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La Iglesia Católica y el holocausto

A menudo, la verdad es aviesamente ultrajada por el engaño y el subterfugio, que nutre textos, documentos y discursos oficiales, con el propósito de formar opinión y distorsionar la realidad.

Estas prácticas son habituales durante las campañas electorales, cuando algunos candidatos –además que promover sus programas de gobierno– suelen descalificar sistemáticamente a sus adversarios.

En esas circunstancias, la única estrategia que razonablemente puede abortar la mentira es la memoria colectiva, que debe almacenar minuciosamente culpas y responsabilidades.

Cuando nuestro país recuperó la institucionalidad hace ya 18 años, se observó un fenómeno ciertamente sorprendente y peculiar: las barbaries perpetradas por la dictadura parecían haber operado una suerte de exorcismo histórico sobre toda la clase política.

No extrañó, entonces, que muchos instigadores y hasta partícipes directos en la aventura autoritaria exhibieran patente de demócratas, cuando bien se conocía su ominoso pasado.

Luego, en plena posdictadura, cuando los juzgados comenzaron a recibir toneladas de denuncias contra militares por casos de violación de los derechos humanos, muchos de esos silenciosos cómplices debieron abandonar prestamente sus madrigueras.

El desenlace de esta historia reciente de impunidad que se proyecta a los primeros años de este nuevo siglo es bien conocido por todos: la compulsiva Ley de Caducidad y el indiscriminado perdón a los asesinos que ofendieron el uniforme que vestían, al transformarse en verdugos de sus propios compatriotas.

Por supuesto, los espasmos autoritarios no se agotaron en ese momento. En estos días, algunos representantes de la ciudadanía proponen penalizar las protestas colectivas conocidas popularmente como «escraches».

Obviamente, no estamos haciendo la apología de la violencia. De todos modos, lo que resulta ciertamente inadmisible es que se pretenda limitar el derecho a la manifestación pacífica del disenso.

Sería deseable que la población no tuviera motivos para movilizarse, como la rebaja salarial, el empleo precario, la desocupación, el hambre, el desamparo, la desnutrición infantil, la estafa por el vaciamiento de los bancos y, naturalmente, la impunidad de algunos delincuentes civiles no amparados legalmente por la norma que perdonó lo imperdonable.

De todos modos, sin pretender ingresar en discursos demasiado áridos y engorrosos, lo que parece claro es que los fantasmas del autoritarismo siguen planeando sobre la escena nacional.

Ante estas renovadas amenazas y actitudes pretendidamente intimidatorias, resulta capital que los uruguayos no olvidemos nombres, rostros y culpas.

Como sucedió y aún sucede en nuestro país, también en otros paisajes geográficos y tiempos históricos la mentira se institucionalizó como discurso oficial, hasta transformarse en una suerte de credo al que se rinde gregaria, inercial e irresponsable pleitesía.

Sólo un análisis severamente crítico del pasado puede conducir a la humanidad al crepúsculo de la verdad, para prevenir nuevas angustias y tragedias.

Uno de los fenómenos sin dudas más removedores y horrendos acaecidos en el pasado siglo XX, fue el nazismo. Esa demencial aventura de odio racista acabó con la vida de millones de inocentes, que pagaron caro el «pecado» de pertenecer a las minorías étnicas tomadas como blanco de la mesiánica alineación fascista.

Aunque las víctimas de este proyecto de exterminio no fueron sólo los judíos como se pretende afirmar, es claro que el antisemitismo fue la tendencia dominante del genocidio concretado por las huestes del efímero pero no menos devastador Tercer Reich.

En «La Iglesia Católica y el holocausto», el ensayista norteamericano Daniel Jonah Goldhagen denuncia descarnadamente la presunta y silenciosa complicidad del Vaticano con Hitler y sus acólitos, citando múltiples testimonios y documentos de la época.

Aunque el enfoque y el tenor de la obra son naturalmente controvertidos, la tesis del autor amerita una minuciosa reflexión, a la luz de los elementos que aporta en este libro.

Obviamente, se trata de una obra que alimenta la polémica, porque evoca episodios que aún nos estremecen, pese a que ya ha transcurrido bastante más de medio siglo del epílogo de esa pesadilla.

En los primeros tramos de su trabajo, Goldhagen no soslaya críticas genéricas a los perpetradores del holocausto judío, identificando culpas y eventuales responsabilidades.

En ese contexto, analiza los diversos problemas de conciencia moral que rodearon a dicho fenómeno histórico, partiendo del supuesto que el libre albedrío otorga a los pueblos la potestad de no acompañar un proyecto político, social o religioso cuando éste no es compartido.

A su juicio, en el caso concreto de los alemanes, existió una actitud de voluntad complaciente hacia el nazismo. Aunque no parece muy razonable responsabilizar a todos los germanos por los crímenes de un régimen autoritario, la postura del ensayista justifica ser analizada a la luz de otros documentos y pruebas que en el decurso del libro se aportan.

Sin embargo, asumiendo que los nazis comprometidos y sus colaboradores han sido ya suficientemente condenados por la historia, Daniel Goldhagen lanza su artillería más pesada contra la Iglesia Católica de la época, a la que acusa, sin eufemismos, de tener una actitud complaciente con Hitler y   en algunos casos  hasta de participar directamente en el genocidio judío.

Para sostener adecuadamente su discurso crítico, el autor cuestiona también la responsabilidad moral de los blancos norteamericanos que sojuzgaban a los negros antes de la abolición de la esclavitud.

