Umberto Eco y el tiempo pasado
La primera cosa tiene que ver con una especie de filosofía que nos permitiría soportar mejor la realidad.
Umberto Eco ha confesado que todos los años, en agosto, se encierra en las colinas y lee los recortes de prensa de los últimos doce meses: «Los leo con retraso no sólo porque antes estaba ocupado, sino también por motivos de salud. Si alguien habla mal de ti en enero y tú lo lees en setiembre, la amargura es menor. Es como recordar que una mujer te rechazó hace treinta años. Te queda la frustración pero no te matas. Siempre piensas que entonces te lo merecías, pero que ahora has cambiado».
Pues bien, postulo hoy, formal y enfáticamente, que eso es lo que hay que hacer con la televisión abierta vernácula. Grabar sus variados programas, verlos de un tirón y, al cabo, simplemente por una razón de benevolencia, budista o cristiana, reaccionar como Eco.
En principio, claro, porque si vamos a opinar es necesario conocer acerca de lo que estamos enjuiciando; y luego, cómo no, también por motivos de salud, como dice él, ya que si nos dispusiésemos a seguir las programaciones actuales día a día probablemente sufriríamos una apoplejía irreversible.
Esta nueva conducta tendría, además, efectos colaterales conmovedores: las familias gastarían menos energía eléctrica, las mediciones de audiencia pasarían a mejor vida y, tal vez, los empresarios de los canales advertirían que algo está ocurriendo ahí afuera, más allá de sus narices, sus ombligos y sus bolsillos. (Aunque hablando de bolsillos, hasta ellos han comenzado a sentir una extraña picazón.)
Así que, televidentes uruguayos, uníos y obtened todas las grabaciones que podáis, idos a las colinas y masacraos a gusto. Después, si no os satisface la tolerancia del semiólogo italiano, maldecid todo lo que queráis.
La segunda cosa que quiero decir es que, también para la televisión abierta, todo tiempo pasado fue mejor.
Apelo al ejemplo que me parece más diáfano.
Saeta ha repuesto en su pantalla el ciclo «Memorias de la costa», una producción nacional de alta calidad estética, entretenida e instructiva, que engalanó su oferta hace unos años. Aun repetida, es disfrutable sin discusión.
Si hiciese igual con el ciclo «Fin de siglo», que emitió durante cuatro años en la década de 1990, la reacción de los televidentes sería la misma.
Primera interrogación obvia: ¿la televisión abierta, para ser digna, no tiene otro camino que la reposición de viejos contenidos exitosos?
La respuesta es sí.
Segunda interrogación obvia: ¿acaso no puede regresar a ese camino creativo?
La respuesta es no.
Durante cuarenta años los canales privados hicieron mucho dinero: armaron un monopolio de hecho, eliminaron cualquier competencia que exigiese creatividad, obligaron a todos a ver lo más barato y supuestamente probado en otros sitios y se hartaron de recibir millones de dólares en publicidad oficial.
Cuando las cosas comenzaron a cambiar, ese castillo de naipes –que de todos modos demasiado aguantó– se fue al piso: el desplome económico terminó con el monopolio, el Estado está en ruinas, algunos políticos fieles han dejado de ser tan amigos, la globalización de las telecomunicaciones cambió las reglas de juego y el cable, al que también devoraron al principio, se les ha convertido en un enemigo íntimo, para ellos inesperado e incontrolable, más allá de que los abonos no crecen sino descienden por la crisis.
Entonces, ¿dónde han resuelto achicar su presupuesto estas empresas?
En los gastos de producción. Por tanto, al carajo con la calidad y variedad de los contenidos. ¡Como para no disfrutar a pleno de aquellas pocas cosas bien hechas en el pasado!
Vuelvo a decirlo. Encerrada en tamaño círculo vicioso, infectada de su propia perversidad, la televisión abierta privada no tiene, salvo un milagro, futuro plausible alguno.
En todo caso, su permanencia, igual o casi igual a sí misma, podría depender de un cambio drástico de las condiciones económicas y de la capacidad de sus empresarios, cosa poco probable en los próximos años; y su permanencia, diferente a lo que es hoy, podría depender de la irrupción de capitales del exterior que la adquieran, total o parcialmente, para invertir en ella todo lo que la sociedad necesita que se invierta para admitirla, luego, como parte del bien común.
En una u otra hipótesis, difícil para Sagitario… *
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