Comienzo de festival con emotivo homenaje al Far West
Desierto de Almería. Un grupo de freaks, en un lugar llamado Texas-Hollywood reaclimatan los viejos filmes western-spaghetti. Es todo un show con decorados del Far West y ante la atónita, regocijada, mirada de unos pocos turistas alemanes y japoneses ese grupo de actores se llevan sus aplausos y lo hacen todo por un puñado no precisamente de dólares, sino de euros. En rigor, son sobrevivientes, individuos de margen y al margen de todo el estrépito de las metrópolis, comandados por el personaje que compone al detalle en forma brillante –uno de los mejores papeles de su trayectoria, seguramente– un Sancho Gracia alcohólico y mujeriego que se ufana de haber cabalgado junto a Clint Eastwood y haber participado junto George C. Scott en filmes bélicos como Patton, y que, de paso, critica ferozmente los gestos del cine actual con sus efectos especiales y sus megaproducciones.
Al otro lado del mundo, en la metrópolis, hay un adolescente (Luis Castro) que le saca canas verdes a su madre (Carmen Maura) por su natural rebeldía y, más tarde, por sus inquietudes más hondas: saber cómo fue su padre del que solamente sabe que murió en un accidente.
Lo que no sabe es de la existencia de un abuelo y, cuando lo descubre, en lugar de irse a esquiar con sus compañeros, se manda a encontrarlo entre el polvo rojizo de Almería. Alex de la Iglesia (Perdita Durango, La comunidad) practica un menor pero acaso entrañable, emotivo y sobre todo satírico, homenaje a la estética que marcó al western-spaghetti, en particular a largometrajes como Por un puñado de dólares y Lo bueno, lo malo y lo feo, el reinado de héroes que capitalizó Eastwood y villanos temibles de rostros espectrales a la manera de Lee Van Cleef.
Lo cierto es que el cineasta español utiliza los patrones humorísticos con real soltura, se desplaza por momentos hacia acentuaciones folletinescas, melodramáticas, de comedia con barnices dramáticos en su epílogo y hacia la estética de cómic y de matinée para desarrollar una historia –en esencia– de encuentro entre un nieto (Castro) y abuelo cascarrabias (Gracia).
Todo es mampostería y decorados en el filme de Alex de la Iglesia. Ingresó al mundo del lejano oeste por la puerta de atrás a rascar la cáscara de un modo de hacer cine que ya se canceló y que de alguna manera lo estimuló seguramente para ser cineasta.
Todo se complicará cuando su nuera (Carmen Maura en plan despectivo y arrogante) decide vengarse de ese individuo al que acusa de haber matado a su hijo (su esposo) en una de las tantas representaciones de ese mundo del Far West y, junto a su socio (Eusebio Poncela ultramaquillado y apenas correcto), al perder un negocio en tierras de Valencia, decide comprar entonces el sitio de acción del personaje de Sancho Gracia para construir un parque temático.
Y arderán las velas en un desenlace intenso, de aire farsesco con un sino trágico que quiebra aquella noción de los héroes solitarios que nunca mueren.
El filme, al mismo tiempo, coloca su ojo crítico en el escenario industrial del cine, al modo en que se manejan los mass-media e incluso a esa idea de avasallamiento de elementos que hicieron historia –como los rodajes de películas en Almería– por los efectos de la modernidad que todo lo devora. Con un rendimiento superlativo de Sancho Gracia –muy comprometido en su papel, muy suelto y con mucha convicción– y de su grupo de losers, del pequeño Luis Castro (una grata revelación) y de la propia Carmen Maura, 800 balas cumple con su objetivo: divierte, le da sentido a la noción de entertainment aun cuando se vayan adivinando –por acumulación– el fluir de la trama.
Está bien, y sobre todo, hace reír en un homenaje a un género cinematográfico en el cual no esquiva cierta temperatura emotiva. Buen arranque de festival. *
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