El primer grupo de rock femenino de Afganistán, el "Burqa Band", no tiene rostro

El primer grupo de rock femenino de Afganistán no tiene rostro, apenas siluetas ahogadas debajo de la pesada tela de la burqa, este indisociable atributo femenino afgano que le dio el nombre al grupo musical, creado en Kabul únicamente por un día bajo la dirección de músicos alemanes.

De esta efímera alianza de la burqa con el rock, sólo queda una cinta de video de un aficionado y una grabación mezclada por Barbara Morgenstern, que se repiten en las radios y programas musicales de Alemania.

Son tres fantasmas azules que se animaron a hacer rock en un precario estudio de Kabul. Restringidas por su «prisión» de tela, se las arreglan para moverse con los palillos de la batería, las cuerdas del bajo y el micrófono. A pesar del sonido de mala calidad, la cámara inestable y la música irritante, la emoción estuvo presente.

«You give me all your love, you give me all your kisses, and then you touch my burqa, and don’t know who it is» («Me diste todo tu amor, me diste todos tus besos, y luego tocas mi burqa y no sabes quién es»), con un inglés inseguro pero determinado, la cantante cuenta la triste ironía de los suyos, liberados del yugo fundamentalista, pero víctimas de su propio arcaísmo.

Con los restos de Kabul bajo sus pies, entonaron desde lo alto de un techo el refrán del título «Burqa, burqa bluuueee», y una sorprendente aparición en la ciudad prohibida tuvo lugar: unos pequeños pasos de baile se pudieron adivinar debajo de la burqa.

«No queda casi nada de la cultura musical tradicional de antes de los talibanes, los instrumentos y las infraestructuras fueron destruidos», subrayó el productor Kurt Dahlke, enviado con dos colegas a Kabul por el Instituto Goethe en octubre pasado para despertar la fibra musical.

En unas semanas, los músicos planeaban enseñar las técnicas de grabación para «propagar la música tradicional», una mezcla de sonidos persas, rusos e indios interpretados con tablas de percusión, armonio de cuerdas y viento o el violín afgano.

Sensibilizar a los afganos al rock también formaba parte de sus tareas, con instrumentos modernos, discos y conciertos.

De un centenar de alumnos, no había ninguna mujer. «Un día, mi colega Saskia invitó a nuestra traductora afgana a divertirse con una batería. Otras dos mujeres encargadas de preparar el té estaban muy entusiasmadas con la idea de formar un grupo. Pero por miedo a las reacciones de la sociedad, decidieron permanecer en el anonimato», comentó Kurt.

«No mostramos el video en Afganistán», añadió. Se tolera la música oriental grabada, pero los conciertos siguen siendo condenados. *

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