ENTENDIMIENTO IMPECABLE ENTRE ITALIANOS Y URUGUAYOS

Atractivo primer concierto del Jazz Tour

La reunión de saxo con piano, en manos de músicos que venían con el «background» europeo del jazz actual, libre y sin ataduras que se practica en Italia, sugería la posibilidad de disparar cataratas de improvisaciones en manos de dos maestros que (recuérdese aquel concierto de Joe Zawinul con el percusionista Trilok Gurtu, junio de 1994) iban a privilegiar cada uno sus propios e independientes universos creativos.

Nada de eso ocurrió. El cuarteto formado por Marco Castelli (saxos tenor y soprano), Roberto Magris (piano) y los uruguayos Federico Righi (contrabajo) y Rafael Ugo (batería), se movió cómodamente dentro de un estilo «mainstream» que, teniendo en cuenta el poco tiempo que tuvieron para ensayar juntos, resultó sorprendentemente coherente y bien empastado. Quedó claro que los quince años de trabajo conjunto han dado buenos resultados para los italianos y que el entendimiento con los nuestros llegó a un nivel admirable.

La elección del temario apuntó hacia el jazz clásico. Dos obras de Duke Ellington («In a sentimental mood», «Creole love call»), una de George Gershwin («Summertime»), otra de Johnny Mercer («I remember you»), otra de Gino Paoli («Che cosa c’é?»), un tradicional del folclore italiano, otro del jazz afroamericano («Saint James Infirmary») y tres temas al tono, sencillos pero muy efectivos del propio Magris, dieron la pátina conservadora que se impuso en el concierto.

El saxo tenor de Castelli fue la estrella de la noche. Sus improvisaciones se desarrollaron dentro de un estilo que recordó al Sonny Rollins de los años 50 y 60, fraseando con agilidad, buen gusto melódico, cálida sonoridad y marcado entusiasmo. Su dúo con el pianista en el primer tema de Ellington fue un prodigio de expresividad. Con el saxo soprano tuvo más tendencia hacia el lucimiento personal, exhibiendo algunas frases en la onda John Coltrane pero remontándose en exceso a los largos soplidos en el registro sobreagudo del instrumento.

Magris es desbordante con sus diez dedos sobre el teclado. Sus solos y sus acompañamientos sobreabundaron en notas, arpegios, escalas, «block chords», trémolos y contrastes entre una potente dinámica a lo Oscar Peterson y un lirismo a lo Teddy Wilson. Poseedor de una técnica apabullante, nunca se salió de su libreto de «pianista de jazz clásico» y terminó por disimular unos molestos problemas de amplificación que se arrastraron desde el comienzo. Cuando Federico Righi apareció en el escenario con su contrabajo, causó verdadera alegría en el público. Ya es sabido que el bajo eléctrico tiene serias dificultades de adaptación a la música de jazz y que el sonido del contrabajo posee un timbre acústico insustituible. Pues bien, Righi hizo honor al instrumento. En todo momento acompañó con eficiencia y excelente sentido rítmico, punteando las cuerdas con firmeza y autoridad.

Y Rafael Ugo mostró que la batería no tiene secretos para él y que puede generar todo el swing necesario para impulsar una banda de jazz. Con una destreza más que suficiente en el manejo de baquetas, tambores y platillos, fue el apoyo adecuado para el discurrir de los italianos, comentando con sensibilidad y toques exactos las improvisaciones de aquellos. Junto con Righi formó una pareja estupenda que contribuyó a redondear una velada jazzística sumamente disfrutable.

El Jazz Tour 2003 continuará el domingo 27 con la presentación del mundialmente famoso Harlem Gospel Choir. *

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