El museo que salvaba vidas
En octubre de 1941 el director de Auschwitz, Rudolf Hess, confía a algunos deportados –pintores y dibujantes profesionales o aficionados– un local para constituir un museo.
De entrada recurren a objetos confiscados a los prisioneros durante los primeros cacheos de los detenidos: rollos de la Torá, insignias, documentos varios. Pero enseguida, los deportados instalan un taller para dibujar y pintar, a veces de manera clandestina, a veces siguiendo órdenes de los SS.
«Para los artistas, el museo era un paraíso donde incluso los más necesitados podían encontrar refugio», escribió años más tarde uno de ellos, Jan Komski. «El museo salvó vidas».
Para los SS, los prisioneros hacían paisajes de Baviera, retratos de rubias musas de cabellos trenzados o figuras marciales a caballo. Para ello en ocasiones les suministraban verdaderas telas y pinturas al óleo, así como acuarelas.
Pero cuando dibujan o pintan para ellos –desafiando las prohibiciones y a riesgo de sus vidas– en trozos de cartón, de paquetes o de páginas de cuaderno, los deportados ilustran su realidad: escenas de bastonazos, oficiales SS rompiendo la cabeza de un pobre desgraciado, labores de transporte de cadáveres, detenidos alineados en filas en el patio del complejo esperando ser llamados, cuerpos amontonados.
Los artistas detenidos, entre ellos muchos profesores de dibujo, sobre todo polacos, realizan retratos de los reclusos. Desde luego, no se ve ni una sonrisa. Rostros graves, sombríos, mancillados, arrasados.
«La idea de pintar y dibujar era para dejar algo de sí mismos», según el testimonio de Joseph Szajna, un superviviente que en la actualidad vive en Polonia. Zofia Stepien-Bator, que también sigue con vida en Polonia, se especializó en retratos de mujeres. «Las mostraba de manera favorable, porque quería embellecer la realidad».
«Todo era tan horrible, gris y sucio», afirma. «Y yo quería mostrar cosas agradables en mis dibujos. En mis retratos, la mujeres son más bellas, más vivaces, con más cabello; les borraba la expresión trágica de sus ojos. Ahora lo lamento».
Su talento de dibujante o de pintor salvó la vida de varios: había quien canjeaba a un cocinero miniaturas al carbón por platos de sopa; otro se beneficiaba de la protección de un SS que le había encargado un paisaje alpino.
«Para quienes trabajaban en secreto, sus imágenes constituían actos de resistencia», comenta Marilyn Kushner, que participó durante cinco años de la puesta a punto de la exposición. «Era un medio de sobrevivir, para el cuerpo y el espíritu a la vez». *
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