Parábola sobre hombres fuertes
Hay obras que no tienen suerte y aguardan años para estrenarse; otras producen una especie de difusión epidémica; hemos tratado en vano entender el privilegio de esta obra, tan menor en la producción de Gorostiza. Dice la directora Nelly Goitiño, que eligió la obra, que «Toque de queda» es un «… ejercicio de teatro estilizado, de síntesis, con sutil manejo del humor… legado luminoso de que el hombre puede ser el dueño de su destino». Salvo la referencia al «sutil manejo del humor», homenaje a la risa, no menos autoritaria que el capitán Pericles, confesamos humildemente no entender. No sabemos qué es «teatro estilizado», ni «teatro de síntesis». Ni siquiera queremos enterarnos: no queremos saber más de lo que sabe un hombre común y corriente. Tampoco entendemos del todo que «el hombre puede ser dueño de su destino», programa de noble apariencia que muy pocas personas querrán seguir y que debe sonar a ciencia ficción en países enteros, como Liberia o Irak o, sin ir tan lejos, el Uruguay. El capitán Pericles (Walter Reyno), un militar o paramilitar, se introduce en una casa de familia; pistola en mano, somete al matrimonio, al hijo y a una amiga del hijo. Como en «Rinocerontes», la «opinión pública» de la familia comienza por contemporizar para, de inmediato, plegarse a las decisiones del soldadote; escenas más humillantes veremos próximamente en «Slaugther» de Sergio Blanco; situaciones análogas se leyeron en el cuento «Casa tomada» de Cortázar, en el drama «El huésped vacío» de Ricardo Prieto, en filmes como «Teorema» de Pasolini o «Cabo de miedo». La familia no ve al intruso, sentado sonriente entre ellos bajo una luz rojiza, hasta que él decide presentarse. Se trata, creemos, de una alusión a la ceguera ante el peligro, a la abdicación de la consciencia; pero hay algo más, porque el intruso es inmortal y resucita, nuevo Drácula, para un nuevo copamiento. La moraleja parece ser que la violencia prevalecerá siempre y que el porvenir es de las armas, tal vez de las bombas. Estamos condenados, por tanto, a un nuevo golpe militar. Está en la naturaleza de las cosas. Admirable forma de contribuir al señorío sobre el destino.
Hemos oído decir que la obra es anticuada, que responde a una estética superada, que quizás la pieza pudo justificarse durante la dictadura militar: creemos que no hay época ni moda (que es lo que suele mentarse cuando se dice «estética») que pueda cobijar a «Toque de queda». Se ha criticado mucho a la «ideología» en el teatro, como si pensar fuera una plata y aún como si se pudiera carecer de una visión, todo lo rudimentaria que se quiera, del hombre y del Cosmos; «Toque de queda» no tiene idea mejor que luchar antes de que sea demasiado tarde y nos madruguen, idea tan adaptable a todo servicio que justificó la búsqueda de armas atómicas, a sangre y fuego, entre las arenas del desierto. En cuanto a los desplantes del capitán Pericles, son tan previsibles como la abulia del padre, la complicidad de la madre o la demorada rebeldía del hijo; de ningún personaje queda el recuerdo, no bien doblamos la esquina del teatro. Hay un poco de violencia, es cierto, pero ni la risa, ni la violencia, ni la muerte en escena son, por sí solos, teatro. Tampoco sería suficiente el ingenio o las gracias verbales, que, por lo demás, aquí no existen. El libreto pudo haber sido escrito, sin pérdida, por cualesquiera de su s personajes. La puesta en escena es convencional y se limita a registrar los diálogos. Quedan las actuaciones, la última justificación de todos los errores de elección de repertorio. Los actores son los rehenes del espectáculo: están allí, ante nosotros, inermes y cansados. Han ensayado la obra, se han compenetrado con los personajes o los han reinventado, han dado tanto que ya ven la obra presos en su interior, como si la hubieran escrito. ¿Cómo no aplaudirlos? Walter Reyno es un gran actor y su carácter aparece en el papel del capitán Pericles, sobreescribiendo el libreto con su personalidad, como sucedía con Villanueva Cosse en la versión argentina. María Varela se supera en cada presentación, y su actuación produce un efecto semejante. Pero precisamente esa calidad de la interpretación es la que más claramente revela la nulidad de la obra. Si «Toque de queda» se hubiera dado por un conjunto de aficionados, se juzgaría que la obra pudo ser algo mucho mejor en manos de buenos actores. Ahora, después de Villanueva Cosse y después de Walter Reyno, no cabe esa ilusión. Estamos ante la mejor versión imaginable de «Toque de queda»; y no queda nada. *
TOQUE DE QUEDA, de Carlos Gorostiza, por Teatro Circular, con Walter Reyno, Germán Milich, Laura de los Santos, María Varela y Angel Medina. Escenografía de Osvaldo Reyno, iluminación de Claudia Sánchez, vestuario de Pilar González, música de Silvia Meyer, dirección de Nelly Goitiño. Estreno del 8 de agosto, Teatro Circular, Sala Uno.
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