El escritor denuncia el presunto antisemitismo contenido en la Biblia cristiana, afirmando que existe una suerte de demonización de los judíos, a quienes la Iglesia siempre habría acusado de ser «los asesinos de Cristo».

Afirma que, en el decurso de la historia, esa «leyenda negra» derivó en otros males, al punto que los judíos comenzaron a ser rechazados y odiados por su mero origen semita.

El ensayista asume un minucioso recorrido por los territorios de la historia, descubriendo, a su juicio, indicios de visceral antisemitismo ya durante la Edad Media, un tiempo histórico fuertemente dominado por la autoridad del clero.

Sin detener sus evoluciones en el tiempo, el escritor descubre incluso algunos escritos del propio reformista Martín Lutero, a quien también atribuye sentimientos antijudíos.

Obviamente, la Santa Inquisición merece abundante atención del autor, quien critica ácidamente a ese auténtico paradigma de intolerancia religiosa puesto casi siempre al servicio del poder.

No obstante, sus cuestionamientos más enérgicos se concentran en la figura de Eugenio Pacelli, el Papa Pío XII, que rigió los destinos de la Iglesia Católica Apostólica Romana durante el genocidio perpetrado por el nazifascismo. Le imputa, por ejemplo, haber ocultado la encíclica Humani Generis Unita, promovida por su predecesor Pío XI, que equipara los derechos de los judíos a los de la comunidad católica.

Una de las críticas más severas del investigador refiere al concordato firmado en 1933 entre el Vaticano y el gobierno alemán encabezado por Adolf Hitler. A su juicio, este acuerdo tuvo el propósito de preservar la integridad de la Santa Sede y el poder de las autoridades eclesiásticas.

Goldhagen exhuma varias cartas jamás publicadas, en las que Pío XII advierte a sus fieles sobre la «amenaza judeobolche», en alusión a una presunta alianza entre la comunidad judía y los movimientos comunistas por entonces inspirados desde la Unión Soviética gobernada por Stalin.

Según el autor, al fustigar la política anexionista de los nazis, el Vaticano jamás condenó las deportaciones y masivas ejecuciones de judíos que se estaban perpetrando en toda Europa, mediante el sofisma de «guardar silencio para proteger a las víctimas».

Las acusaciones suben de tono cuando el autor afirma que algunos sacerdotes alemanes participaron directamente en las campañas de los ejércitos del Reich, pronunciando homilías y sirviendo confesiones en pleno campo de batalla.

Citando ejemplos concretos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial en Lituania, Polonia, Eslovenia y Ucrania, el escritor implica a religiosos católicos en la matanza de judíos y hasta afirma que algunos de ellos llegaron a comandar campos de exterminio.

Mientras reafirma su tesis sobre la supuesta complicidad de la Iglesia en el holocausto, el escritor refuta muchos de los alegatos exculpatorios pronunciados por El Vaticano en el período de posguerra.

Sin embargo, el historiador   cuyo origen judío es naturalmente innegable   defiende con energía su dura postura, con la cita de abundante documentación poco conocida.

En ese contexto, recuerda la encíclica «Divini redentoris», que acusa al comunismo de ser «un azote satánico» y «una plaga fatal». Ese mismo rigor, según el autor, jamás fue empleado para condenar los crímenes del nazismo.

A raíz de la interpretación de este y otros escritos y algunas actitudes que juzga como omisas y ambiguas, el investigador infiere que   sin expresarlo explícitamente   la Iglesia llegó a valorar al nazismo como una barrera de contención contra el comunismo «materialista» y «ateo».

Paralelamente, Daniel Goldhagen invoca numerosas cartas pastorales de iglesias europeas de la época, que con sus prédicas antisemitas justificaban implícitamente la «solución final» impulsada y concretada por Hitler y sus acólitos.

Aunque el escritor valora la actitud de religiosos que desarrollaron por su cuenta diversas acciones solidarias con la comunidad judía, igualmente afirma que la postura de la Iglesia como institución recién comenzó a modificarse cuando se advirtió que los nazis serían derrotados militarmente por los aliados.

Como en su primera obra, «Los verdugos voluntarios de Hitler», Goldhagen construye un implacable discurso contra el autoritarismo racista, aportando documentos, testimonios y otras presuntas pruebas de eventuales complicidades.

No es la primera vez que se acusa a la Iglesia de haber observado una actitud pasiva y bastante ambigua en relación al fenómeno nazi. Sin embargo, en esta oportunidad, el autor incorpora a su tesis otros argumentos, como la participación directa de católicos en el genocidio y el odio ideológico al comunismo.

En el contexto de esta obra, hay referencias a otras experiencias autoritarias y tragedias colectivas, aunque el autor  por convicción u omisión  soslaya toda referencia al presente del Estado de Israel y algunas de las atrocidades cometidas en los territorios ocupados en Medio Oriente.

Aunque algunas de las afirmaciones que sostienen la tesis del historiador ameritan ser pasadas por el cernidor para identificar adecuadamente a las víctimas y los victimarios en cada momento y circunstancia, este trabajo es un elocuente testimonio que convoca a la reflexión.

«La Iglesia Católica y el holocausto» es sin dudas un documento de debate, que exhuma algunos de los más dolorosos acontecimientos contemporáneos. El libro aporta un descarnado ejercicio de revisionismo, que propone   en más de un sentido   un profundo examen de la conciencia moral y las culpas no siempre asumidas.

(Editorial Taurus)

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