Ninguna crisis económica promueve talentos
Adolfo Aristarain no cambia sus modos. Es de esos intelectuales que regala siempre severidad y transparencia reflexiva salpicada por algún giro humorístico para que su red discursiva no se vuelva solemne o pontificadora.
Es un individuo de convicciones fuertes. Y es, por cierto, un cineasta absolutamente comprometido con las historias que escribe junto a su mujer, Kathy Saavedra. Tal es el puntual caso de Lugares comunes, que relata la historia de un profesor de literatura (Federico Luppi) al que despiden –jubilación por decreto– y que después de un corto viaje a Madrid a ver a su hijo y sus nietos, junto a su mujer (Mercedes Sampietro) deciden irse a vivir a una chacra en Córdoba, en mitad de un caos económico que sofoca, que acorrala y que expulsa. Dice Adolfo Aristarain: «Fundamentalmente, Lugares comunes es una historia de amor muy profunda y muy leal, sin falsedades, sin nada que esconder. Una pareja que compra una chacra en Córdoba para empezar de nuevo. Sí, es cierto, los rodea un entorno social tremendo y propio del capitalismo salvaje, aunque en rigor yo no me propuse hacer una película que tuviese un tono de denuncia. Lo que ocurre es que uno coloca en sus obras inevitablemente su visión del mundo, y ahí aparecen los reflejos epocales».
Agrega tajante: «Yo siempre hago las historias que me gustan y que me convencen, si no, no funcionaría. No soy un cineasta de hacer concesiones, por más que mis últimas películas se hayan realizado en coproducción, en este caso con España. Claro que uno podría hacer el intento de gestar una película de producción estrictamente argentina, pero actualmente –y en esta realidad económica– sería casi una locura e ir a pérdida».
Lo cierto es que Aristarain tiene sus tiempos, sus pausas de creador, aunque lo tienten con nuevos proyectos: «Después de Martín Hache me involucré en dos proyectos, pero fue complicado llevarlos a cabo.
No se trata de un problema creativo; lo que pasa es que, a veces, me acercan proyectos que no son interesantes. Pero atención: no hay que olvidar, tampoco, que el cine es básicamente un entretenimiento y también un compromiso».
En esa dirección, el autor de Un lugar en el mundo confiesa los pormenores del quehacer cinematográfico: «El cine es una profesión compleja y no puede compartimentarse», dice Aristarain. «Hay un director, sí, pero todos somos uno en función del rodaje de una historia y de una producción cinematográfica. De modo que los actores son igualmente importantes, así como el resto de los que completan la producción. William Faulkner decía que las historias, en realidad, se cuentan con las caras de los actores. Por lo tanto, yo no soy de los buscan lucirse con la cámara. En todo caso, muevo la cámara en función de los actores y no al revés».
En el diálogo es inevitable citar a Federico Luppi como su actor fetiche. «Lo que ocurre», admite , «es que los personajes de mis historias siempre encajan en él (Luppi), además de que se trata de un muy buen actor. Nos llevamos muy bien con Luppi, y eso te ahorra muchas explicaciones y facilita, hace más fluido el trabajo». Precisamente, dice: «Con los actores siempre trabajo de antemano. Se elaboran los personajes y se permite la discusión, el intercambio de ideas. No me gusta para nada la improvisación ni antes ni durante el rodaje de una historia. Por eso trato de ser muy preciso en la escritura de los guiones. Incluso hasta deliberadamente hago malas construcciones de lenguaje para darle mayor veracidad a los personajes».
«No acepto la tesis de que una crisis económica genere o promueva talentos», medita Aristarain. Y prolonga su enfoque: «En realidad, soy de los que piensan que una crisis económica como la que estamos viviendo, destruye a la gente. Lo que sí es palpable, y seguramente una paradoja, es que en las escuelas de cine de Argentina tenemos un promedio de nueve mil estudiantes. De allí es, entonces, que está saliendo gente valiosa que, respaldada por toda la tecnología digital que les ha facilitado las cosas, puede realizar filmes de muy bajo costo. Y está funcionando».
Finalmente Aristarain es contundente cuando manifiesta que «no hay reglas, no hay fórmulas cuando se está rodando una historia, y si el público adhirió, mejor aún, quiere decir que la cosa funcionó. Y si una película funciona, claro, ayuda notablemente a abrir puertas a futuros proyectos y a realizar nuevas historias». *
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