ARTE

Bill Viola, la imaginación que no cesa

Así como hace dos años se vio por primera vez, en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, una presentación de varios videos de Bill Viola (ignorados por la crítica local que también ignoró a Rembrandt), los museos Guggenheim de Berlín (mayo de 2002) y Nueva York (octubre de 2002) presentaron la última videoinstalación titulada Going Forth By Day, basada en El libro de los muertos egipcio (The Book of Going Forth By Day), «una guía para el alma una vez que se libera de la oscuridad del cuerpo», aclaró Viola. Son cinco piezas donde recorre, como es habitual en él, los ciclos del nacimiento, la vida, la muerte, la resurrección, los misterios de la existencia, las relaciones del ser humano con la naturaleza. Todo un intenso bagaje conceptual envuelto en una soberbia técnica formal. Es notable la capacidad de este genial videasta para, en pocos años, dominar los secretos de la nueva tecnología («El código digital es el ADN de la cultura visual», Viola dixit) y la emplea con insolente desenfado como si fuera un lenguaje tradicional ampliamente experimentado. Aun con sus extraordinarios talentos, Bruce Nauman y Gary Hill no acceden (por el rigor investigador, por el volumen de la obra) al altísimo nivel de Viola.

En una reciente visita a Montevideo, Cecilia Míguez y Rimer Cardillo, artistas uruguayos residentes en Los Angeles y Nueva York respectivamente, comentaron con entusiasmo la experiencia con Going Forth By Day. Son cinco enormes proyecciones en paneles, con su propia acústica, que duran 35 minutos en forma sincronizada y que transcurren en las diferentes estaciones y horas del año. Empieza con Nacimiento del fuego; sigue con El sendero, varias personas caminan por un bosque en el verano sin destino cierto; El diluvio es un otoñal desborde del interior de la casa hacia afuera; El viaje transcurre en una tarde de invierno y Primera luz en una mañana de primavera.

El espacio arquitectónico incorpora al espectador y no se establecen límites entre la ficción y la realidad. Bill Viola dialoga con el arte del pasado (los trípticos religiosos medievales y renacentistas) y con su propia obra anterior (El tríptico de Nantes, The Passing, Stations, Reflejos en la piscina) con impactante y aparente sencillez formal y comunicativa pero que esconde una inextricable red de significados y hallazgos formales.

Antecedentes del genio

De ancestros italianos, Viola nació en Nueva, York en 1951; vive y trabaja en Signal Hall, Los Angeles. Se formó en la Universidad de Siracuse, Nueva York, y se graduó en Estudios Experimentales en el College of Visual and Performing Arts. En 1970, veinteañero aún, con el apoyo del profesor Jack Nelson empezó a experimentar con Súper-8 y video en blanco y negro, convirtiéndose en un pionero de la técnica. A lo largo de esa década produjo numerosas cintas e instalaciones de video que, según afirmó, eran didácticas y cuyo contenido era el propio lenguaje utilizado, pues exploraban las posibilidades y condicionamientos de la tecnología y de la percepción humana. Fue inevitable el encuentro con Nam June Paik, el inventor del videoarte, y Bruce Nauman, otro adelantado, con quienes hizo varias muestras y compartió los avances y vicisitudes de una tecnología todavía en pañales.

Como miembro de un grupo instalador de televisión por cable y asesor técnico en video, en esa misma época, conoce a David Tudor, el pianista y compositor de la compañía de danza de Merce Cunningham, entre cuyos colaboradores figuraban John Cage y Robert Rauschenberg. Será el comienzo de una larga colaboración y juntos presentarán la escultura sonora Rainforest. A partir de ese momento Viola considerará el sonido como una materia moldeable de notoria influencia sobre la percepción de la imagen. En 1974 se inventó la cámara portátil de video, el color y las ediciones, marcando el rumbo de la nueva expresión técnica que adquirió una dinámica vertiginosa. Pasó a trabajar como asesor técnico en un estudio de producción de video en Florencia, Italia, y el contacto con la cultura y el arte europeos marcaron su derrotero.

Pasó muchas horas en las catedrales grabando los sonidos. La acústica y el sonido se convirtieron en fenómenos físicos esenciales para Viola al considerarlos con mayor poder que las imágenes al atravesar las paredes, rodear las esquinas y ser percibidos simultáneamente en 360 grados en torno al espectador e incluso penetrar en el cuerpo. Descubrió, así, la arquitectura acústica de los espacios y encontró una relación vital entre lo visto y lo no visto, entre la subjetividad abstracta y la materialidad exterior. Por consiguiente, se orientó a utilizar la cámara como una suerte de micrófono visual.

Etnólogo, Bill Viola recorrió el mundo estudiando las costumbres indígenas en las Islas Salomón en el Pacífico, Java, el Sahara tunecino, los monasterios budistas tibetanos en el Himalaya, el teatro Noh en Japón (allí practicó la meditación zen con el maestro Siatsu Ahuya Abe y fue el comienzo de una relación duradera con el monje zen y pintor Daien Tanaka) y pasó semanas con una manada de bisontes en el Parque Nacional de Wind Cave, Dakota del Sur. Esa dilatada y plural, intensa y apasionante experiencia vital y espiritual, lo llevó a interiorizarse en las filosofías orientales a través de los maestros D. T. Suzuki, discípulo laico del zen y residente en Estados Unidos, y de Amanda Comaraswany, historiadora de arte indio de Sri Lanka, así como de los místicos occidentales (San Juan de la Cruz, Maestro Eckhart) y orientales (Djalal al-Din al-Rumi, Chuang Tzu). Nutrido del taoísmo chino, el budismo tibetano, el misticismo judeocristiano y el budismo zen japonés, Viola intentó abrir las puertas de la percepción con una actitud mística original y originante. (Hay que recordar que místico viene del griego myéin, que significa cerrar los ojos, un órgano clave en su obra maestra El tránsito, que se abre y se cierra al compás de instancias subjetivas y objetivas, entre la vigilia y el sueño, que alternan el relato.)

En 1998 el Museo Whitney de Nueva York organizó la primera gran retrospectiva (15 instalaciones, 25 videos, dibujos y anotaciones de trabajo realizados en los últimos 25 años) de Bill Viola que tuvo su arranque en el County Museum of Art de Los Angeles (Lacma) y continuó su itinerancia por algunos centros culturales del mundo (Museo Stedelijk de Amsterdam, Museo de Arte Moderno de Frankfurt y los museos estadounidenses de Main, San Francisco, Nueva York y Chicago). Entre las obras que se incluyeron, algunas de considerable tamaño, varias fueron conocidas en certámenes internacionales (bienales de Venecia, Lyon, París, Documenta, Museo Reina Sofía, Fundación Lannan, Museo Whitney).

El año pasado, Bill Viola volvió a deslumbrar con una obra solicitada para el Museo Guggenheim de Berlín. *

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