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Diario de la guerra del cerdo

Uno de los fenómenos que recorrió los laberintos del tiempo a través de miles de años ha sido, sin dudas, el recurrente conflicto de intereses que confrontó y aún confronta a pueblos, etnias, religiones, partidos políticos y organizaciones sociales.

Sin embargo, al margen de debates ideológicos a menudo dirimidos mediante la violencia, las sociedades se han caracterizado por su arquitectura vertical y su espíritu corporativo que habitualmente degenera en actitudes irracionalmente gregarias.

Existe una suerte de adhesión no siempre explícitamente consensuada, que apunta a la preservación de un conjunto de códigos y pautas de convivencia que trascienden a las generaciones.

Aunque muchos modelos culturales se han agotado hasta fenecer, el poder parece sobrevivir a todo experimento de cirugía histórica para perpetuarse como una fuerza omnímoda.

En los primeros años de este tercer milenio hemos observad  con singular estupor  que cada vez somos menos dueños de nuestro destino y de la construcción de los sueños colectivos.

Nuevos modelos de dominación se están instalando en un mundo que se desmorona: la recurrente dependencia económica y financiera, el inmoral chantaje diplomático, la ilegal intervención militar y hasta la imposición de inaceptables reglas de convivencia.

Asistimos a un nuevo paisaje geopolítico planetario, en el que prevalece el darwinismo histórico. Las soberanías nacionales se hacen añicos bajo el peso de los grandes conglomerados multinacionales y los organismos multilaterales de crédito, las grandes decisiones se han tornado más cupulares y menos democráticos y hasta se nos impone qué bienes y servicios debemos consumir.

La ausencia casi total de debate ha devenido en una inercia generalizada, que fortalece y preserva un sistema que está alimentado cotidianamente la exclusión.

Las baterías de propuestas de cambio, que otrora cuestionaban las estructuras que aspiraban a demoler, hoy se limitan a meros retoques cosméticos que no modifican ni eliminan el origen de todos los males.

Mientras la frivolidad ha reemplazado a la solidaridad y la creatividad agoniza bajo el implacable avance de la mediocridad, crece una nueva cultura que rinde pleitesía al individualismo.

Los profetas del desastre siguen celebrando la victoria del salvaje neoliberalismo y la inequitatividad, tras el derrumbe del modelo bipolar de posguerra que parió un nuevo orden planetario más prepotente y autoritario.

Aunque pueda parecer inverosímil en tiempos de revolución tecnológica y sofisticados lenguajes informáticos, hoy escuchamos discursos que nos retrotraen a la prehistoria de la historia, a los tiempos más oscuros en que la barbarie gobernaba a la razón.

Cuando los ideales teóricos de la modernidad distan de estar consagrados y menos aún agotados, la globalización parió la posmodernidad, una suerte de subcultura de lo instantáneo que está vaciando los espíritus humanos de contenido y sensibilidad.

A diferencia de lo que sucedía hace dos o tres decenios, hoy la brecha generacional se reduce a la mera síntesis de la angustia compartida por las incertidumbres contemporáneas y la obsesión por sobrevivir como se pueda.

La oportuna reedición de «Diario de la guerra del cerdo», del desaparecido escritor argentino Adolfo Bioy Casares, nos propone reflexionar nuevamente en torno a los turbulentos territorios de la historia, los conflictos humanos, los valores, las tragedias y los sueños compartidos rescatados de la indiferencia.

Obra literaria referente de la fermental e inolvidable década del sesenta, que en su momento alcanzó un resonante éxito editorial y alimentó abundantemente la controversia, esta novela se introduce furtivamente en el ojo de la tormenta de la propia identidad humana.

Este relato de quiebre y ruptura, que se nutre abundantemente de realidades y ficciones, es toda una parábola acerca de la convivencia y los valores humanos jaqueados por las inflexiones del tiempo.

La hipótesis de una guerra entre viejos y jóvenes que dirime los conflictos generacionales mediante la violencia, asume, en ese contexto, características realmente apocalípticas.

El célebre autor, que llegó a confesar que escribió este libro cuando comenzó a sentirse viejo, construye un escenario espacial y temporal en apariencia indefinido. Sin embargo, es fácil percibir que la peripecia se sitúa en la segunda mitad del siglo XX, cuando su país era recurrentemente sacudido por la violencia política y social.

El personaje protagónico, que el escritor identifica como Isidoro Vidal aunque el nombre resulte ciertamente irrelevante, es un anciano quebrado por la vida que vegeta cotidianamente en una humilde pieza de pensión.

Aunque a la vejez se suma la pobreza como un estigma que castiga a millones de compatriotas marginados de un sistema que divide la sociedad entre privilegiados y postergados, lo que más le inquieta a este hombre es su progresivo descaecimiento físico.

Narrando su historia en apenas nueve días aunque el tiempo sea en definitiva un factor de relativa trascendencia, el autor instala a sus lectores en el universo íntimo de este marginado por el destino, a quien le obsesiona más su traumática existencia cotidiana que la previsible proximidad de la muerte.

El deterioro físico de este anciano está sugerido, entre otras imágenes de particular elocuencia, por la pérdida de las piezas dentales que lo transforman en dependiente de una prótesis martirizante a la cual no se adapta.

