LIBROS

El porvenir de mi pasado

ste fenómeno  intrínseco al homo sapiens  está íntimamente asociado a la historia, en tanto relato escrito y narrado de la milenaria peripecia humana.

Las civilizaciones que nos precedieron están   de uno u otro modo  incorporadas al imaginario colectivo, mediante múltiples representaciones simbólicas destinadas a inmortalizarlas.

Miles de años después, aún sobreviven  en diversas regiones del planeta  pirámides, templos, palacios y complejos monumentales o escultóricos.

Aunque el tiempo transformó a muchas de estas proezas arquitectónicas o artísticas en ruinas, igualmente constituyen cabales testimonios de la existencia y el esplendor de pueblos que hoy son meros recuerdos.

Sin embargo, la escritura sigue siendo el vehículo primordial que nos permite conocer y reconstruir el itinerario recorrido por nuestros ascendientes, por cuanto captura precisamente la memoria de la humanidad como si se tratara de una auténtica enciclopedia vivencial.

A partir de esos signos grafológicos es posible recuperar las grandes utopías de la humanidad de todos los tiempos, pobladas de conquistas, epopeyas, guerras, genocidios y angustias colectivas.

La percepción de todos estos fenómenos constituye  sin dudas  la materia prima que nos permite interpretar el presente y transitar los cada vez más sinuosos senderos del mundo contemporáneo.

Para corroborar esta tesis basta con un mero ejemplo: si no conociéramos el pasado del islamismo, no podríamos comprender cabalmente hoy muchos de los conflictos que sacuden los primeros años de este tercer milenio.

El permanente estado de beligerancia que estremece al Medio Oriente tiene naturalmente sus orígenes en el pasado, en la lucha por el territorio y las grandes confrontaciones ideológicas y religiosas.

Incluso, cómo podríamos descifrar adecuadamente los rebrotes imperialistas que han cobrado recientemente un nuevo tributo de sangre en el devastado Irak, si no conociéramos la historia de los imperialismos que se proyecta a nuestro tiempo y la conformación de las alianzas militares y económicas que detentan el poder mundial.

Pese al recurrente fraude y la mentira del discurso oficial habitualmente impreso en textos, libros y aún en documentos, sólo una profunda y minuciosa decodificación del pasado nos permitirá construir cotidianamente el presente y aún el futuro.

En nuestro país, la experiencia es ciertamente elocuente. Cuando el poder político pretendió laudar las violaciones a los derechos humanos mediante la caducidad de los delitos cometidos por los militares durante la dictadura, no advirtió que ningún texto jurídico puede borrar de un plumazo los traumas de un pueblo agredido.

Hoy, dieciocho años después de la restauración institucional, puede advertirse  con meridiana claridad  que las heridas de otrora no se restañan compulsivamente y que solamente con dignidad se puede construir la reconciliación de la sociedad uruguaya.

La memoria es, en consecuencia, el cofre que atesora nuestra historia personal con sus conos de luz y sombra, pero también es un enjambre de vivencias, experiencias, alegrías, dolores, éxitos y frustraciones. Tiene la propiedad de expandirse o comprimirse, porque siempre acompaña nuestras noches desveladas.

Pero la memoria también está íntimamente asociada al tiempo, a ese pasado nuestro que es  en definitiva  lo único que realmente nos pertenece. El presente es apenas un mero trance ínfimo e imperceptible y el futuro es hoy  más que nunca  incertidumbre en estado químicamente puro.

Cuando se ha recorrido tantos caminos como Mario Benedetti, quizás no sea casi necesario crear universos imaginarios, porque la realidad es la mejor y más fiel de las parteras.

A los 82 años de edad, el poeta, novelista, narrador y ensayista compatriota es una suerte de paradigma de la cultura nacional, cuyo nombre ha trascendido fronteras.

Nunca renunció a su compromiso con la literatura, la causa de la justicia social y sus sueños de construcción de una sociedad más solidaria, lo que le condenó al trauma del exilio durante la prolongada noche autoritaria.

Sin embargo, su voz y su pluma emergieron fortalecidas de esa compulsiva experiencia existencial, que lo mantuvo alejado por más de una década de su suelo natal.

En el curso de su vasta carrera artística, tanto en poesía como en narrativa, Benedetti ha trasuntado una particular sensibilidad para capturar y condensar micromundos humanos, lo que lo transformó en un referente de las letras castellanas.

De su vasta producción literaria cabe recordar, particularmente, «Andamios», «Buzón de tiempo», «El mundo que respiro», «El olvido está lleno de memoria», «Insomnios y duermevelas», «Gracias por el fuego», «La borra de café», «La tregua», «Perplejidades de fin de siglo», «Montevideanas» y «Primavera con una esquina rota», entre otras obras imperecederas.

Luego de dos poemarios consecutivos  »El mundo que respiro» (2001) e «Insomnios y duermevelas» (2002) , el célebre autor compatriota retoma el género del cuento, que en el pasado cultivó con singular brillantez.

«El provenir de mi pasado», la flamante obra que se incorporó hace apenas algunos días a la extensa producción benedettiana, mixtura la experiencia del poeta y el oficio del narrador, en más de medio centenar de relatos y reflexiones de impronta personal.

El primer texto, que condensa el espíritu unitario de este nuevo trabajo literario, construye la arquitectura simbólica de la eterna ecuación tiempo-espacio, apelando a la memoria como insoslayable inventario de la aventura existencial.

