Orfebres ancestrales iluminan el rincón sombrío de la esclavitud

El oro de las joyas ancestrales de Ghana y la delicadeza de sus esculturas funerarias en terracota iluminan el capítulo sombrío de la historia de este antiguo mostrador para la venta de esclavos hacia América llamado antaño «la Costa de oro», en una exposición del Museo Dapper de arte africano de París. Las máscaras ceremoniales, algunas de las cuales datan de hace cinco siglos, comparten el espacio con los sorprendentes ataúdes de colores, de todas las formas, productos de la imaginación de los ghaneanos de hoy en día.

«Basta echar un poco de oro en un rincón oscuro para que se ilumine», dice un proverbio citado en el volumen «Ghana, ayer y hoy», editado con motivo de la exposición por la fundación Dapper, que lleva el nombre de un explorador holandés del siglo XVII.

Así ocurre con las joyas, objetos y obras de arte que sirven para darle brillo al pasado de este país de la costa oeste africana, pues en la exposición hay pocas alusiones a la oscura era del comercio de esclavos. La «materia prima» era obtenida tras las guerras civiles entre los pueblos del interior de la Costa de oro. Cuentan que la diosa madre bajó a la tierra por una cadena de oro para fundar Ghana, según el mito del metal precioso que despertó la avaricia de los europeos, comenzando por los portugueses en 1471. Con el descubrimiento de América la trata de esclavos vino a reemplazar el comercio del oro.

El país de los ashantis sería convertido, hasta comienzos del siglo XIX, en un mostrador para «el rescate de esclavos» que irían a las plantaciones de caña de azúcar américanas, sobre todo a las Antillas. Durante siglos los negreros más activos fueron portugueses, ingleses, holandeses y franceses.

Orfebres, escultores y tejedores son los ancestros de los habitantes del Ghana actual, que fue una colonia británica hasta 1957. Desde tiempos inmemoriales los ghaneanos aprendieron a fundir los metales.

La vida espiritual en Ghana, como en la mayor parte del Africa, está basada en el culto a los difuntos, lo que estimuló desde siempre la producción de terracotas antropomorfas.

Arte y religión están entrelazados, como se aprecia sobre todo en las tiernas esculturas funerarias en terracota expuestas. En los pueblos de la «selva sagrada» cuando alguien fallecía se encargaba a una anciana artista que modelara una máscara del difunto.

Los tejidos de vivos colores, símbolos de la riqueza cultural de las diferentes poblaciones de Ghana –ashantis, agnis, ewés, fulbes, hausas– hablan de las costumbre de celebrar festivales comunitarios de «renovación» para el mantenimiento de los lazos de amistad, alejando los malos espíritus con danzas llenas de gracia y obras teatrales.

El misticismo de los ghaneanos se refleja también en sus proverbios y cuentos para recitar, acompañados con toques de tambores en homenaje a las fuerzas de la naturaleza.

La exposición del museo Dapper se cierra con trabajos de los artistas contemporáneos de Ghana, y sobre todo con los célebres ataúdes «de fantasía», que son verdaderas obras de arte en forma de frutas, aviones o animales, producidas en Accra, la capital, para que el difunto haga «un lujoso viaje hacia el más allá».

«Viendo estos ataúdes nos damos cuenta que la muerte no es un drama. Estas obras de arte nos liberan de la imagen sombría de la muerte», dice uno de los conservadores del museo Dapper. La moda de estas vistosas cajas mortuorias fue lanzada a fines de los años 50 por Samuel Kane Kwei, quien revolucionó tanto el arte como los funerales comenzando a fabricar ataúdes que reflejaban el oficio del difunto. El primero que hizo fue uno con forma de ballena para un amigo pescador. *

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