En la humilde pieza con baño compartido y ante la indiferencia de un hijo permanentemente ausente  tanto física como afectivamente  el anciano observa su rostro en el espejo. Percibe, con previsible y natural estupor, que las huellas del tiempo están haciendo estragos.

Los dolores lumbares cada vez más acentuados, sugieren también que el tiempo se ha transformado en una suerte de implacable tirano que lo expone a padecimientos.

La vida de Vidal, que debe soportar la angustia de la incertidumbre por no cobrar regularmente su jubilación y permanecer moroso con el propietario de la ruinosa casa en la que habita, se reduce a concurrir a una plaza próxima para disfrutar del lánguido sol de junio, jugar a los naipes con sus amigos, ingerir el escaso alimento disponible y dormir.

Para él, dormir es soñar pero, en cierto modo, también es morir. El mundo onírico  universo paralelo que colma nuestras horas de sueño  suele estar poblado de nostalgias, recuerdos e insoslayables momentos de placer o de dolor.

Sin embargo, la confrontación entre el presente y el pasado siempre se transforma en una experiencia traumática, porque afloran todas las pérdidas irreparables. El futuro  a medida que se desintegra y extingue  se transmuta en angustia.

El cotidiano encuentro con los amigos es una mera rutina, que le permite a todos una experiencia de catarsis, casi una terapia de grupo para mitigar los efectos del drama de la vejez.

Esa existencia colectiva inercial pero aparentemente segura junto a los «muchachos», padece una fuerte conmoción cuando un longevo vendedor de diarios es asesinado por un grupo de desaforados jóvenes.

Adolfo Bioy Casares trabaja con sabiduría el miedo interior y exterior de este grupo de atribulados ancianos, cuando éstos asumen que una fanatizada logia de jóvenes está instigando a «matar viejos».

La «guerra del cerdo» está instalada en la sociedad como una epidemia que se expande rápidamente, sin que aparentemente nadie adopte medidas para detener la ola de violencia.

El escritor modifica radicalmente la fisonomía de los escenarios urbanos inicialmente apacibles, transformados a la sazón
en un auténtico campo de batalla, donde bandas de jóvenes atacan, maltratan, emboscan, secuestran y hasta aniquilan a las víctimas de la enajenación colectiva.

Los ancianos son el blanco de una demencial conjura destinada a eliminar a los seres presuntamente «inservibles e improductivos» de la sociedad. De allí la metafórica asociación entre ellos y los cerdos, animales que sólo consumen y recién adquieren cierta utilidad por su carne cuando están muertos.

La pluma de Adolfo Bioy Casares ingresa raudamente a la epidermis de un país desgarrado por la violencia, que inaugura un nuevo y no menos lacerante período histórico de enfrentamientos.

En un paisaje ciudadano estremecido por la intolerancia y la barbarie, el autoritarismo es aquí una presencia subyacente que el narrador insinúa con elocuencia pero con lenguaje impregnado de sutileza.

Mientras describe el paisaje de una comunidad enfrentada y en acelerado proceso de descomposición social, el novelista sigue la peripecia de su protagonista y los agonistas: los ancianos que comporten la grisura y el aburrimiento de sus vidas, los inquilinos de la pensión, el agresivo propietario, el siempre distante hijo y una joven mujer con la que sueña un amor imposible. El periplo existencial del protagonista asume perfiles aún más opresivos, cuando aumenta la frecuencia de los velorios y los entierros de amigos queridos, una rutina indisolublemente asociada a quienes transitan los últimos tramos de sus existencias biológicas. El cortejo fúnebre atacado a pedradas por una horda de energúmenos revela la insostenible tensión del relato, que desnuda la tragedia de una guerra sorda de perfiles surrealistas.

«¿Para qué seguir huyendo si el desenlace es inevitable?», parece interrogarse el protagonista, mientras se desplaza sigilosamente como un fantasma por los territorios de una ciudad que se ha transformado en una trampa mortal.

Con lenguaje despiadado y nada complaciente, el aclamado escritor construye un universo de atmósfera opresiva, en el que la violencia interna y externa crece inexorablemente.

Como en otras obras de su autoría, Adolfo Bioy Casares revela una particular sensibilidad para explorar los laberintos de la condición humana, proponiendo diversas lecturas en torno a las conductas sociales, la progresiva muerte de las tradiciones y la fractura de los sueños.

Sin embargo, el autor reserva igualmente un espacio para el amor y la ternura, que asumen en este relato el rol de sustentos de la supervivencia en condiciones extremas.

En una novela que a diferencia de sus personajes no envejece por la explícita contundencia de sus mensajes, el narrador conmueve y se conmueve ante el drama de los ancianos marginados por un sistema expulsivo y la recurrente confrontación intergeneracional.

De todos modos, no es indispensable recurrir a la ficción para asumir la grave situación de nuestros mayores, que en el pasado fueron arquitectos del presente y hoy siguen siendo víctimas de la segregación del poder.

Basta observar en nuestro Uruguay contemporáneo el patético cuadro de los jubilados y pensionistas, que deben sobrevivir los últimos años de sus vidas con ingresos de hambre, sin adecuada atención sanitaria, en emergencia habitacional y virtualmente aislados.

«Diario de la guerra del cerdo» es un testimonio elocuente, que  hace casi cuarenta años  ya denunciaba una situación de caos, violencia y progresivo deterioro de estructuras sociales que sigue siendo imperativo modificar radicalmente. *

(Emecé Editores)

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