en el cine de aventuras de impronta hollywoodense, con Piratas y Búsqueda frenética. Tampoco La muerte y la doncella y Perversa luna de hiel lograron reposicionarlo en el firmamento internacional.

En La última puerta, de inminente estreno, Roman Polanski renueva su fascinación por la exploración de las ciencias ocultas y los cultos demoníacos.

Inspirándose en la novela El club Dumas, de Arturo Pérez Reverte, el cineasta construye su relato a partir de las peripecias de un sagaz e inescrupuloso investigador, que se gana el sustento rastreando libros de alto valor histórico.

El joven Dean Corso (Johnny Depp) es contratado por un multimillonario coleccionista y académico en demonología –que encarna el desmejorado Frank Langella– para localizar y confirmar la autenticidad de las dos restantes copias de «Las nueve puertas del reino de las sombras», una suerte de manual para invocar a Satanás. El inusual itinerario de búsqueda traslada al protagonista desde la vertiginosa Nueva York, a la histórica Toledo, Lisboa y finalmente a París.

Varios misteriosos asesinatos, atentados contra la vida del «detective» cultural y la inquietante presencia de la esplendorosa pero enigmática Emmanuelle Seigner, transforman a la minuciosa pesquisa en una auténtica pesadilla.

Roman Polanki desarrolla el relato con su oficio habitual, manipulando los hilos de la narración con su reconocida sabiduría.

No obstante, aunque hay dos o tres picos de tensión de singular intensidad y hasta algunos toques de fina ironía, la historia va languideciendo hasta un epílogo convencional, efectista y bastante previsible.

La arquitectura del relato, que en la primera hora atrapa por su clima sórdido y opresivo suspenso, se va luego desmoronando paulatinamente, como si al famoso cineasta se le hubiera agotado abruptamente el repertorio creativo. El reconocido barroquismo del Polanski aflora apenas por cuentagotas, en dos o tres secuencias fotográficas impregnadas de virtuosismo y riqueza estética. Sin embargo, esta película seguramente será recordada como un título más del extenso currículo artístico del célebre realizador.

La última puerta es un filme apenas recomendable para los amantes del género terrorífico, con una sobria interpretación protagónica del siempre ascendente Johnny Depp y una visualmente esplendorosa Emmanuelle Seigner, cuya olvidable participación se justifica únicamente porque es la actual pareja de Roman Polanski en la vida real.

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