Prohibido para nostalgicos

La Granja Dominga

De un lejano sueño, desde aquel Montevideo, la Vieja Capital como nos gusta llamarla, desde esa comarca del tiempo llegan estas palabras. Cuando por los principios de la década del 60, hacían capote las veladas de baile y comidas en la popular Granja Dominga. Todo empezaba un poco antes de las fiestas findeañeras y no paraba hasta entrado el amarillento otoño. Las brasas de la enorme parrilla se iluminaban con los brindis del espumante. Llegaban las bañaderas, y camionetas repletas de bullangueros que recalaban por Cuchilla Grande. A la altura de la vieja vía, pasando el codo de Manga, por una bajadita de tierra se llegaba hasta una auténtica granja de ladrillo campero. Un galponcito donde estaban los toneles del rico vino. Al lado, la pista del bailongo con un pequeño escenario de techito coquetón. Bajo el parral del cielo, como diría el poeta Estrázulas, dale al tango y al brindis de garufa.

Cenas con baile, una lindaza idea que pioneros como el creador del programa «Orquestas de mi ciudad», el amigo Walter Balla chaparon al vuelo.

Por ese escenario desfilaron lo mejor de «las típicas» montevideanas y otras orquestas que cruzaban el charco desde las luminarias de Corrientes. Farolitos de colores y guirnaldas muy floridas cruzaban la pista y rincones. Cuando la música era para calzar y apretar, solamente brillaban las luces de los verseadores que al oído de la pareja chamuyaban sus letras.

Si allá arriba, la luna estaba grandota si no ganabas te recibías de otario.

Corría el ceserito semillón y el espumante con la vuelta para los músicos y un audaz que laburaba de animador.

Dicen que ahora ese «presentador» de orquestas no se resigna y le da por garabatear recuerdos. ¡Ahí viene uno! y el que te dije se las pelas sacando el jugo a la sesera.

Aparecen los mozos, peinados a la gomina, sirviendo las picadas y el clericó de las jarras. Suenan a todo trapo las orquestas de los maestros Rogelio Col «Garabito», Don Horacio y Racciatti.

El jolgorio estalla con «la marcha de las serpentinas» del recordado Walter Méndez.

Llegó Santiago Luz y su mágico clarinete. Una vez tuvo que tocar después del mítico cuarteto de Firpo y arrancó con una versión de «El choclo» que entusiasmó a todos.

Al finalizar, el propio Firpo lo felicitó y Santiago no sabía donde guardar tanto orgullo y alegría.

Días de fiestas, despedidas y casorios que ahora se asoman, nos miran y sonríen desde el laberinto de la memoria.

Queremos apretarlos en el cuore y volver una y otra vez al caminito de la Granja.

Allí están los metejones que se marcharon pero siguen palpitando.

Los esperamos los sábados, a las 18.30, con música y recuerdos en 1410 AM LIBRE *

Coordinación: Angel Luis Grene

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