Esta pieza que inaugura el libro, es realmente una suerte de soliloquio de trazo poético, en el que el autor anticipa el posterior desarrollo de su luego prolongado periplo escritural.

En el primero de los cuatro capítulos de la obra, intitulado «El gran quizás», el escritor «viola» la intimidad de las viudas y los viudos, desdramatizando deliberadamente esta circunstancia.

Aunque el relato está concebido con un tono irónico y a menudo hasta paródico, Benedetti igualmente trasunta que   a medida que transcurre el tiempo  la vida se escapa como agua entre los dedos.

«Mellizos» analiza los conflictos humanos en términos de identidad, a partir de la peripecia de dos hermanos gemelos que se mimetizan, aunque la emancipación se transforma en un imperativo existencial.

«¿Quién mató a la viuda?» satiriza en buena medida al género policial, a partir de la aventura de un detective que rivaliza con otro colega hasta la muerte.

Las ironías emergen también en «Cinco sueños», donde el autor relaciona la experiencia onírica con la angustia y un fatal desenlace.

La muerte recobra su vigencia argumental en «Conclusiones», cuando la parca migra simbólicamente de los territorios de la oscuridad a la luz del día. Hay, en este texto, intensas apelaciones críticas al destino, la guerra y la ausencia de Dios.

El inexorable destino del hombre  que parece ser una suerte de obsesión para el octogenario autor  reaparece en «El hallazgo», un cuento de trazo fantástico con un desenlace abierto a la interpretación del lector.

Otro tanto sucede en «Reencuentro», donde Benedetti transita los territorios de una memoria atribulada y hasta angustiada por el recuerdo y la pérdida.

«La señorita Rodríguez» retoma el curso de la sátira, describiendo los conflictos de una oficina, con personajes abrumados por el ocio y las pasiones desmesuradas.

«No» es la contundente crónica de una combatiente y presa política, que el autor impregna de pasión e idealismo.

El segundo segmento titulado «Utopías»,
es inaugurado por una poesía que sintetiza la épica de la construcción de los sueños individuales y colectivos.

El itinerario literario del autor modifica su rumbo, transformándose en lenguaje epistolar. En las cartas están impresos los fragmentos de vida, los fracasos y desencantos de los personajes.

La alusión a la muerte reaparece en «Suicidio más/suicidio menos», que reflexiona sobre alguien que casi se quita la vida por celos.

«Pretérito imperfecto» expone, incluso hasta con crudeza, el imaginario reencuentro con el pasado y los que ya no están, porque han dejado de existir o emprendieron el camino del éxodo involuntario. En este relato, una flauta desafina como desafina la vida cuando la felicidad ya es historia.

«Pasos del hombre» es una crónica de soledades, vidas vacías y peripecias ajenas. El exilio reaparece como una temática recurrente del autor en «Ah, los hijos», que también aporta reflexiones en torno a la muerte prematura, la confusión y los presos de la rutina.

En el tercer segmento de este libro, intitulado «Brindis», el autor le rinde homenaje a los aparecidos y los desaparecidos, al amor, al invierno, a la alegría y la angustia.

En los nostálgicos «Amores de anteayer», el escritor desliza su pluma a través de un enjambre de recuerdos y afectos, con arrugas que surcan los rostros pero no los corazones. El amor vuelve a ser protagonista en «De jerez a jerez» y «Echar las cartas», donde las pasiones asumen un lenguaje epistolar.

«Amor en vilo» sugiere una reflexión sobre el exilio, el desarraigo, los conflictos de adaptación, la ternura y la nostalgia. «Niño que piensa», cuento escrito en 1956 pero incluido en este libro, documenta las reflexiones de un pequeño que ensaya un auténtico ejercicio quirúrgico del mundo de los adultos.

El discurso infantil asume también una fuerte elocuencia en «Dialéctica de mocosos», donde dos niños retratan el mundo oscuro e inmoral de sus mayores.

El cuarto y último capítulo captura las «Tristezas», aludiendo a las vidas vacías, las angustias de la ausencia y nuevamente la muerte.

Los territorios de la fantasía reaparecen en «Huellas», para agotarse en las «Realidades que se acaban», cuando el autor reflexiona con angustia en torno a lo efímero de la vida.

Otros relatos discurren reflexivamente en torno a las culpas, el adulterio, las mentiras piadosas, las infidelidades, la guerra, la pobreza, la vejez, la soledad, el amor y nuevamente la muerte.

«El porvenir de mi pasado» propone un vasto calidoscopio que retrata  a menudo con lenguaje contundente y descarnado  los sinuosos laberintos de la condición humana.

Hay núcleos temáticos recurrentes  como la muerte, la soledad, la nostalgia, el amor, el exilio y la miseria  que vuelven a construir el sustento y la materia prima literaria del autor.

Aunque el escritor apela abundantemente al humor, al desenfado y a la fantasía para desdramatizar situaciones, su pluma aporta igualmente una visión bastante desencantada acerca de los escenarios contemporáneos de este siempre incierto tercer milenio.

Pese a que Mario Benedetti exhibe nuevamente el oficio de avezado narrador que le ha permitido erigir un sólido y justificado prestigio nacional e internacional, la calidad creativa de este nuevo trabajo no siempre colma las expectativas del lector. Seguramente, esta situación resultará irrelevante para su multitudinaria e incondicional legión de admiradores. Sin embargo, el autor mantiene intacta su capacidad para comunicarse mediante un lenguaje por momentos coloquial y de impronta intimista, que se sustenta nuevamente en un discurso literario de tono crítico y reflexivo.

(Editorial Seix Barral)

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