Prohibido para nostálgicos

Los escondidos fuegos

Con la salud sin remedios, la barriga añorando la carne, los gremios metiendo pechera a los indiferentes, sólo faltaba que apareciera el fantasma de la discriminación. Por donde menos debiera, apareció la soga en la casa del ahorcado. Se dijo que los homosexuales son enfermos y conviene mandarlos a un rincón para que no contagien con sus «aberrantes» conductas. La intolerancia está de fiesta y el viejo escribidor la sabe lunga como viene esa mano. Con la memoria compañera vamos al Montevideo del ayer. Cuando las hipocresías y los duros catones obligaban a los diferentes a esconderse. Allá por el 30, la placita Zabala ofrecía un punto de nocturna reunión. Oscura como boca de lobo, apenas iluminada por las amortiguadas luces del Palacio Taranco, el anonimato amparaba a esos sigilosos que concurrían muy tarde. A no ser por alguna bronca de los infaltables marineros, los guardiaciviles hacían la vista gorda y apenas si pasaban por la vereda de enfrente.

Por los canteros y en los bancos, elegantes caballeros conversaban con muchachos que hacían tiempo antes de entrar en los turnos de la estiba del Puerto.

El ambiente a la sordina convenía a muchos que durante el día se la tiraban de muy recios.

Un político de ese tiempo y nos mordemos la lengua para no bocinar quemante, famoso por sus moralistas arengas, era figurita repetida y cuando se enojaba le salía la voz finita.

Por el verano, cuando llegaban artistas famosos para actuar en los cabarets del centro, algunas insospechables y muy viriles figuras, siempre se hacían un tiempo para recalar en la placita Zabala.

Por los bares de camareras de Juan Carlos Gómez, entre las francesitas y polacas que llegaban de Brecha y Yerbal, aparecían misteriosas «damas» con muchos postizos arriba, porque había clientes que haciéndose los sotas siempre las elegían. Por los carnavales, los tapados aprovechaban y tiraban la chancleta. En los bailes de disfraces del Hotel del Prado había que aprovechar porque la locura de Momo les daba una manito a los que tenían muchas ganas pero nunca se animaban.

Quién puede olvidar a aquella María Antonieta que por muchos carnavales fue reina de la noche y cuando se pasaba de copas surgía un chofer para llevarla.

Una noche se le cayó la peluca y apareció flor de pelada, con brutas patillas al costado.

Por Agraciada y Suárez también había un sitio para los que escapaban del escarnio de la pacatería. los vecinos criticaban de lejos pero el que más, el que menos, tenía un pariente que se entreveraba en el amasijo. Luego, cuando cerró el Royal apareció el Hindú, sitio donde se apagaban los fuegos y los catones muy contentos porque todo era a oscuras y en un rincón escondidos.

Los esperamos, con música y recuerdos, los sábados a las 18.30, en 1410 AMLIBRE. Coordinación Angel Luis Grene. *

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