LUGARES COMUNES

Un lugar en el mundo

El cine de Adolfo Aristarain incita y excita intelectual y emotivamente. Es lo que ha ocurrido, esencialmente, desde que se alejó del género policial (desde La parte del león a Ultimos días de la víctima, incluyendo la serie televisiva Pepe Carvalho) para la construcción de historias que trabajan desde la memoria y, acaso, en esa acústica tan aprehensible de sus personajes, fundar una suerte de mirada histórica para constatar el peso de la aldea y el peso del mundo. El ser y estar epocal a través de los avatares de criaturas fundamentalmente cultas, vinculadas al quehacer intelectual que, en este caso, es el viaje final de un profesor de literatura (Federico Luppi) al que jubilan por decreto. Ese disloque emocional de su ego en tiempos donde arrecian las crisis de toda índole, lo llevarán –convencido por su mejor amigo caracterizado con corrección por Arturo Puig– a una especie de retiro junto a su mujer (la impecable, conmovedora Mercedes Sampietro) en una chacra situada al pie de las sierras cordobesas, después de un corto y decepcionante viaje a Madrid a visitar a su hijo (Carlos Santamaría).

Comenzar de nuevo o, acaso, replegarse, llamarse a retiro y, finalmente darle contextura de novela a esos severos y lúcidos apuntes que cotidianamente realiza en un cuaderno.

Lugares comunes completa una trilogía que se inició con la excelente Un lugar en el mundo y la no menos valiosa Martín Hache. Aunque, a diferencia de sus predecesoras, es tal vez la película donde la pulsación de las palabras parece más trascendente que las propias imágenes. Deliberadamente lenta, narrada en off por el protagonista (los monólogos dichos por un Luppi melancólico y escéptico, hundido en las dualidades del placer y el dolor, hacen la motricidad del largometraje), es una historia que invita al debate, incita a la reflexión crítica en este tramo epocal de quiebres éticos. Ensayo amoroso otoñal a partir de esa pareja que conforman Luppi y Sampietro, lo que importa resaltar es que los personajes de Aristarain, como él, seguirán siendo absolutamente poéticos y en consecuencia absolutamente utópicos y éticos. Lugares comunes tiene ese mandamiento: constatar el caos epocal y sus derrapes, pero al mismo tiempo recuperar a partir de las gestiones de los personajes un sistema de pensamiento, una visión de mundo con la calidad de la hondura reflexiva, una posición de lealtad ideológica y a la vez afectiva que deviene modus vivendi. Y al mismo tiempo, revalorizar la ternura, esa rareza y el sentido de pertenencia en tiempos decididamente de desprecio,

Otra obra mayor que enseña a pensar y a meditar sobre el yo particular y sobre el nosotros, el aquí y ahora, las razones por las que se perdió una batalla, pero que se puede seguir viviendo lejos de todo atisbo de corrupción, de mala fe con la idea de igualdad, la fraternidad y la legalidad, puntos esenciales de aquella Revolución Francesa a la que tantos han traicionado en su contenido. De lo mejor de este primer tramo del festival Un Cine de Punta. *

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